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#OpiniónEC Válvula: De vuelta al mercantilismo por Nelson Totesaut Rangel

Alejandro Carranza

Nelson Totesaut Rangel.- El mercantilismo surge a la par con los Estados modernos. Las reglas económicas en torno a lo nacional, comienzan a sustituir las demás regulaciones locales, dando paso a la moneda y al espíritu de las naciones.

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Éste fenómeno, que se da a partir de 1500, año en que la euforia por la conquista se aprecia tanto en el antiguo como en el nuevo continente, redefine la percepción sobre el comercio internacional. Si bien podríamos decir que el preámbulo al comercio internacional moderno (sobre todo el marítimo) se da con la Paz de Westfalia (1646), fue en base al mismo espíritu mercantilista, que abarcó tanto como hasta el año 1776, en donde se empiezan a gestar dichas ideas de intercambio.

Más allá del auge a lo internacional –y por ende un necesario desarrollo naviero- la prosperidad se veía en el procesamiento de la materia prima. Se creía que estas materias no debían de ser exportadas sin su previa manufactura. De hecho, Tomas Mun (1571-1641) defendía la idea de importar bienes, agregarles valor y luego reexportarlos. El espíritu de la época era claro, se veía el valor en lo primo, no podíamos venderlo así no más, carecía ello de sentido. Todo esto servía de preámbulo a la revolución industrial, que mucho del pensamiento mercantilista poseería.

En el mercantilismo no todo fue prosperidad, los fisiócratas, que vinieron después,  fueron fervientes críticos del sistema predecesor. Sin embargo, nadie puede negar que tan sólo la idea de no quemar la materia prima, sino procesarla, es algo digno de preservar.

Venezuela es un país –para bien o para mal- con de exceso materia prima. Recuerdo la anécdota escuchada en una clase de economía en donde se preguntaba ¿cuánto le saca Disney a una barril de petróleo? Mientras los venezolanos exportamos la materia prima, ganando el mero valor bruto, es decir, $40 dólares en la actualidad, Disney le gana $10.000 con la fabricación de orejitas de Mickey Mouse que vende, cada una, a un precio superior a cada barril.

El petróleo no será, para toda la vida, la fuente de energía insustituible. Sin embargo, si será una fuente preciada para la creación de todo lo demás. Teléfonos, computadoras, plástico, accesorios, aspirinas; todo se hace con él. Incluso la petroquímica, idea fija del Profesor Arraíz Lucca debido a su infinito potencial, en donde podríamos aprovechar el oro negro en vez de irnos por la vía fácil –y rápida- vendiéndolo en su estado más primitivo.

Imagínense ustedes las dimensiones. Si el precio del crudo subiera o bajara, no nos afectaría al borde de una crisis, ya que habríamos diversificado nuestro mercado a un gran abanico de productos. Un país no necesita producir de todo, de hecho, son pocos los que se autoabastecen de forma sana. El mundo globalizado y todo lo que esto conlleva (con los tratados de libre comercio, por ejemplo) permite la sana interacción sin barreras arancelarias. Venezuela se ha hecho rica con la mera explotación de hidrocarburos, si volviéramos al mercantilismo y buscáramos agregarle valor a los bienes antes de montarlos en un barco, a lo que un día le ganamos $100 podríamos ganarle $10.000.

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