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La Lupa

A dos años de la jura de Guaidó, el cese de la usurpación luce más lejos que nunca

La tesis del mantra opositor ha fracasado y los tiempos obligan a una profunda reflexión sobre la eficacia de las estrategias cortoplacistas que han derivado en más frustraciones y conflictos dentro del seno de las fuerzas democráticas

Caracas. Una multitud entusiasta se congregó en Chacao, al este de Caracas, el pasado 23 de enero de 2019. Días antes, el 05 de enero, Juan Guaidó tomaba control de la Asamblea Nacional y se comprometía al cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres. La pegadiza fórmula de inmediato caló en una oposición que ya venía de experimentar la derrota en los eventos masivos de calle del año 2017, el asalto al Parlamento y a sus facultades constitucionales y la reelección sin obstáculo de Nicolás Maduro en 2018. A lo interno de la coalición, algunas vocerías moderadas advertían de los peligros que comportaba la conformación de un «gobierno interino» en las circunstancias de ese entonces, aduciendo que en la práctica esta tesis sería inejecutable. Presionando por la salida de corto plazo, la militancia opositora discutía en Twitter la obligatoriedad de que Juan Guaidó asumiera la responsabilidad de la «presidencia encargada», pues existía el precedente de la «usurpación de funciones» de Nicolás Maduro, y todos los actos que se deriven de una autoridad usurpada son nulos. 

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Guaidó se subió a la tarima aquel 23 de enero y pronunció un discurso en el que intentaba hilvanar las justificaciones que soportaban las acciones ejecutadas por la oposición en el pasado reciente. Pero los asistentes interrumpieron a Guaidó en reiteradas oportunidades.

-«¡Jura, jura!», gritaba una señora con lentes de sol y un inocultable frenesí.

Entonces Guaidó, advirtiendo que la masa no le permitiría terminar los alegatos, decidió darle un empujón a lo que desde hace algún tiempo exigían los sectores más radicales de la oposición.

«Hoy, 23 de enero, en mi condición de presidente de la Asamblea Nacional, basado en la Constitución, ante Dios, juro formalmente asumir las competencias del Ejecutivo Nacional», dijo, con un aplauso ensordecedor de la concurrencia. 

El mandado, aparentemente, estaba hecho. Estados Unidos fue el primer país en reconocer la legitimidad de Guaidó. Luego siguieron otras cincuenta administraciones. Había una lectura equivocada sobre una salida a corto plazo de Maduro. Entonces las promesas más duras se apoderaron del discurso opositor. El reto al poder: la ayuda humanitaria entrará «sí o sí». Pero la ayuda no entró. No el 23 de febrero. Las deserciones militares no fracturaron el piso de respaldo al régimen. Allí arrancó la primera decepción. Pero todavía quedaban cartuchos por quemar.

Guaidó regresó al país por el aeropuerto de Maiquetía retando a los organismos de seguridad del régimen. La moral de las bases opositoras volvía  a subir. El final estaba cerca, aseguraban dirigentes. El fracaso del 30 de abril, cuando una insurrección cívico-militar fue sofocada en La Carlota, terminaba de poner sello irreversible al fracaso de la estrategia de corto plazo. 

La oposición llamó a la calle «sin retorno» (una leyenda morbosa de larga trayectoria en el discurso de la disidencia) y la calle no respondió. Los ánimos estaban por el piso. Era el aparente fin de un ciclo y urgía sentar cabeza. Aquello no ocurrió. No hubo revisión de fallos ni reorientación de la estrategia de preferencia. Atrapada por su propio discurso, la oposición terminó de embarcarse el resto de 2019 y 2020 en un imposible.

Pese a la urgencia de la rectificación, el Comité Organizador de la Consulta Popular de diciembre prometía de manera insólita la consumación, ahora sí, del cese de la usurpación, aunque Leopoldo López había llamado discretamente en una reunión con el Caracas Press Club a «moderar las expectativas» con respecto a la Consulta. Al tiempo, Maduro tomaba control del Parlamento con una elección sin competencia de ningún tipo y «opositores» que se prestaron para usurpar las tarjetas de partidos como Acción Democrática. La legislatura saliente hacía adopción de la tesis de la continuidad constitucional, tan compleja de ejecutar en la práctica como el interinato que se extravió entre renuncias del gabinete, exilio, persecución y desencuentros.

Dos años después de la jura de Guaidó, el balance de la oposición obligatorio es el de una rectificación urgente, pues Maduro sigue estable en el poder y los costos a pagar por la estrategia fallida cortoplacista son más grandes que los ingresos en cuenta corriente: el saldo es negativo.

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