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El enfrentamiento fratricida entre la Farc y el Gobierno de Colombia que se acerca a su fin

Eileen Garcia

Efe.- López, apellido ficticio de un soldado colombiano, medita, recuerda el lugar en que nació, donde muchos optaron por unirse a las FARC y reflexiona: “nos estamos matando entre hermanos”.

El soldado presta su servicio en la carretera entre San Vicente del Caguán y Florencia, capital del departamento del Caquetá, por donde transitaron este sábado numerosos periodistas de regreso de la Décima Conferencia Guerrillera que concluyó ayer (viernes) con la aprobación por parte de las FARC del acuerdo de paz con el Gobierno y el compromiso de dejar las armas y transformarse en un partido político.

Como muchos soldados colombianos, López procede de una zona rural del sur del país que las FARC dominaron durante años y en donde algunos de sus vecinos, compañeros de escuela e incluso dos familiares se unieron a la guerrilla.

El soldado, cuya identidad omite por razones de seguridad, tuvo que abandonar su primer hogar desplazado por la violencia de las FARC. Ingresó así en el colectivo de más de siete millones de colombianos que se han visto obligados a ello por el conflicto armado de medio siglo.

Eso marcó su carácter y, pese a que se reubicó en un pequeño municipio del que partieron muchos de sus vecinos para unirse a las FARC, él decidió unirse al Ejército cuando cumplió 20 años. Como soldado ha recorrido el país combatiendo a guerrillas, paramilitares y bandas criminales.

“En un principio era complicado: el enemigo latente, la zozobra de un combate, una emboscada, un francotirador o un campo minado”, narra. Aprendió a vivir con esos temores y desde hace seis años ha incluido en su vida rutinas “de trabajo” como volver a su pueblo, cuyo nombre también omite por seguridad.

La situación fue tan dura que su propia familia tuvo que negar que se hubiera unido al Ejército y, a quienes les preguntaban decían que su hijo solo estaba prestando el servicio militar obligatorio.

“Con el camuflado soy enemigo de la mayoría. Yo lo llevo con orgullo porque estoy defendiendo a personas que quieren hacer el bien. Estar en el Ejército es un orgullo porque lucho para que un campesino pueda hacer su vida, que tenga sus animales, que no tenga que pagar vacuna (extorsión)”, dice con rotundidad.

Él es el único de su unidad que sirve en su departamento natal, por lo que ve cosas que algunos de sus compañeros de armas no perciben. Sus vecinos lo saludan y él les devuelve un cordial “hola”, pero en ocasiones pasan frente a quienes sabe que son milicianos, miembros no armados de las FARC.

Esos milicianos son los que realizan labores de apoyo para la guerrilla como cuidar sus armas y abastecerlos de víveres, pero también lo que las autoridades llaman “inteligencia delictiva”: informarles de movimientos de los militares, por dónde avanzan o en qué momento descansan. “Yo solo lucho por el bienestar de todas las personas”, agrega López cambiando sutilmente de tema.

Ahora se abre una nueva perspectiva tras el éxito de las negociaciones de paz entre el Gobierno y las FARC que ponen fin a más de medio siglo de conflicto armado con un acuerdo que será firmado el próximo lunes en Cartagena de Indias por el presidente Juan Manuel Santos y el número uno de las FARC, Rodrigo Londoño Echeverri, alias “Timochenko”.

Puede que la próxima vez que vaya a las fiestas de su pueblo o a visitar a su familia el soldado López tenga frente a él a un exguerrillero tomando una cerveza y festejando, una paradoja que se reproducirá en toda Colombia.

Frente a eso López ya está preparado, solo agradecerá no haberse cruzado en la mira de su fusil, asegura sin alardes. “La paz es más fácil cuando es con tu vecino”, una frase que puede tener eco en todo el valle que patrulla.

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