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Al maestro Aristóbulo, sin ningún cariño

El Ministro de Educación confiesa sin vergüenza ninguna que la «guerra económica» y las sanciones y la anterior Asamblea Nacional son los culpables de su fracaso como funcionario público. Sin disparar un tiro, asegura que los malos de la película tienen al país en jaque mientras desde Miraflores prefieren observar reverdecer bodegones y comprar armas, algo mucho más útil que pagarle a los maestros lo debido

Caracas.- Con muchos kilos demás – seguramente engordó en Navidad comiendo hallacas y pernil del bueno-,  Aristóbulo Istúriz reaparece para admitir su fracaso estruendoso como doble ministro, dirigente político y eso que llaman revolucionario: las sanciones, la anterior Asamblea Nacional, el «bloqueo criminal»  y  cualquier pamplinada similar, han sido los culpables de que hoy los maestros  ganen 1 miserable dólar diario, bien distinto a lo que él ganaba cuando era maestro en plena democracia, valga el recordatorio. Lo que equivale a decir que sus enemigos ganaron. Que de nada les ha servido estar en el poder por más de 20 años, tener a la cúpula militar a su favor y hacer trampas en cuantas elecciones inventen, porque los malos de la película los superan sin disparar un tiro. Que el monumental fracaso en el área económica ha sido dictada desde el bando adversario y ellos, pobrecitos, no han logrado hacer nada en contra de semejante agresión sino ver desde sus despachos como los maestros y profesores se mueren de hambre, se ponen a vender emanadas -porque les resulta más rentable- o se van del país en busca de un capitalismo más justo y organizado.

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Pero ocurre que la mala suerte a veces resucita en Miraflores y más o menos cuando el ministro de Educación Aristóbulo Istúriz contabilizaba las razones de su fracaso, se develó que en las antiguas residencias estudiantiles Livia Gouverneur, donde desalojaron a los estudiantes que allí vivían porque supuestamente iban a transformarlo en un centro para atender enfermos por la COVID-19, acaban de inaugurar  un Bodegón (la palabra preferida de la nueva oligarquía chavista), una heladería y una venta de golfeados de lo más bonitos y arreglados, mientras se ignora si en el resto del edificio albergan a los  enfermos por el virus, lo que sería la descripción perfecta del desastre que somos como país: Un bodegón cohabitando con la miseria. 

Y a partir de aquí  surgen las preguntas básicas que este y cualquier  ministro debería responder si hubiese prensa libre en lugar de esa comedia mala que protagonizó el gordo Aristóbulo ante las cámaras de VTV: 

-Señor ministro, ¿cómo explica que las sanciones  le pulverizaron el salario a los profesores y maestros, pero permiten que el país se llene de bodegones donde venden productos de Estados Unidos?

-Señor ministro, ¿esos productos que vienen del exterior cómo entran al país si hay un bloqueo criminal?

-Señor ministro, ¿por qué no hay dinero para aumentarle el salario a profesores y maestros pero si hay para aumentarle a los militares?

– Señor ministro, ¿usted sabe cuánto cuesta un cañón, un fusil, las municiones, que ya no son necesarias porque el enemigo del gobierno les ganó la batalla económica?  ¿No será mejor invertir eso en escuelas, liceos y universidades?

Y por supuesto, la mejor pregunta de todas:

-Señor ministro de Educación, ¿Qué ha hecho su despacho para impedir que las universidades en todo el país hayan sido saqueadas, hayan quemado sus bibliotecas, hayan asaltado sus laboratorios? ¿Nada de nada, ministro?

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Y así, hasta que Aristóbulo se dé por enterado que todas esas inquietudes (y muchas más) también le corresponde no solo responder sino solucionar en lugar de seguir discutiendo sobre el sexo de los angeles, que es más o menos lo mismo que decir lo que dice.

Da pena Aristóbulo. De aquel hombre que muchos defendimos en la calle cuando ganó la Alcaldía de Caracas – porque Claudio Fermín amenazaba con quitársela, vaya ironía-, a este funcionario público en que se ha convertido, debe haber  pasado mucho dinero, poder  y consignas vagas  bajo los puentes.  Porque hoy uno lo ve y se pregunta: «¿Què hace este señor a diario? ¿El se levanta, se baña,  se viste y a partir de allí a qué se dedica?» 

Y aparece la sombra del yate de lujo que supuestamente posee, la única excusa para entender cuándo se  le apagaron las ganas de luchar por una mejor vida para  maestros y profesores, esos que hoy no pueden comprar ni un kilo de azúcar para endulzar tanta rabia.



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