#Opinión: Henry Ramos Allup: El acto unitario del 26S

Jose Monagas
Henry Ramos Allup.- La importancia e impacto de un acto político ante la opinión pública puede manifestarse por la cantidad de personas que concurra, por la mayor o menor espectacularidad de la puesta en escena, por el contenido de los mensajes y anuncios que se transmitan e incluso por la discursiva de los intervinientes. Resumida así en pocas palabras la, digamos, teatralidad que exige la importancia de ciertos eventos políticos, no se logra sólo atendiendo las recomendaciones del librito. Lo demostró el magnífico acto unitario promovido por la MUD el pasado 26S, de modestas dimensiones en todo sentido pero con un impacto de tal naturaleza que obligó al régimen a una de sus consabidas e inútiles cadenas para ocultar lo que de todas maneras se hizo comunicacionalmente viral: el anuncio de que, interpretando el sentir de algo así como el 80% de los ciudadanos, pasando por encima de las trampas del régimen tendidas por los organismos públicos que lo sostienen precariamente en el poder, decidimos unánimemente recabar las voluntades necesarias para promover este mismo año el referendo revocatorio del peor presidente que haya padecido nuestro país en su vida republicana.
Antes del anuncio del 26S se produjo una polémica entre quienes, por una parte y con presumible buena fe, opinaban que ir a recabar el 20% de voluntades en condiciones violatorias de la Constitución significaba convalidar esas violaciones e ir advertidamente a un matadero y que, por tanto, no se podía participar en esas circunstancias, y de la otra quienes creíamos y creemos que no obstante todo ello hay que concurrir para derrotar la inconstitucionalidad recurrente del régimen, recuperar el derecho ciudadano de decidir su propio destino, conscientes de que lo único que mata cualquier posibilidad es el forfeit. De la abstención como recurso inútil ya tenemos la experiencia del 2005, decidida más con las emociones que con la cabeza.
No puede decirse que después de un proceso de discusiones y consultas se “impuso” la tesis participacionista sobre la abstencionista, sino que al final, sopesando los pro y los contra de ambas, todos llegamos a la misma conclusión y todos decidimos asumir el riesgo que supone esa decisión.
Como no hay mal que por bien no venga, el proceso sirvió también, una vez más, para hacerle oposición a la oposición en una muy bienvenida dinámica fructuosa, independientemente de las intenciones que la animaran, porque de ahí sacamos enseñanzas: las críticas sirven para demostrar cuándo tenemos la razón y cuándo no la tenemos.
La lista de intervinientes del 26S, previamente discutida y examinada, incluyó algunos cuyos discursos presagiaban tormentas y por eso no faltaron recomendaciones cautelares para que no ocuparan la tribuna. También ahí privó la sensatez, hablaron todos los que debían y todos los discursos fueron densos y transmitieron, cada uno con su propia tonalidad y estilo, el mensaje de unidad de intenciones y objetivos que con mucha razón nos exige el país.
¿Que la decisión de participar “así” en el proceso supone un gran riesgo? ¿Que si sale mal o de manera distinta a como lo prevemos rodarán nuestras cabezas cercenadas por el hacha del “se los dijimos”? Puede ser. Si los resultados son malos los responsables somos quienes tomamos la decisión y si salen bien la victoria es de todos, incluidos nuestros críticos. Asumir riesgos es inevitable para quienes conducen en tiempos de borrasca.

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