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¡La otra cara de la crisis! Así vive la clase alta en Venezuela: “Me siento un pela bola”

Christhian Colina

BBC Mundo.- Es viernes en Caracas. Su hijo se despide y el padre se persigna: “¿Qué voy a hacer?”, pregunta. “¿Encerrarlos?”. Golpeada por la inseguridad, la noche caraqueña ha perdido vigor pero sigue siendo Venezuela, donde el alma caribeña y la fiesta a flor de piel perviven. Este empresario de 50 años habla con BBC Mundo desde su casa en El Hatillo, una acomodada zona residencial de la capital.

Accede a conversar, pero por motivos de seguridad prefiere que su nombre no salga publicado. Su hija también salió este viernes. Le mandará un mensaje cuando ya esté junto a sus amigas. Más que la escasez de alimentos o medicamentos, la falta de seguridad en Caracas -que tiene una de las tasas de homicidios más altas del mundo- es quizás donde los más pudientes sienten el deterioro de la situación del país. Se vive con el miedo constante a que pase algo, pero no por ello se deja de vivir.

Decidido a seguir disfrutando, este empresario todavía frecuenta sus restaurantes preferidos y esta noche va a unos de los lugares más exclusivos del país: el Lagunita Country Club, un sitio donde la membresía puede alcanzar los 100 mil dólares. Aunque no es socio, lo invitan sus amigos. Hasta hace no mucho ganaba hasta 30 mil dólares al mes, pero ahora no llega a mil luego de que la producción de su compañía cayera 90% en los últimos tiempos.

Dice que es resultado de las trabas impuestas desde el Gobierno y a que prefirió hacer las cosas por derecho aunque se viera afectado. Mantiene su estilo de vida gracias a otros negocios en el exterior. “¿Sabes por qué esto no termina de explotar?”, me comenta un amigo suyo, whisky en mano, cerca de la pista de baile. “Porque aún en esas colas la gente tiene esperanza, (…) esperanza de llevarse algo de comida, el día que ni es esperanza quede, esto termina de reventar“, agrega.

Estantes semivacíos

Este amigo, que durante años trabajó en la bolsa de valores y ahora disfruta coleccionando arte, admite que podría vivir en su casa en Miami pero dice que, pese a todo, quiere vivir en Venezuela. Es una de varias personas, de distintos estratos, que creen que cuanto peor la situación, mejor: que “todo tiene que terminar de explotar para que empiece el largo camino de la reconstrucción”.

El empresario es uno de ellos. Vive cómodo pero, consciente de la realidad del país. Dice que la situación es insostenible. Aunque no sufre las casi cuatro horas y media diarias que en promedio pasa un venezolano para comprar algunos de los productos regulados por el gobierno, la crisis no le es ajena. Como el resto de las personas de su nivel, adquiere la comida por otros medios.

Suele conseguir los alimentos a través de los empleados de su empresa, pero decidió dejar de comprarles cuando quisieron cobrar 40 mil bolívares por 20 kilos de Harina PAN. El kilo a precio regulado cuesta 190 bolívares. Se considera de clase media alta y no un rico. “Me siento un pela bola al lado de mis amigos”, bromea. Su hijo, de 19 años, cuenta que hace poco secuestraron a un conocido y cuando se supo en su círculo, un amigo llegó con 70 mil dólares en efectivo para pagar el rescate.

Otros tienen jets para viajes al exterior y avionetas para festejar un cumpleaños por el día en el archipiélago de Los Roques. Hay una Venezuela que todavía vive así. Una Venezuela donde los restaurantes de moda se siguen llenando, donde en las tiendas con productos importados hay cola para pagar. Donde una mujer compra un martes al mediodía unos lujosos aretes Swarovski en un centro comercial. Una Venezuela donde los cumpleaños se siguen festejando con whisky 18 años, donde a una quinceañera le traen a los músicos J Balvin y Farruko para su fiesta y donde una señora celebra con amigas con un concierto privado de Luis Miguel.

Pueden ser grandes empresarios, directores de compañías, profesionales exitosos y “boliburgueses”, personas cercanas al chavismo que crearon su riqueza gracias al Gobierno. El que tiene acceso a dólares en Venezuela todavía vive cómodo, a diferencia de la muchos que apenas pueden sobrevivir. Se calcula que esta clase pudiente representa el 16% de la población, un poco menos de cinco millones de personas.

Se dividen en un segmento A/B, que pasó de ser el 3,1% en 1999 al 1,3% este año, y el C, que era el 18,2% cuando Hugo Chávez llegó al poder y ahora es el 14,8%. Es un grupo de la población que, históricamente, se ha acostumbrado a un elevado nivel de vida en un país petrolero. “Desde los 80 nadie ahorra en bolívares, Venezuela ha estado sobrevaluada, ganábamos dólares a borbotones y ahora tienes ahorros relevantes en divisas, mucho más que cualquier otra clase media-alta de América Latina”, explica Luis Vicente León, economista y director de la encuestadora Datanálisis.

Pese a que mantienen su nivel de vida, apunta que “están perdiendo capacidad de comprar y encareciendo de manera significativa su vida. Se reducen sus ahorros y sus ingresos, su flujo de caja se paró y están viviendo de lo que hicieron, no de lo que están haciendo”.

Una mujer de clase media alta que vive junto a su familia en la zona residencial de Caurimare le explica a BBC Mundo que hasta hacía tres meses hacía alguna que otra cola para conseguir comida. Dejó de hacerlo cuando la encargada del supermercado le advirtió que la cosa se había empezado a poner violenta. Los productos mal que bien los consigue a través de contactos y en su celular tiene números de “bachaqueros”, pero asegura que no los ha usado.

Su dieta ha variado un poco pero no es para alarmarse, dice, los alimentos se pueden sustituir. Donde sí hay preocupación es por la escasez de medicamentos. Ahí las distinciones de clase se difuminan un poco. “Tengo un seguro de salud en Estados Unidos pero no me voy a tomar un avión por una nimiedad, pero se puede complicar y la gente se muere por cosas que no debería morirse”, explica. Su marido es médico y no consigue los remedios para tratar la psoriasis que le afecta una mano. Mientras tanto, al igual que el empresario, la inseguridad parece ser su mayor preocupación.

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