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Restos del “humilde” Chávez reposan entre sensores, Guardia de Honor y la Milicia

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El Cooperante.- “¿Y gracias a quién tienen ustedes computadora?”, preguntó la guía. “¡A Chávez!”, respondieron al unísono los niños del plan vacacional del Gobierno del Distrito Capital… El recorrido por el Cuartel de la Montaña es corto: consiste en ver el cañón, ingresar a la sala donde reposan los restos del “Comandante Supremo” y pasar a una exposición donde se muestran fotos y recuerdos; incluyendo una “Canaimita”, la portátil insigne de la Revolución.

Es miércoles en la tarde y hace calor. Además de unos 40 niños del plan vacacional con sus recreadores, hacen el recorrido dos mujeres adultas y un hombre joven. Bejarano, la guía que dirige la visita, es una mujer mayor, miembro de la Milicia Bolivariana. Antes de empezar, dio la bienvenida al “Museo donde está sembrado el Comandante” y explicó a los niños y al resto de los asistentes al Museo Histórico Militar que el nombre de “Cuartel de la Montaña” se lo puso Chávez durante la rebelión del 4 de febrero, pues fue el lugar donde se ubicó el comando de los rebeldes.

El edificio que antiguamente funcionó como sede del Ministerio de la Defensa se encuentra en “La Planicie”, en la populosa parroquia 23 de enero, en Caracas. En el ascenso, pueden observarse los ojos de Chávez en las escaleras de El Calvario y en murales de colectivos y consejos comunales; humildes casas de colores; “superbloques”; un campo de béisbol y una plaza. Las viviendas más cercanas a la entrada del cuartel tienen dibujos de alusivos al máximo líder de la Revolución Bolivariana, una de ellas, al lado de un aviso donde ofrecen helados para la venta. Chávez descansa en medio de “su gente” humilde.

“El museo del Comandante”

La tumba de Hugo Chávez no se puede tocar. A los niños les indicaron que tenía un sensor, así que sabrían si alguien la había tocado. No pueden tomarse fotos con flash, para no molestar a los soldados de la Guardia de Honor que custodian la habitación, parados firmes, en turnos de dos horas. Tampoco se debería grabar videos y es necesario que los asistentes se quiten las gorras o sombreros para pasar rápidamente frente al sarcófago. “Es en señal de respeto”, indica la guía.

Antes de pasar a la sala donde dicen que reposa Chávez, el recorrido pasa por “El bosque de las banderas”, donde se muestran los símbolos patrios de 34 países, miembros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). La guía pregunta a los niños si saben de dónde son esas banderas. Uno de ellos, en voz baja, dice que son los países que liberó Simón Bolívar. Otro lo corrige en tono altanero: “No, bruto. Son los que liberó Chávez”.

Los ojos de Chávez vuelven a aparecer a lo lejos, en los edificios del Banco de Venezuela y la Asamblea Nacional, vistos desde la siguiente parada: el cañón desde donde todos los días se disparan las salvas a las 4:25 de la tarde, hora en la que falleció el antecesor de Nicolás Maduro.

El museo fue diseñado por el arquitecto Alejandro Chataing e inaugurado a principios de 1900. El sarcófago de Chávez está sobre “La flor de los cuatro elementos”, diseñada por el arquitecto Fruto Vivas; al fondo hay imágenes de Simón Bolívar y el mismo Chávez, y a ambos lados hay esculturas de Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez.

La taza de peltre

La “humildad” era la virtud que más exaltaba a Chávez la guía en el camino. En el salón contiguo a la entrada principal se muestran fotografías y frases; la computadora Canaima; una réplica del Satélite Simón Bolívar; las caponas, el portanombre y la boina de Chávez; un mapa y algunos artículos de oficina que usaba en los Aló, Presidente y una taza de café.

“El Comandante era un hombre muy sencillo, tanto que en vez de tomar café en una taza de cerámica, a él le gustaba recordar el campo con una de peltre”. Los niños observaban tranquilos. Una recreadora recuerda el aguacero del último cierre de campaña. “Te dan ganar de llorar, ¿verdad?”, le pregunta a una compañera, que le responde solo con un gesto de nostalgia.

El recorrido termina y el grupo se dirige a la salida, donde cruza otro grupo, con más niños del mismo plan vacacional. El calor se mantiene, aunque ya no hace tanto sol. Los niños siguen su camino tranquilos, pero uno rompe el silencio para preguntar si al día siguiente irían al parque. Otro replicó con tono cansado: ¡Ojala!

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