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#OpiniónEC Crónica Andina, por Nelson Totesaut Rangel

El Cooperante

Nelson Totesaut Rangel.- Para mí ir a Mérida era una deuda histórica familiar. Mi ascendencia provenía de Los Andes y de los mismos había escuchado epopeyas dignas de recordar. De niño crecí con aquella fabulación mágica que me causaba obsesión. Desde el carácter de mi Bisabuelo, Don Pepe; quien con firmeza Gobernaba el Estado Zamora, hasta la belleza envidiable de la abuela, Doña Leonor; quien con su encanto se paseaba por las calles de Capacho exponiendo los rasgos más puros y andinos. Los Andes representaban una insaciable curiosidad que se ventilaba por medio de la fábula narrativa que quise expresar desesperadamente. Y así fue como a los 12 años escribí un cuento –al menos un intento- en donde imaginaba a aquellos familiares que no conocí, cabalgando por el páramo y admirando la belleza fría de un sitio que parece sacado de una novela.

Luego, cuando era un adolescente, Los Andes -más específico Mérida- pasaba a tener un papel distinto a aquella belleza tranquila. La fabulación bucólica abarcaba otro espectro. Una paz perfecta podía transformarse en foco de escaramuzas, y es que ahora conocía que mi abuelo estudió en aquella renombrada Universidad de Los Andes y participó activamente, con piedra en mano, en la manifestación estudiantil que reclamaba el fin de una dictadura. Aquella ciudad cultivaba en su gente la capacidad de vivir en paz sin remover el fuego subversivo característico de nuestro gentilicio. Los Andes, eran entonces, una paz traicionera de la cual no se podía confiar. Basta con revisar nuestra historia para saber que al Andino hay que tenerle cuidado y no se le debe ignorar.

Fue así como mi fascinación por aquellas ciudades subversivas parecía no acabar. Debía ir y ver aquello que mi imaginación conocía desde niño, tenía que darle colores y formas a cierto lugar que se refugiaba en lo literario.

Tardé 23 años en cumplir parte de mi deuda familiar, cosa que me avergüenza. Mérida ha sido el primer destino de mi viaje por Los Andes. Por primera vez, la realidad supera la imaginación, el Valle, el Páramo, las Lagunas y los Picos habrían inspirado –más aún- a Camille Corot, quien habría sustituido, gustosamente, aquellos desdichados y grises paisajes parisinos por un verdadero paraíso terrenal; similar a lo que describía Colón al llegar a las Indias.

La belleza del sitio se mantiene; felizmente no se ha viciado por la intervención del hombre. Al contrario de Caracas, Mérida combina los paisajes, la cordialidad andina y la infraestructura turística digna de cualquier país primermundista.

Ya de lo primero hablamos, ahora, de la atención merideña, se puede decir que parece importada de un país que conozca la importancia de tratar bien a sus visitantes. En Caracas gozamos de muchos males, otro, es la mala atención de quienes deberían de promover el encanto por nuestra ciudad. Mérida carece de esto, en aquella llamada “Ciudad de los Caballeros”, hacen un esfuerzo que se les da natural, para hacerte querer volver por otro motivo que no sea la magnificencia natural.

Respecto a la infraestructura primermundista, Mérida cuenta con un Observatorio fascinante que enloquecería a un Copérnico o a un Galileo. El teleférico más largo y alto del mundo -4800 metros en su cenit- que fue construido de tal forma, que hace ver al Aiguille du Midi –en el Mont Blanc- como una reliquia soviética.

Todo esto sin contar la cantidad de Hoteles y parques que confirman la importancia de la inversión privada en el desarrollo de cualquier ciudad.

De Mérida no tengo nada malo que decir, de hecho, dicen que los que se mudan al Valle viven hasta los 100 años. Si algún día me canso de la turbulencia de la metrópolis, iré contento al Valle y, a diferencia del de Caracas, no será a llorar.

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