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Atrocidad represora: A Diego Arellano lo mató metra disparada con cartucho de perdigón

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Caracas, 20 de mayo.- En la morgue de Los Teques no había un familiar que retirara el cuerpo de Diego Arellano. El personal preguntaba a otros deudos que se concentraban en las esquinas si por casualidad eran los parientes directos del joven para que retiraran el cuerpo que ya había sido sometido el día anterior a la autopsia. Todos negaron tener vínculos con el biólogo que se convirtió en la víctima 55 de las protestas registradas hace más de 40 días en el país.

Rezagado y sentado en la acera de la puerta principal de la morgue estaba un amigo de Diego. Él estaba a la espera de la tía del joven porque la madre al conocer la noticia sufrió un shock y había sido hospitalizada en la Policlínica El Retiro de San Antonio de los Altos.

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Alberto Zamora, su compañero de tropa de los Scouts conversó con Diego minutos antes de que fuese asesinado. Relata que el joven de 31 años que también era instructor de Karate, vivía en la urbanización Trébol Country, detrás del Picacho y el martes poco antes del mediodía había bajado hacia la avenida Perimetral porque tenía la intención de bajar Caracas por un compromiso. Pero las vías estaban trancadas. Los vecinos molestos, la ciudad dormitorio ardía no solo por la quema de cauchos y el lanzamiento de las bombas molotov, sino por la rabia, la desesperación.

Desde los edificios los habitantes gritaban contra la represión de la Guardia Nacional. Les decían a los uniformados “fuera malditos asesinos”, “ustedes son los culpables de esta desgracia”, coreaban desde las ventanas, cuyos cristales estallaban por las bombas. Mientras que en la avenida los jóvenes se defendían del ataque de los funcionarios.

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Una neblina espesa de gas cubrió el distribuidor y Diego quería ver cómo pasaba para llegar a Caracas. Entre el ramillete de manifestantes que coreaban “fuera Nicolás”, el biólogo se topó con sus amigos del grupo Scout Cayaurima que aún se reúne en las áreas verdes del plantel Obra del Buen Consejo. Entre los panas estaba Alberto. A él le comentó en la entrada del paso peatonal que conduce a la urbanización Los Castores que “Había que seguir en la lucha porque apostaba a un mejor futuro. Tengo mis esperanzas puestas en que el país va a cambiar porque los venezolanos no nos merecemos esto. Mi pana estoy destrozado porque mi familia se desintegró, pero algún día nos uniremos de nuevo”, haciendo referencia a sus dos hermanos que habían migrado para Argentina y Chile.

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Ellos conversaron cerca de 10 minutos y se despidieron. Alberto cruzó hacia la estación de gasolina para continuar en la protesta. Minutos más tarde, a las 12:30 del mediodía se escucharon unas detonaciones. Nuevamente los manifestantes corrieron a resguardarse de la lluvia de perdigones. A Diego no le dio tiempo y lo impactaron en el pecho. Unos conocidos se dirigieron a Alberto y le gritaron. “Vente, vente que hirieron a Diego”. Cuando cruzó los paramédicos lo tenían entre sus brazos. El joven había apretado la mandíbula. Su gesto se confundió con una sonrisa, pero era la expresión de dolor que fue captada en una fotografía.

A él lo llevaron al ambulatorio Rosario Milano, pero por la gravedad de la herida lo refirieron a la Policlínica El Retiro, donde falleció. Un técnico forense de la morgue de Los Teques informó que lo impactó una metra. Su cuerpo también tenía otras lesiones de perdigones en el glúteo derecho y en un pie. Dos horas más tarde, el ministro para las Relaciones Interiores, Justicia y Paz, Néstor Reverol, confirmó que se trataba de una metra de plomo que había sido disparada de un cartucho de perdigón, publicó Runrunes. 



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