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#Opinión Política dentro del ring, por Nelson Totesaut Rangel

By Daniel Santos

Nelson Totesaut Rangel.- La política debe vivirse intensamente. Más allá de los parámetros comunes de cordialidad y respeto, el debate de las ideas ha de darse sin hipocresía ni censura. La política no es esgrima, en donde un sutil toque superficial descalifica al adversario. La política es boxeo, en donde el K.O. es la única técnica efectiva para vencer al contrincante.

Los que quieran manejar la política con pinzas contradicen la práctica de la misma: una agresión frontal, respetando siempre los temas que no le incumben.

Al igual que en el boxeo, en donde todo ha de ventilarse dentro del ring y nada fuera de él, la política ha de encontrarse en los caminos preparados para ella. No se debe ejercer fuera del cuadrilátero; sustituyendo el debate con la violencia, y mucho menos caer ante la tentación de dar un golpe bajo. Es decir, si bien es un deporte de impacto, las reglas de juego están bien delimitadas dentro de los parámetros constitucionales para la práctica de la misma en democracia.

Esto, por muy verdad de Perogrullo que parezca ser, hay que estárselo recordando a algunos que parecen siempre tentados a pelear “fuera del ring. Todo fuera de ahí no será considerado boxeo, sino una simple escaramuza que tiene que ser controlada a tiempo por no querer apegarse a las reglas del cuadrilátero.

Por su parte, el discurso es el arma fundamental de la misma; estando siempre cubierto de guantes, ya que cualquier enfrentamiento dialéctico sin la apropiada protección, rozaría en el irrespeto y también atentaría contra las buenas costumbres del deporte.

Además de esto, si se quiere que sea efectivo, debe ser universal; llegarle a todos por igual (no muy técnico), pasional; demostrando suficiente amor y dolor por lo patrio, místico; ofreciendo soluciones maquilladas de próceres y máximas nacionalistas y, lo más importante de todo, al igual que todas las manifestaciones de la polis, ha de darse dentro del ring; respetando la legalidad de las formas.

Entonces, el discurso efectivo no será el más coherente sino el más pasional. Esta ha sido la práctica desde el nacimiento de la República, que busca ensalzar nuestras proezas de románticas prosas que embellezcan los más deseados ideales.

Ahora, la imagen más dañina y preocupante no es aquel luchador que no quiere pelear en el ring; ya que su posición es confesa. Tampoco es quien no sepa utilizar el discurso efectivo; y no le importe llegarle a una minoría. Sino aquel enmascarado que quiere participar en el cuadrilátero confundiendo la lucha libre con el boxeo. Este individuo, que se disfraza de actor democrático, actúa dentro del escenario teniendo sus intenciones fuera del mismo. Un doble agente que busca desestabilizar y romper la cancha, perjudicando y confundiendo a aquellos que le siguen, creyendo que es un individuo que actúa de buena fe.

Lo peor del caso, es que la fuerte polarización que vivimos nos hace simpatizar con estos luchadores enmascarados, creyendo que sencillamente son más feroces que los demás,  y no dándonos cuenta de que dicha ferocidad es ajena a este deporte.

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