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La odisea de un periodista para cruzar la frontera: “Aquí no va a retratar ni a pajaritos, ¡sapo!”

Pedro Eduardo Leal

Bruno Enrique Díaz Iturbe. –  ​Eran las 11 de la noche de un jueves cuando, mientras me alistaba para dormir, recibí un mensaje de quien habría sido el Presidente del Consejo de Seguridad de la ONU, Diego Arria, en el cual me avisaba que viajaría a Cúcuta junto a Oliver Blanco, su jefe de campaña durante las primarias de 2012, con la intención de observar de manera independiente los hechos que tenían lugar en la frontera  y atender distintas invitaciones de medios de comunicación y organizaciones políticas.

​No sabía si realmente me informaba o, mas bien, me invitaba tímidamente a sabiendas que mi asistencia podría resultar imposible. Pasaron 5 minutos hasta que le pregunté si podía acompañarlos. No esperaba una respuesta afirmativa debido a que, al igual que yo, Arria sabía que sería imposible volar vía Bogotá y, aún más difícil, cruzar la frontera por vías convencionales. Estaba equivocado, el veterano Embajador dijo que sí y me apresuré a llamar a una agencia de viajes para reservar un vuelo a Táchira al día siguiente. Como no había pasajes, me acerqué a un terminal privado de buses a ver si podría viajar por tierra. La respuesta fue la misma. Solo me quedaba pagar un taxi o, tal como lo hice, llegar temprano a Maiquetía para conseguir un asiento bachaqueado.

Llegué al aeropuerto a las cinco de mañana del viernes y me dispuse a preguntar de aerolínea en aerolínea dónde habría asientos disponibles. Lo que parecía imposible lo conseguiría obsequiando una caja de Pirulín a la supervisora de una de las aerolíneas. El Pirulín es casi un lujo en la Venezuela de hoy, conseguirlo prometía ser solo el más pequeño de los muchos obstáculos con los que me cruzaría en este viaje.

“A Maduro le molestó que paramilitares dispararan a soldados venezolanos”

Una vez sentado, para mi sorpresa, mi compañero de vuelo sería un mayor del ejército asignado para resguardar la frontera en el Zulia. No pude dejar de preguntarle lo que pensaba sobre lo que sucedía en la frontera, a lo que respondió que Colombia era desde siempre un adversario de Venezuela y en especial ahora por su vinculación y “dependencia militar” a Estados Unidos.

Agregó que al Presidente Maduro le molestó que paramilitares dispararan a soldados venezolanos y por eso tuvo una reacción enérgica por lo que habría que esperar a que llegara de viaje a ver qué se hacía. El Mayor dijo agradecer de Hugo Chávez la dotación de más armamento a las Fuerzas Armadas y agregó que pronto viajaría a La Habana, que jamás había visitado ante, para asistir a un curso vinculado al concepto de guerra asimétrica.

Llegué a San Cristóbal, donde me esperaban  colegas periodistas que me aproximaron a Ureña. Al día siguiente intentaría cruzar la frontera sin éxito por el Puente Internacional Simón Bolívar, haciéndome pasar por estudiante. Aunque tenía una camisa de la Universidad de Santander, me faltaba el carnet, por lo que “trochar” (cruzar el río por caminos improvisados) se convertiría en mi única opción.

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“Borre sus fotos que aquí no va a retratar ni a los pajaritos, ¡sapo!”

Eran las seis de la mañana del sábado y todo estaba listo. Escalé un muro de una urbanización de clase media en Ureña y lo salté. El silencio era saboteado solo por la brisa que me guiaría hacia el río, no había “moros en la costa”, me habían dicho, así que caminé con la cámara de mi teléfono en mano por 15 minutos hasta llegar al río y sorprenderme con la presencia de alrededor de 5 o 6 civiles armados que estaban del otro lado.

“Pase con confianza”, me dijeron mientras fumaban tabaquitos de marihuana, y así crucé hasta encontrarme de frente con ellos, quienes con su acento andino y burla me preguntaron: “¿Usted cree que esto es de gratis? Me da 2.000 Bolívares y borre sus fotos que aquí no va a retratar ni a los pajaritos, ¡sapo!”. No dudé en obedecer. El hombre llamó a un compañero, que a su vez trajo una moto que me trasladó hasta La Escobal, un sector pobre de Cúcuta, donde tomaría un taxi al hotel en el que me hospedaría.

La escalofriante realidad de los refugios en Cúcuta 

Al llegar, el Embajador Arria y su comitiva, que incluía periodistas de RCN y NTN 24, estaba a punto de salir a recorrer albergues, que no solo alojaban a los deportados en carpas sino a sus tantas historias escalofriantes.

Padres colombianos separados de sus hijos venezolanos que a juicio de la Guardia Nacional (GN) “pertenecían al estado”, una mujer violada por 4 Guardias Nacionales, otra que fue golpeada mientras se hallaba en estado, ciudadanos indignados después de haber sido visitados por distintos políticos del Gobierno venezolano en campaña, incluido el Gobernador Vielma Mora por quien fueron motivados a crear consejos comunales en la invasión donde residían desde aproximadamente 2006.

Todos decían haber sido engañados, efectivos militares llegaron un día al sector “Mi pequeña Barinas” anunciando que harían un censo por lo que los habitantes del sector debían de reunirse en el parque, donde más de 5 mil de ellos serían  luego correteados hasta el río, alcanzando apenas a poder tomar algunas pertenencias. Narraban en su indignación que en sus últimos meses en Venezuela para ellos era imposible bachaquear, de lo que eran acusados, ya que muchos de ellos no tenían  ni cédula venezolana, impedimento para poder regimentarse al sistema de captahuellas para realizar  si quiera sus propias compras  utilizando el terminal de la cédula.

Agregaban que tampoco eran paramilitares puesto que si lo hubieran sido, nunca habrían vivido en las condiciones miserables de la invasión y recordaron con dolor, que cuando el Bolívar valía más que el Peso colombiano, eran los venezolanos quienes compraban de a 3 productos en los comercios de Cúcuta para llevar a su país sin ser impedidos por nadie.

La frontera, convergencia de una sola tierra con dos banderas y un sólo pueblo

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​Para conocer que es la frontera hay que sentirla y vivirla, y es que lejos de ser una línea divisoria entre dos países, mas bien es la convergencia de una sola tierra con dos banderas y un sólo pueblo. Venezolanos visitan prominentes médicos en Cúcuta, hacen compras, inscriben a sus hijos en colegios y universidades que consideran mejores mientras que colombianos hacen lo propio en Venezuela. Por eso hoy la frontera está más deprimida que nunca, largas filas invaden cada lado del puente con la esperanza de cruzar por razones de urgencia.

​Los colombianos del albergue afirman que el hecho que haya muchos de ellos,bachaqueros o traficantes, no implica que ellos sean mayoría, así como aseguran entender que los venezolanos no son como su gobierno que, a juicio de ellos, es manejado por un criminal cuya dudoso origen se aleja  y avergüenza de cualquiera de sus nacionalidades.

Arria pisó suelo de la tierra de la cual no lo separa una frontera, sino una orden de aprehensión

​Al mediodía del sábado acompañé a Arria al puente Internacional Simón Bolívar donde declararía contundentemente. El exembajador caminó lo mas que pudo hasta el lado venezolano del puente, donde los alambres de púas, ilegales internacionalmente, fueron retirados debido a la presencia del Secretario General de la OEA, Luis Almagro, en la zona, así que sin darse cuenta, Arria estaba pisando el suelo de la tierra de la cual no lo separa una frontera sino una orden de aprehensión. 

Rápidamente, efectivos militares venezolanos se aproximaron junto al canal del estado Venezolana de Televisión (VTV) con la intención de arrestarlo sin ningún éxito, porque fue advertido a tiempo por soldados y periodistas colombianos.

Así transcurrió el día, con la presencia en la zona de la canciller María Ángela Holguín, el ministro de Interior de Colombia Juan Fernando Cristo y el Secretario General de la OEA, que prácticamente desafió a sus países miembros con su presencia. El excandidato presidencial,  representó la cara de la disidencia venezolana que hoy es mayoría y se niega a hacerse cómplice de los atropellos y política xenófoba de Maduro.

El contrabando,  bachaqueo o narcotráfico se hacen actividades más jugosas para los militares

​Llegó el domingo y debía regresar a mi país, lo intenté por el puente en el que, por cierto, eran los militares y defensa civil colombiana quienes atendían e hidrataban con especial deferencia al pueblo venezolano. Lo contrario ocurría del otro lado.

Funcionarios colombianos me ayudaron a evitar la cola de horas donde nuestros compatriotas son chequeados sólo con pasaporte sellado, evidentemente no era mi caso, así que me acerqué al lado venezolano, donde nuestro propio pueblo era humillado por un coronel que les gritaba que se formaran en línea, al igual que sus colegas lo hacen en las colas para comprar comida frente a los automercados y abastos venezolanos.

Sabía que no podría cruzar por allí,  se hacía tarde… conseguí un colombiano que, por 5.000 pesos,me llevó hasta una rivera en La Guadalupe, donde un niño venezolano de 14 años me cruzó hacia una finca tomada por efectivos militares venezolanos a los que tuve que pagar 1.700 Bolívares.

Allí entendí que, con las fronteras cerradas , el contrabando,  bachaqueo o narcotráfico se hacen actividades más jugosas para los militares que actúan en la zona, en sociedad con paramilitares, contrabandistas o bachaqueros.

La GN y el ejército pulsean a ver quién se lleva la mayor parte del botín. Todo eso pensé mientras caminaba y me alejaba de los soldados venezolanos, al tiempo que me acercaba a la salida de la finca donde encontré un mototaxi con el que planeaba llegar al terminal de autobuses de San Antonio, traslado que sería frustrado por miembros del cuerpo castrense que, más adelante, en “La Invasión”, detuvieron al motorizado indispuesto a pagar vacuna por no tener licencia, su moto le fue arrebatada y yo fui interrogado y revisado.

Mi coartada consistía en que la convaleciente cuidadora de mi abuela en Ureña vivía en esa zona y debía llevarle unos medicamentos. Me preguntaron si conocía la zona y, al decir que sí, me invitaron a que me marchara tan rápido como pudiera, y eso hice sin saber a dónde iba.

​Caminé y caminé entre las casas destruidas, señaladas con la Letra “R” y un punto rojo o protegidas por una bandera de Venezuela. Había zapatos y ropa en el piso, calor inclemente y restos como los de una aldea invadida por bárbaros en tiempos remotos. Unos ojos se asomaron por una ventanilla sin vidrio sino metal  soldado en negro, estaba ya lejos, y ya no podía ser divisado por la guardia. Un niño me guió hacia la calle por la que saldría de la invasión. Caminé por 15 minutos más y pedí una cola hasta el terminal, donde pude digerir lo que hoy escribo.

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