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“Imposición de ideología es la forma más despiadada de opresión”

Jesús María Casal

Caracas, 29 de agosto.- En los últimos días ha estado en el tapete la retórica oficial en torno al combate contra el odio. El arsenal legislativo hasta ahora anunciado para enfrentar las campañas de odio supuestamente promovidas por la oposición no parece estar bien encaminado, pues parte de la descalificación del adversario y de la represión institucional como principal respuesta.

Es necesario, sin embargo, tomar iniciativas dirigidas a desterrar el odio como código habitual de la lucha política en Venezuela. Reconstruir la democracia implica reivindicar ese espacio público de debate en el que no hay verdades absolutas y admitimos la relatividad de nuestras opiniones, no por la ausencia de firmes convicciones o concepciones personales o de partido sino por la conciencia sobre la indispensable preservación del campo de deliberación, pugna dialéctica y contienda de propuestas programáticas y electorales en el que dicho sistema fructifica.

La imposición de una sola ideología como válida, mediante la legislación, el discurso y la acción política, es la forma más despiadada de opresión y es fuente segura de indignación y de rencores entre las respectivas víctimas. Si en alguna materia es imperioso emprender una profunda rectificación en el país es justamente en la manera de entender y hacer la política. Hay que establecer un ámbito amplio y plural en el que concurran sin temor ni posiciones de ventaja las distintas maneras de comprender el Estado, la economía, la sociedad y la persona. Cuando este espacio desaparece, solo resta la dictadura y la guerra a muerte, la liquidación del adversario como enemigo existencial.

Medidas generales

Sin perjuicio de estas consideraciones generales, la situación nacional exige que nos refiramos a medidas concretas que puedan ser adoptadas para superar el odio. En esta ocasión mencionaré algunas de las que pudieran tomar los órganos del Estado, sin un orden sistemático y sin pretender que no haya otros actores llamados a aportar soluciones:

a) Poner fin al uso de la jurisdicción militar para enjuiciar a civiles y proporcionar a las víctimas de las correspondientes detenciones la debida reparación; b) abandonar de inmediato la práctica de incomunicar por semanas o meses a personas perseguidas por razones políticas; c) respetar, igualmente, la Constitución y los derechos humanos en todos los casos de privaciones de libertad, trasladando al detenido ante el juez a más tardar a las 48 horas y permitiendo que desde el momento de la detención aquel tenga acceso a un abogado de su confianza; d) suprimir y condenar públicamente todo tipo de maltrato o tortura contra el detenido; e) pedir perdón a los familiares de quienes han fallecido en estos meses a causa del uso desproporcionado de la fuerza por parte de los cuerpos de seguridad, también cuando la reacción inicial de las autoridades fue construir una versión falsa de lo ocurrido, que los exculpaba; f) liberar a quienes están detenidos por razones políticas, empezando por los que han visto más afectada su salud en virtud de su reclusión; g) admitir que se han violado los principios de transparencia, igualdad y confiabilidad en la actuación del Consejo Nacional Electoral e iniciar una discusión nacional sobre los correctivos que deben aplicarse; h) enviar a la Asamblea Nacional los recursos que permitan pagar el salario de los diputados y cubrir la póliza de hospitalización, cirugía y maternidad de los empleados y obreros de la institución; i) proscribir las inhabilitaciones políticas, que están siendo utilizadas para sacar del juego a contendientes incómodos.

Un bálsamo

Acciones como estas serían un auténtico bálsamo purificador frente a la tentación del odio, cuyos principales promotores son los agentes de la injusticia o quienes la avalan u ocultan. Ninguna de las arbitrariedades señaladas justifica el odio, porque siempre pierde más el que comete la injusticia que el que la padece, y quien es presa del odio se degrada y pone en su corazón el germen de hechos futuros tan reprobables como los que le han ofendido.

Sé que algunos pensarán que lo dicho es pedir demasiado o discreparán del enfoque y alcance de lo planteado, pero es innegable que el mejor antídoto ante el odio no es la amenaza del castigo ni la invocación del amor como simple consigna (obras son amores y no buenas razones), sino los gestos honestos y palpables de reconocimiento y disposición al encuentro, que cuestan a quien los da, al tiempo que lo enaltecen, y que alivian y atemperan el ánimo de quien los recibe. La denominada Asamblea Nacional Constituyente, con todo el poder inmenso que dice tener, muestra toda su fragilidad al no haber sido capaz de dar un solo paso en esta dirección.

Texto publicado originalmente en El Universal. 

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