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La Lupa

Argentina: entre la política y la incertidumbre

Hace 47 años la sociedad se cansó de los políticos y le dio espacio a sectores que irrumpieron, sembrando desolación y terror y anulando la posibilidad de una salida política. Décadas después, esperemos, por el bien de Argentina y de la región, que se imponga la sindéresis y se mantenga la posibilidad de tener un país, frente a los que ofrecen cambios absolutos y novedades, que pueden resultar mucho más dañinos. Frente a la improvisación, la grosería y el desplante, sin lugar a dudas es la hora de la política

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Caracas / Foto Portada: archivo.- En algunas páginas de internet y repositorios digitales pueden encontrarse imágenes del nefasto miércoles 24 de marzo de 1976, cuando las Fuerzas Armadas de Argentina depusieron al controversial y polémico gobierno de María Estela de Perón. El país transitaba por eras aciagas y turbulentas que, aunadas a la represión, a la enorme conflictividad y a la torpeza del manejo de los asuntos públicos, llevó al sector castrense a actuar y a buena parte de la sociedad a aplaudir o ver con indiferencia lo que ocurrió. La acción no se limitó a poner fin a un mandato muy mal valorado, sino que abrió la puerta para que se instalara en el poder una de las eras más oscuras que ha sufrido Argentina.

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47 años después de la asonada militar, el país vuelve a tener un dilema en torno a su futuro. Aunque en esta ocasión las bayonetas, las torturas y las desapariciones no estarán a la orden del día –aunque actores en el entorno del candidato Milei tienen dificultades para condenar la dictadura y sus resultados- el problema va en otra dirección, pues todo pareciera reducirse al debate entre la estabilidad nacional que ha asumido Massa como bandera y el cheque en blanco que evoca Milei. En lo que se refiere a este último personaje, su “pureza política” no es más que una hábil planificación comunicacional, pues el candidato es  parlamentario y ha estado inmiscuido desde hace años en asuntos políticos.

Milei ha intentado presentarse como la antítesis de todo, jugando con una motosierra con la que dice que cortará las cabezas de sus detractores, insultándolos desde un lenguaje penosamente escatológico o moviéndose regularmente con su tipificación de sus adversarios como emblemas de la denominada casta. No le importó al candidato perder posibles adhesiones al espantar a actores que necesita para triunfar. Tal vez entendiendo esto, y buscando cimentar el apoyo de Mauricio Macri y su candidata de la primera vuelta Patricia Bullrich, trató de cambiar el dilema, pues de “política tradicional contra casta”, migró a “peronismo-kirchnerismo/decencia. Sin embargo, en las últimas horas, tal vez preocupado por una eventual derrota, volvió a radicalizarse.

  Massa ha conseguido quitarse de encima la imagen de ser el ministro de Economía del gobierno de Alberto Fernández, administración que es de las peores valoradas en la historia republicana. Junto a ello, se ha desmarcado de sus compañeros de gobierno, ha criticado a actores que lo acompañan, e incluso ha tendido puentes hacia factores que pueden resultar históricamente distintos como son los radicales y los sectores de la denominada izquierda argentina no peronista. El llamado a Milei a entender que no se trata “ni de Cristina ni de Macri”, sino de una lucha entre ellos dos, deja en evidencia a un político de hábil tacto y manejo.

El último debate fue de los momentos más duros para Milei, por más que trate de señalar que se sintió cómodo, que los medios de comunicación tienen una estrategia para descalificarlo y que los organizadores se aliaron con Massa para perturbar su participación, al punto de denunciar al candidato oficialista por supuestamente usar información clasificada. De los seis bloques temáticos que tuvo el debate, Massa pudo salir holgadamente triunfador en cinco, mientras que el restante, siendo conservadores, podríamos darlo parejo, aunque Massa  se mostró cómodo. En el cierre del debate Massa explicó los motivos por los que quiere presidir su país, mientras que Milei señaló las razones para no votar por su adversario y fustigar las décadas en las que a su juicio el país ha estado equivocado.

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El candidato Massa usó adecuadamente el tiempo, entrampó a su contendor en un esquema de preguntas y respuestas para dejar en evidencia sus contradicciones y señaló que la conducción del país debía recaer en una persona con presencia y con equilibrio mental. Milei quiso provocar a su rival mencionando a la familia de Massa y denunciándolo por corrupción, aunque el abanderado oficialista lo desarticulaba al pedirle que aportara pruebas o se retractara, llevando al denunciante a no insistir en la temática.

La manera en que el entorno de Milei ha impulsado ciertas materias ha sido una catástrofe para él, pues a su lenguaje destemplado y a su cabello desordenado, debe sumar las controversias que causan sus aliados.  La actitud de Macri de ventilar sus diferencias con Gerardo Morales puede provocar que el sector de la Unión Cívica Radical que votaría en blanco, migre hacia Massa con ciertos resquemores; la postura de Bullrich de irse con Milei pese a haberlo confrontado con dureza en los debates y haber tenido que aguantar que el abanderado la llamara asesina, resulta contraproducente; y la postura de Victoria Villarruel de mostrar una actitud pusilánime –e incluso colaboracionista según se denuncia- hacia los violadores de derechos humanos, lleva a ver con preocupación la posibilidad de un perdón hacia los que mancillaron la dignidad humana.

Todo parece definido. La comunidad internacional sigue atenta a lo que ocurra, encontrando a jefes de Estado y de gobierno que se han pronunciado a favor de Massa y ex mandatarios –y Mario Vargas Llosa- que en una misiva respaldaron a Milei. Mientras tanto, los argentinos cuentan las horas para ver si la opción que elijan termina por sacar al país del caos por el que transita.

Hace 47 años la sociedad se cansó de los políticos y le dio espacio a sectores que irrumpieron, sembrando desolación y terror y anulando la posibilidad de una salida política. Décadas después, esperemos, por el bien de Argentina y de la región, que se imponga la sindéresis y se mantenga la posibilidad de tener un país, frente a los que ofrecen cambios absolutos y novedades, que pueden resultar mucho más dañinos. Frente a la improvisación, la grosería y el desplante, sin lugar a dudas es la hora de la política.



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