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“Es Venezuela y cualquier cosa puede suceder”: Dgcim detuvo a periodistas por temor al 1S

Christhian Colina

Andreina Flores.- Pues sí. Parece mentira que esta inocente imagen de un ícono de Caracas nos haya llevado directo al cuartico de la Dirección de Contrainteligencia Militar en Fuerte Tiuna. Pero, vamos, es Venezuela y cualquier cosa puede suceder. Jorge Luis Pérez Valery y yo somos periodistas y panitas. Hace un par de días, iniciamos un reportaje sobre la ciudad de Caracas que requería grabar en video lugares emblemáticos de la capital: las Torres del Silencio, la Plaza Altamira, la Plaza Bolívar y otros puntos tradicionalmente caraqueños.

Luego de grabar unos minutos en la avenida Bolívar, se nos ocurrió que sería buena idea tomar las escaleras del sector denominado El Calvario. Craso error. No habíamos grabado ni siquiera un minuto cuando fuimos abordados por dos tipos en moto. Vestidos de franela y bluyín, y con actitud un poco agresiva, se acercaron a nosotros. ¿Ustedes trabajan en prensa?  Yo dije: “Coño, aquí fue. Estos choros nos van a quitar la cámara y los teléfonos.”

-Muéstrenme sus carnets de prensa. Nosotros somos inteligencia militar. Los venimos siguiendo desde la Avenida Bolívar. Sabemos que vienen grabando desde allá. ¿Qué están grabando?

Mi madre. Sorprendida y molesta de saber que nos venían siguiendo… yo me envalentoné y respondí: – Muéstrame tu carnet tú también porque yo realmente no sé quienes son ustedes. Me parece que nos pueden robar. Estamos en la ciudad más peligrosa del mundo. Uno de ellos- a quien llamaré “el policía malo”- me muestra su credencial. Pero sólo tiene su foto y un número. No hay nombre ni apellido ni nada más. Según él, así son los carnets de Inteligencia Militar.

Jorge y yo sacamos nuestras credenciales de prensa, seguros de que sólo nos iban a regañar y a pedir que nos retiráramos. Pero no, todavía faltaba mucho para que el mal rato terminara. – Aquí no se puede hacer fotos. Esto es zona de seguridad. Esto es el “corredor presidencial” porque estamos cerca del Palacio de Miraflores. Su presencia aquí es una amenaza para la seguridad del Estado.

No sé si reirme o llorar. ¿Corredor presidencial? ¿Seguridad de Estado? ¿De qué habla esta gente?  El tipo sigue con su discurso: –Tenemos información de que algo va a pasar en los próximos días. El 1ro de septiembre hay un plan. Nosotros tenemos que proteger al presidente, que es la figura más importante de Venezuela. Y ustedes pueden estar haciendo un reconocimiento de la zona.

Jorge, más tecnológico, le suelta esta perla: “Pana, si quisiéramos hacer un reconocimiento de la zona, lo haríamos en Google Maps. Ahí se ve todo. No tendríamos ni que venir para acá.” El policía malo nos pide que los acompañemos al puesto de la Guardia Nacional más cercano para “tomarnos los datos”. Un trámite de apenas 20 minutos, según su promesa. Después de resistirnos un buen rato, a regañadientes y con la cara desencajada, accedemos a subir hasta el sitio.

Los funcionarios vienen, van, se saludan, hablan, discuten, llaman, se hacen señas. Jorge y yo sólo esperamos. Ni siquiera hablamos mucho entre nosotros… para no decir algo que empeore más la situación. Al final, el policía malo hace un anuncio de terror: – El capitán que está aquí no tiene la jerarquía para tomarles los datos. Además, me llamó mi coronel y me dice que él los quiere interrogar personalmente. Así que vamos a Fuerte Tiuna.

– ¿Quéeeee? ¿Fuerte Tiuna? ¿Por qué? No, yo no voy a Fuerte Tiuna– respondo inmediatamente. No tengo nada que hacer allá. Nosotros no hemos cometido ningún delito. Y es ahí donde el funcionario de contrainteligencia militar, hombre a cargo de la seguridad de la patria, suelta la frase cumbre de este episodio: “Se los voy a poner así: hay dos formas de que vayan a Fuerte Tiuna. La primera es que colaboren… y la segunda es que los lleve esposados”.

Jorge salta de su puesto sin poderlo creer. Yo me quedo con la boca abierta. Al final, le digo al tipo: “Pana, ¿tú me vas a poner las esposas por una foto? ¿De verdad?” Aunque ambos seguíamos protestando, sobra decir que tomamos la opción A: colaborar. Subimos al taxi que nos traía desde Chacao y uno de los agentes de inteligencia militar se sube con nosotros, para evitar que escapemos. Al menos, tres motos más de la DGCIM nos escoltan. Me siento como una delincuente.

Sabíamos que nos iban a quitar los teléfonos en cualquier momento así que nos apuramos en avisar al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa que nos trasladaban a Fuerte Tiuna. Después de rodar un rato, fuimos entrando en “confianza” con el funcionario de Inteligencia Militar que venía en el carro, a quien llamaré “el policía bueno”. Como saben, tengo una boca difícil de cerrar, así que le pregunto: ¿Cómo es tu nombre, disculpa? El tipo lo piensa, titubea y al final dice: “José”.

No se lo creo ni por un segundo pero sigo jugando el juego: – José… te voy a preguntar algo, aquí de pana. Y te pido que me contestes con la verdad: ¿tú sabes cuántas cosas están pasando en Caracas en este momento? Secuestros, robos, asesinatos. ¿Y tú estás aquí, perdiendo tiempo, llevándote a dos periodistas pa’ Fuerte Tiuna? Chamo, tú eres un funcionario de inteligencia militar… podrías estar desmontando una banda narcotraficante, un grupo dedicado al secuestro… y estás aquí escoltando a dos pobres reporteros. ¿No te sientes sub-utilizado?

El tipo me mira… y no le queda otra opción que reirse. Me dice: “Tienes razón. Para mí lo que ustedes estaban haciendo es algo normal. Una foto y ya. Pero son órdenes. De verdad, disculpa.” Vaya, una flor en medio de tantas espinas. Entramos a Fuerte Tiuna y todos nos miran con mala cara. El agente nos explica: “Los miran mal porque aquí casi no traemos detenidos. Para ellos ustedes son delincuentes.” Excelente. Justo como me siento.

Finalmente, llegamos a la sede de la Dirección de ContraInteligencia Militar. Jorge y yo contamos 8 fotos de Chávez sólo en la recepción. La más grande tapiza toda la pared de fondo. Algunos visten camisas rojas con la firma de Chávez bordada en blanco. Esa presencia absoluta del “Comandante Supremo” ya nos daba una idea de que la cosa iba para largo y, sin duda, sería muy desagradable. ¿Quiénes son los detenidos? – pregunta uno de los funcionarios.

Jorge y yo nos miramos, guardando silencio absoluto. Ninguno quería identificarse como “detenido”. Nos dicen que ya nos van a atender pero primero deben interrogar a la conductora del taxi que nos llevaba. Una señora que estaba destrozada de los nervios y nos echaba a nosotros la culpa de todo. En fin… Luego de dos largas horas de espera, llegan los abogados de la organización Espacio Público. Cruzan algunas palabras con uno de los agentes de la DGCIM pero su respuesta es tajante: No hacen falta abogados. Los periodistas no están detenidos ni retenidos. Sólo fueron traídos a declarar en calidad de testigos.”

Ante esa frase, me atrevo a preguntar: Disculpe, oficial. Si no estamos detenidos ni retenidos… ¿podemos ir a comprar algo de comer por aquí cerca? Es que son las 3 y no hemos almorzado. –No, no pueden. –Ah ok. Ya ni peleo. Quiero salir de esto pronto. Los abogados de Espacio Público Ninos compran unos cachitos y con eso amortiguamos. Tratando de buscarle algún sentido a esta jornada, me digo a mí misma que esto es una “no-detención”, al estilo del no-cumpleaños de Alicia.

Finalmente, me llaman al cuartico con el agente Montilla. No puedo dejar de notar que a la izquierda de su escritorio hay una caja con varios litros de aceite de cocina y otra con unos 12 kilos de harina. Confirmado: el bachaqueo llega hasta los rincones más insospechados. Comienza el interrogatorio: ¿quién es usted? ¿qué estaba haciendo en El Calvario? ¿dónde tomó el taxi que la llevó hasta allá? ¿para qué medio trabaja? ¿qué estaban fotografiando? ¿ustedes están preparando algo para el 1ro de septiembre? Echo el cuento completo una primera vez. Media hora después, el agente me dice: “Ahora quiero que me cuentes todo otra vez pero estructurado. Lo voy a escribir.

Empiezo de nuevo: “Estábamos en la zona de El Calvario…” Justo en ese momento, entra el oficial de mayor rango. Vestido de civil pero recibiendo los respetos de todos. Viene con el teléfono al oído: “Sí, mi general. Ya los tengo aquí, mi general. Estoy hablando con ellos, mi general. Ya los voy a soltar, mi general.” No me pregunten qué general era ese. Pero fue el que dio la orden de que nos dejaran ir.

Al salir, nos espera en la puerta la abogado Rocío San Miguel, directora de la ONG Control Ciudadano y especialista en temas militares. Rocío se muestra implacable ante los funcionarios de la DGCIM y, sin tapujos, exige copia de nuestras declaraciones, además de una explicación clara de por qué nos tienen allí. Cita varias leyes, la Constitución, el reglamento militar y todo lo que se debe saber para una defensa legal sólida. El militar de más alto rango se va reduciendo poco a poco… y le entrega a Rocío todo lo que pide. Sin chistar. 

También nos acompañan Marco Ruiz y Blanca Vera del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa. Marco es la eficiencia hecha persona. Donde hay un periodista afectado, siempre está. Y por eso, es objeto de admiración de todos nosotros. Siempre cuenta – y contará – con mi más profundo respeto.

Puede leer la nota completa de la periodista Andreina Flores publicada en su página Periodista Internacional aquí

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