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La Lupa

Borgen o luchar contra "la fatiga democracia"

Regresó Borgen con una nueva temporada de 8 capítulos, que hace un corte con las tres anteriores (2010-2013), basadas en hechos reales. La primera de esta nueva etapa es ficción. Pero no le quita fuerza para mostrar los dos problemas de la política de hoy. La concentración del poder y las tendencias autoritarias. El segundo, el papel de las redes sociales como poder invisible y paralelo que irriga al periodismo tradicional, y lo moldea. Hoy, el cuarto poder es solo un tramitador de los deseos de los dueños de medios que se auto censuran para “estar bien con los gobiernos” y con el público de redes sociales, los que debilitan las instituciones de la democracia liberal. Cuando este sombrío panorama parecía triunfar –“todo el poder para Birgitte ”- la política se salvó en la rayita. El partido, la familia, y lo humano en Groenlandia fueron los “checks and balances” que permitieron que Birgitte concienciara su ruta autoritaria, y renunció a su cargo en el gabinete y a seguir como líder de su partido. Borgen II es un llamado a luchar por la política como servicio y responsabilidad, en una época en la que nadie cree en ella, y en contra de “la fatiga democrática”, para usar la expresión del asesor estrella de Petro y uno de los artífices de su victoria, el español Antoni Gutiérrez-Rubí

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Caracas.- En junio arribó a Netflix la primera temporada de Borgen en su nueva etapa, con 8 capítulos. La serie danesa comenzó su primera temporada en 2010 y culminó con una tercera en 2013. Casi 10 años después, regresó la serie. Se puede hablar de Borgen I (2010-2013) y Borgen II (2022). Aunque no pocos del elenco original se mantienen para 2022, el mundo cambió muchísimo entre 2013 y este año.

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El corte entre la primera etapa y la segunda también es porque la nueva es más ficción. Borgen I está basada en hechos reales, como se señala en el capítulo final de la temporada 3 (2013).

Que sea ficción no le resta fuerza a la serie. La imaginación forma parte de la política. Se recuerda la famosa frase de Bismarck, “La política es el arte de lo posible” (Politik ist die Kunst des Möglichen). La imaginación hace política en la realidad. Si no ¿qué es un proyecto de país? ¿Qué es un líder político sino una persona que logra el compromiso entre la imaginación de un proyecto de país y la realidad?

Borgen es alabada en el mundo. Columnas van y columnas vienen para analizar la serie y por qué su impacto. Es un programa danés cuyos temas se entienden porque son los asuntos de la política, es decir, del poder, que valen para Dinamarca y también para Venezuela. Así que, como tantas columnas, haré la mía con mi análisis de Borgen.

No soy televidente de series políticas. Ni la original inglesa de House of Cards o Westwing en los 90’s, o las más recientes como House of Cards, Designated Survivor, Borgen, o una sátira de NBC que se llama Mr. Mayor. En los 80’s mi hermano me regaló un libro de una serie inglesa de la época, “Yes Minister”. Como Borgen, estuvo basada en hechos reales. Trata del diario de un ministro inglés que registró “cómo se batía el cobre” en la política de Inglaterra. La transmitió la BBC en 1983 y fue todo un éxito.

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No por casualidad, a diferencia de Borgen I (2010-2013), Borgen II tiene un nombre más largo: “Borgen, poder y gloria”. Es conocida la expresión de Maquiavelo sobre César Borgia, el “Duque valentino”, al decir “una cosa es el poder y otra el honor y la gloria”. Borgen II es la historia sobre cómo Birgitte Nyborg quiso quedarse con el poder, pero al final obtiene el honor y la gloria. Tal vez sin proponérselo, sino obligada por las circunstancias. 

Un buen número de series de TV comienza con el desenlace y, luego, una cortina que si “un mes antes” o “una semana antes”, y se desarrolla el guion. Borgen se mantiene en la vieja escuela: el desenlace se construye en los 8 capítulos. No hay algo como “una semana antes”. El creador de la serie, Adam Price y su equipo, van en un crescendo con el desenlace, hasta llegar al capítulo final que es de infarto. Cómo se degrada el poder político es el eje de Borgen II.

No es que en Borgen I no se tratara, pero en Borgen II es distintivo en cuanto es el “poder consolidado”, en su fase madura, situación que lleva a otra famosa frase de la política, esta vez de Lord Acton: el “poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Birgitte representa cómo el poder se corrompe. Sin embargo, hay un final feliz. Se recupera una política relativamente institucional y unos políticos con sentimientos. Borgen II tiene un mensaje optimista, pero no visible a primera vista. Es un llamado para ver las tendencias autoritarias del mundo moderno, desde los EUA hasta Venezuela. Es luchar por la política como servicio y responsabilidad, en una época en la que nadie cree en ella y los que creen, pueden ser egoístas y narcisistas en una época en la que se privilegia al individuo emancipado que “no le debe nada a nadie”.  

El poder sin controles es el problema de la política del Siglo XXI junto a líderes políticos mediocres, como los llama Richard Sennett en una entrevista para El País del día 11-6-22. El famoso sociólogo expresó que “la clase política se está degradando progresivamente. Cuanto menos capaces son quienes se meten en política, más egoístas y narcisistas son”. Borgen II es una alerta sobre esta realidad que se personifica en la degradación de Birgitte, con su egoísmo y narcisismo. Al final, supera su degradación. Pero estuvo cerca. Pudo caer.

La trama se desarrolla en torno a un descubrimiento de petróleo en Groenlandia, que es un territorio autónomo de Dinamarca, con una extensión dos veces más que el territorio de Venezuela, pero con menos de 60 mil habitantes.

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La isla quiere su independencia porque tendrá recursos. Uno de los accionistas de la compañía que explotará el petróleo es un “oligarca ruso” cercano a la “mafia rusa” y al “presidente de Rusia” a quien, curiosamente, nunca se le menciona por su nombre. Birgitte Nyborg es la ministra de relaciones exteriores de Dinamarca en el gobierno de la laborista Signe Kragh, como primera ministra. Es informada sobre esto, pero a petición de los EUA, se reserva la información y no la comunica al gabinete ni al parlamento danés. Hay una filtración a la prensa -salen al público “captures” del chat del asistente de Birgitte, Oliver- y emerge una crisis política. Como toda crisis política, hay motivos, pero también ajuste de cuentas entre competidores políticos, porque Birgitte también filtró la información que Kragh, contrataría a quien representa lo que encanta en Venezuela, el “burdel político” o la “real politik”. Un “duro”: Michael Laugesen, quien en Borgen I fue editor de un periódico sensacionalista y amarillista que centró sus ataques en el entonces gobierno de Birgitte. La filtración tumbó la contratación de Laugesen, y trajo el primer enfrentamiento entre Signe y Birgitte. La primera le dice, “jamás olvidaré que fuiste tú quien filtró la información”.

Birgitte aprovecha el descubrimiento de petróleo para aumentar su poder. Cambió de posición con respecto al “oro negro” –ahora a favor, contrario a la política de su partido, los nuevos demócratas, que favorecen la protección ambiental- para quedarse en el gobierno. Eso la distanció de su partido. La ministra del ambiente renunció al gabinete como rechazo a la posición de Birgitte. Bent, su mentor, amigo, y asesor, en una entrevista a medios, habló de la integridad de Birgitte y vaticinó que renunciaría al gabinete si la explotación petrolera tenía la luz verde del gobierno de Kragh. Birgitte no renunció. Es la primera señal del cambio de una persona respetada por su integridad y que abrió la puerta a la pregunta que todo el mundo le hace “¿qué te pasó, por qué cambiaste?”. Tanto cambió, que el rostro de Birgitte perdió lozanía. El poder también enferma. Ella no fue la excepción. Un rostro hinchado. Volvió a ser la Birgitte bonita cuando, al final, visita a Signe para entregarle su renuncia y una petición para un puesto diplomático.  

Ese cambio en Birgitte, sedienta de poder y endurecida por la vida, detonó una crisis con su partido, con su hijo Magnus, con Groenlandia, con los EUA, Rusia, y China, por la explotación de petróleo en la isla en el Artico. Todo iba hacia un “choque de trenes” que fue detenido por tres cosas. La política se salvó en la raya. La serie resalta los pesos y contrapesos que caracterizan a la democracia liberal. Que los resalte es porque los ve débiles. Borgen II es una alerta sobre cómo la democracia liberal se debilita en países insospechados como Dinamarca nación la cual, según el índice de democracia de The Economist, está entre las 10 democracias más sanas del mundo. La moraleja de Borgen II es, “no des nada por sentado y no hay dormirse en los laureles”.

El primer “check and balance” que evitó el desastre al que Birgitte iba, es su partido, el cual lidera: los nuevos demócratas. Jon Berthelsen, ministro de justicia y miembro de los nuevos demócratas, está en contra del creciente autoritarismo de Birgitte. Trata de detenerla en la dirección del partido, pero no puede. Birgitte maniobra y lo derrota. Jon no se rinde -a pesar de que Birgitte le dijo, “participaste en una conspiración en mi contra y fracasaste. En otro momento de la historia, eso se pagaba con la vida”, y lo chantajea con un caso del ministerio de justicia para tenerlo bajo control- y logra convocar una convención del partido para disputar el liderazgo a Birgitte.

La ministra piensa que ganará la convención. Ella, espigada, de cuerpo robusto, de piel tostada y ojos azules, de rostro muy expresivo, que le gusta la ropa ajustada que la muestra imponente en sus medidas y en su caminar erguido, frente a un Jon quien es “doblaito”, tímido, con una corbata mal anudada, un saco mal puesto, y no mira directamente cuando habla.

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Bent habla en la convención. Birgitte piensa que es para apoyarla. Es lo contrario. Su mentor le dice, “no te conozco Birgitte, no sé quién eres, y te tengo miedo”. No es para menos. Birgitte se convirtió en una persona dura, muy dura. Luego de la intervención de Bent, se da cuenta que pasó los límites. Cuando le toca hablar, lo hace para renunciar al liderazgo de su partido y al gabinete.

El segundo límite es su familia. Su hijo Magnus, quien es activista por el ambiente y por los derechos de los animales. La relación con su madre se deterioró a tal nivel que los dos pelearon en un programa de TV en vivo. Birgitte lo ridiculizó. La madre quiere hablar con su hijo luego del brollo, pero su asistente, Oliver, le dice que Magnus la tiene bloqueada en redes sociales.

Antes del belicoso programa, Birgitte habló con su exesposo Philip. Este le dice que Magnus se retiró de la universidad. No le dice por qué. Birgitte insiste. Philip le responde que Magnus se retiró de la universidad “porque no quiere parecerse a ti”. Birgitte se limitó a musitar, “mala suerte”, sonríe, y le dice a Philip, “me tengo que ir a trabajar”. 

El último “check and balance” es el pueblo, en la figura de un pescador de Groenlandia, pero que es una autoridad de la comunidad. Un viejo de los respetados. Birgitte va a la isla a firmar el convenio petrolero con Groenlandia. Sale a pasear por los fiordos con el pescador. Soledad total en las aguas y la explosión de cargas en el mar porque la empresa china que extraerá el petróleo hará un puerto. Al mismo tiempo, pasan rasantes los aviones militares de los EUA para mostrar fuerza porque no quieren ese proyecto. No quieren a China ni a Rusia.

El pescador le dice, “soy culpable de todo lo que pasa”. Birgitte le responde, “soy más responsable que usted”. El pescador le replica, “di el permiso para hacer esto. Ellos –la empresa de China- me dieron este nuevo barco ¿y usted qué obtuvo?”. Esa frase fue como una epifanía para Birgitte. Le contesta que, “seguir en el gobierno, el poder”. El pescador, con su rifle de cacería, mira al horizonte. Soledad en el mar. Le dice a Birgitte, “desde que me regalaron este barco no he cazado nada. La madre del mar castigó mi codicia”. Birgitte se da cuenta que el proyecto petrolero es un caos, mal hecho, que causó y causará mucho daño, y decide echar para atrás el convenio con Groenlandia que horas antes había firmado. 

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Finalmente, Birgitte tuvo una cierta resistencia institucional de dos funcionarios de carrera. Uno, antiguo, Rasmus; y otro nuevo, Oliver. El primero es de los pocos que le dice a Birgitte si lo hace bien o mal. Es una voz crítica. Oliver observa los excesos de Birgitte, y los habla con Rasmus. Este le dice para diferenciar al político del funcionario, “en EUA los políticos llevan a sus funcionarios. En Dinamarca no, somos de carrera. Tenemos 170 años siendo así. Nuestra lealtad es con la institución”. Una sutil pero importante diferencia. Frente a la jefa, los dos funcionarios fueron leales, pero no “Yes sir” o acomodaticios porque “nos quedaremos sin el cambur”.  

En Birgitte hay una evaluación y confrontación con su propia vida al “llegar al medio cupón” (tiene 53 años). Invita a cenar a su embajador en Groenlandia, Asger Holm, y le habla de su carrera política. Le dice, “llegar a primera ministra me costó mi matrimonio y mi familia”. Luego, le diserta sobre lo “diferente que somos los políticos”. Agrega que “nos levantamos temprano y trabajamos hasta la noche. Amamos nuestro trabajo”. Le pregunta al embajador “¿Por quién votarías, por un workholic o una persona de horario?”. Luego celebra “así somos” y le dice, “también tu eres así”. La cara del embajador no parece ser “soy así”, sino la mira con cierta sorpresa por el costo pagado por Birgitte. El no quiere ser como ella. 

No parece un motivo muy político, pero Birgitte -desde el cargo de ministra de relaciones exteriores- quiere acumular poder para compensar su soledad y abandono familiar. Tan sola se siente que ella misma se compra flores y las envía a su casa para, cuando llegue en la noche, sentirse querida, que alguien se preocupa por ella. Cuando Magnus le pregunta “¿Qué te ha pasado, por qué eres diferente?”. Birgitte le responde, “es que antes los tenía a ustedes”.

Después de cenar con Asger, Birgitte regresa a su verdadera casa: su oficina. Está “medio prendía” y, por casualidad, halló el motivo para justificar su cambio y dureza. Vomita, pasa la rasca acostada en el piso de su oficina, y enciende la TV.

Está Laugasen en una entrevista. Hace una ardorosa defensa de la búsqueda del poder. Dice que solo “los predadores tienen derecho a estar en la cima”. El poder crudo, ni siquiera técnico o como razón de Estado, sino despiadado. Solo “los más fuertes” pueden estar en la política. Birgitte se descubre como predadora. Halló la justificación para calmar su soledad personal. Para justificar el alto costo pagado: sola, divorciada, su hija en NY –seguramente para huir de la política que afectó su vida; su trastorno mental es porque su madre es demasiado arrecha, y no puede alcanzarla, ser como ella; no lo puede aceptar y se produce el trauma que se manifiesta en un trastorno mental- su otro hijo, Magnus, la cuestiona, es la “otra cara” que le recuerda que ya no es la amorosa madre, sino una manipuladora, incluso de sus hijos, para tener poder político.

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El poder compensa el vacío y mientras ve a Laugasen en TV, levanta las manos como diciendo, “encontré mi verdadero yo”. A lo Goethe, “No lloréis mi muerte. Proseguir la lucha. Adelante, adelante siempre , por encima de las tumbas”. Luego de ver a Laugasen murió la Birgitte político y nace la Birgitte degradada, la que por poder, está dispuesta a llevarse a todo el mundo por delante y siempre adelante, incluso a su hijo.    

Birgitte coquetea con el poder absoluto o, al menos, conque es una persona imprescindible. Sus rasgos autoritarios sobresalen más que en Borgen I, que se veían en su relación con Philip, su exesposo. En Borgen II, en una reunión con su partido, lleva la discusión, se impone, y termina con “qué reunión tan productiva”. Jon, luego que Birgitte se va de la reunión que habrá durado 10 minutos con ella “dando una lección” a los militantes descarriados que no comprenden su estrategia, afirma, “sí, qué gran reunión”, una ironía para expresar que Birgitte impuso su punto de vista y “bajó la línea”, como siempre.

En la trama de la serie está otra mujer de la que ya hemos hablado. La serie gira en tres mujeres. Dos en el gobierno. Una Birgitte y la otra la primera ministra, Signe Kragh quien nota los excesos de Birgitte ¿Puede el poder, por más virtuoso y virtuosa que sea la persona que lo encarne, no tener algún control?

Signe le reclama a Birgitte que se limita a enviar mensajes por correo-e sin el contacto político con ella ni con el gabinete. A diferencia de Borgen I, los partidos -salvo los nuevos demócratas, pero al final- no existen. Los encuentros en los pasillos de Christiansborg para manejar las diferencias entre los partidos, lograr acuerdos, o “decirse sus cuatro vainas”, son sustituidos por correos-e y chats.

La exprimera ministra le responde a la actual, “¿no es lo que querías, que usara el correo-e?”. Signe le contesta “merezco confianza y también el pueblo danés”, y golpea la mesa. Birgitte se sorprendió por esa reacción. En Signe está un amago de transparencia. Digo amago, porque su personaje en la trama no termina de concretar. Se siente opacada por Birgitte; siempre le dice, “¿sabes? De joven tú eras mi modelo. Me decía, ‘algún día me gustaría ser así” (Birgitte le lleva como 15 años). Un personaje de cuerpo menudo y con cara “de mosquita muerta”, pero no sin carácter. Al final, Signe y Birgitte hacen una alianza para quedarse en el poder.

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El otro eje de la trama son los medios de comunicación y las redes sociales. En Borgen I los medios fueron tema, pero mayormente entre los periodistas. La relación entre Torben como jefe y Katrine como acuciosa periodista; entre lo que se puede decir y lo que es conveniente no decir.

En Borgen II el eje se mueve de los periodistas a los dueños de los medios en lo que parece ser la realidad de hoy: los medios como actores políticos directos, porque se meten o porque evitan meterse. Katrine ahora es la jefe y Torben un periodista de investigación. Los papeles se voltearon.

Si bien de los medios siempre se ha dicho que “son el cuarto poder”, no son independientes. Es el caso de TV1, canal en donde se planteó la autocensura para no chocar con el gobierno de Dinamarca. Y es un país en donde la prensa es libre, pero lo que el guion quiere tocar es el rol de los medios, que son actores políticos y no los medios imparciales o los “watchdog”. Son medios movidos por los números de la audiencia y no quieren problemas con los gobiernos.

Que esto pase en Dinamarca debe llamar la atención. Pienso que la serie quiere alertar acerca de un problema que ya es mundial. Como en la política, el rol de los medios también se degradó. Ya no es la libertad de expresión, sino a quién sirve esa libertad. 

Torben trabaja en un reportaje sobre Birgitte, pero fue “persuadido” por Katrine para que lo dejara, a cambio de ascender como editor político en TV1. Torben lo aceptó, pero le dice a Katrine, “antes me reclamabas este tipo de imposiciones”. 

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Katrine es parte importante de la trama porque en ella se resume el juego político de los medios. Es designada como jefa de información de TV1. Llega con un estilo de la jefe que escucha, que es amplia, que quiere desarrollar nuevas ideas y estilo de dirigir, pero choca con la realidad de una gerencia a la que solo le interesa no conflictuar con el gobierno danés y unos reporteros -concretamente el ancla del canal, con un nombre muy sugerente, Narciza- que no reconocen su autoridad. Katrine busca imponerla y despide a Narciza porque ésta no acepta sus disposiciones, pero en el ancla también se manifiesta la autocensura que viene de la directiva. Narciza le reclama a Katrine por qué debe seguir un guion para hacer sus entrevistas, sin aportar nada propio. Narciza siente que la quieren convertir en una suerte de vocera de la directiva del canal. Ella y Katrine chocan por esto. 

Katrine se da cuenta que su meta de una mejor información y del primer lugar para TV1 por “la información veraz”, es un sueño, una mentira. Entra en un cuadro de ansiedad y el día de la convención nacional de los nuevos demócratas que TV1 cubre, entra en crisis. Abandona la pantalla y se va para un baño con su ansiedad. Torben la rescata. La abraza y contempla como el sistema aplastó a una brillante y bien intencionada periodista que quería cumplir con el mandato de la prensa libre, pero chocó con la dura realidad de los intereses de los dueños de medios de comunicación. Renuncia a TV1 y dice que va a escribir un libro que se llamará “El poder en Dinamarca”. 

En esta temporada de Borgen, los comunicadores no son protagonistas, sino meros tramitadores de los intereses de los dueños de los medios. Los periodistas son personas que están en un juego que no pueden definir ni controlar. Katrine no puede ser la buena jefa que quiere ser y a Narciza le incomoda que la quieran “orientar” en sus entrevistas. Cada una lucha como puede. Los medios ya no son necesariamente aliados de la democracia. Son actores dentro de un juego de poder, en el cual definen alianzas en función de las circunstancias del poder político, pero siempre buscan no chocar con los gobiernos de Dinamarca.

Junto a los medios están las redes sociales. En Borgen I no fueron relevantes. En Borgen II son parte muy importante de la trama. En un sentido, son el verdadero poder, paralelo, invisible, pero el poder de verdad. Torben, como analista de TV1, examina por qué Birgitte cambió. Su hipótesis es que aprovecha las redes sociales para construir un poder antidemocrático. Las redes piden cuentas y dan voz a todos, pero ellas no rinden cuentas. Con las redes, cabe la expresión de Juvenal, “Quis custodiet ipsos custodes?”.

Las redes son el poder paralelo que erosiona al poder formal. Birgitte suma a Laugasen como asesor político, Este le hace ver el potencial de las redes. “Se llaman redes sociales porque interactuas con el público”, le dice.

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Birgitte convierte en un post de Instagram cualquier acto de gobierno. Cuando logra de Signe que la nombre viceprimera ministra, Birgitte le dice, “podemos hacer un anuncio oficial o…” tomarse un selfie con Signe, las dos sonrientes, en el guion para este tipo de fotos: personase felices, realizadas y exitosas, que es lo que le gusta a las redes sociales.

Katrine también entró en las redes sociales, pero como objeto de acoso por su decisión de despedir a Narciza. Esta hizo una suerte de “lucha insurgente digital” la que tuvo eco en redes, y Katrine fue linchada digitalmente hablando. Todo para presionar a la directiva de TV1 que le demandó a Katrine reincoporar a Narciza. Esta regresó y, por supuesto, aprovechó y pidió un mejor salario que obtuvo. La moraleja es que las redes sociales pueden más que las instituciones formales.

Groenlandia es parte de la trama, tanto en Borgen I como en Borgen II. Con un sentimiento de culpa danés porque el territorio autónomo quiere su independencia pero recibe un trato despectivo de Dinamarca.

En Borgen II el conflicto por el tema petrolero si bien es ficción, no se aleja de la realidad. Se recuerda que en 2020 Trump ofreció comprar la inmensa isla, y los EUA y China se preparan para cuando se logre la independencia que es la meta de los parlamentarios groenlandeses que están en Copenhague, que son dos. De acuerdo a una nota de la BBC con fecha 17-1-20, casi el 70% de los habitantes de la isla quiere independizarse de Dinamarca.

La independencia es parte importante de la trama, para mostrar el desinterés de Dinamarca hacia la isla y sus habitantes. Groenlandia no tiene dolientes y esta realidad se ejemplifica en la vida de Tanja, una adolescente hija del ministro de exteriores de la isla, Hans Eliassen. Su vacío existencial lo llena con alcohol, drogas, o buscar una identidad al tatuarse.

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El sentimiento de culpa danés se observa en la investigación de la muerte de Malik, hermano de Tanja, quien murió en condiciones muy extrañas (era como un espía de los daneses o eso le pidieron ser). Todos -menos su hermana y Asger- concluyen que se suicidó porque es “normal” en Groenlandia que la gente se suicide. La gente se mata porque su vida no tiene sentido en un lugar como ese, sin identidad y despreciado por Dinamarca.

Esta culpa se compensa con la suspensión del proyecto petrolero conjunto entre Dinamarca, Groenlania, y China, y el “affaire” entre Asger y Emmy, asistente de la primera ministra de la isla.

Al principio, cuando Birgitte descubre la aventura de Asger, le reclama y le prohíbe verla. Los dos siguen enamorados pero Asger deja de verla para cumplir con su tarea como embajador. Al final, el amor puede más y le dice a Emmy que sigan con la relación. Ella le dice una expresión que es un meta-mensaje para toda la serie, no solo para su relación, “tenemos que ser valientes”, para vencer la crítica a que una groenlandesa y un danés se empaten. El mensaje va más allá: es ser valientes para romper con una relación entre la isla y Dinamarca en la que ésta domina. Birgitte le dice a Asger luego de romper el contrato petrolero, que “pensándolo bien, tu relación con Emmy no es mala idea”. En la unión de los dos se simboliza la armonía que se quiere entre Dinamarca y Groenlandia para dejar el sentimiento de culpa danés.

La serie es altamente recomendable. Como Borgen I, para mi comenzó lenta, pero luego te atrapa hasta el final, porque se desarrolla a lo largo de los capítulos, con sub tramas que crean un complejo de situaciones que viven los protagonistas y uno con ellos.

Es una serie con un mensaje optimista, no pesimista, como pueden ser series políticas recientes. El final de House of Cards fue terrible, nada auspicioso de lo que la política puede traer, pero vaticinó la situación degradada del poder en los EUA de Trump.

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House of Cards termina con la muerte de Stamper. Apuñaleado y asfxiado en plena oficinal oval por la presidenta Claire. Esta le dice al agonizante Doug, “Everything is gonna be al right(…)no more pain”. Un final demasiado lúguble que nos retrotrae al Siglo 10 o 9 de las peleas entre monarcas por los reinos. La política de las conspiraciones y asesinatos por el poder. 

Caramba, qué casualidad, pero la comisión que investiga el asalto al congreso de los EUA el día 6-1-11, encontró que los subversivos querían “dar de baja” a Pence, el vicepresidente de los EUA. Fue premonitoria la serie protagonizada por Kevin Spacey en su última temporada de 2018.  

Borgen, en cambio, muestra los riesgos del poder absoluto al que Birgitte se acercó, de la prensa que se auto censura, del baipás de las redes sociales a las instituciones, pero al mismo tiempo reivindica el papel de los partidos y de la administración pública para detener los excesos al que todo poder tiende. Al final, la pelea la gana la Birgitte humana. Pero solo esta pelea, porque vendrán otras.

La serie hay que verla con una disposición de seriedad. No la vi con el “burda e’zumbao” de Venezuela que si “hay política de altura”, “con p mayúscula”, o “mucha realpolitik”. Esa propotencia muy venezolana. Más bien, Borgen II me dio miedo porque ya son muchas las señales que dicen que la política avanza hacia algo que no es sano y que es feo. Cuando leo las conversaciones efusivas sobre Borgen en tuiter, me da la impresión que vi otra Borgen. Será mucha “real politik” o “maquiavélica”, pero la política sin límites no construye instituciones ni piso democrático. Me dejó un sabor amargo y preocupante. Sí, al final Birgitte se salva, pero en el camino quedaron las bajas: relaciones destruidas, institucionalidad erosionada, y un chamo muerto (Malik). No es como para estar celebrando la “política con p mayúscula” -que encanta al público de tuiter, qué no sé qué querrá decir con eso- sino tomarla como una alerta sobre la necesidad de fortalecer la política como responsabilidad y servicio, al precio de la vida, en la metáfora de Birgitte a Jon.



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