Boris Izaguirre: Arepas y fronteras

Christhian Colina

Boris Izaguirre.- En otros países las fronteras significan problemas más políticos. En Estados Unidos, el millonario y aspirante a candidato presidencial, Donald Trump, echó de una rueda de prensa al periodista Jorge Ramos, una de las figuras más influyentes de la cadena de televisión en español, Univisión. Al hacerlo, Trump insistió en su práctica de delimitar una frontera invisible pero potente: La de la división entre ciudadanos norteamericanos y latinos.

Aun así, Ramos y Trump tienen algo en común. Ambos han sido portada de la revista Time. Ramos este mismo año, en su número de los personajes más influyentes a nivel internacional. Trump unas cuantas veces, siempre enarbolando esa mezcla de altivez, ingenio empresarial y peluquería rara. Ramos, en cambio, posee una cabellera blanca bien peinada.

Probablemente, Trump no pueda evitar sentir celos de que un latino sea más atildado que él y seguramente ha observado que pese a provenir del subdesarrollo, la mayoría de los latinos tenemos mejor calidad humana que él. Su actitud en la conferencia de prensa con Ramos demuestra que como presidente estaría en la frontera del despotismo.

Colombia y Venezuela tienen una frontera geográfica extensa y real, más de 2.000 kilómetros. Es un punto caliente para el narcotráfico y el secuestro de personas. Cinco puestos de esa frontera están cerrados desde la semana pasada por una decisión del Gobierno de Nicolás Maduro tras la muerte de soldados venezolanos, aparentemente por paramilitares colombianos.

Para muchos opositores, Maduro utiliza este conflicto como una estrategia para desviar la atención de la caótica situación venezolana. Para otros, es lógica y para muchos vuelve a despertar el eterno debate de si la arepa es colombiana o venezolana.

La arepa es un bollo compacto de harina de maíz precocida que se rellena de distintas cosas en ambos países. Los gallegos que vinieron a Venezuela lo hacen con mariscos. Y los catalanes con pernil. Los pijos caraqueños con ensaladilla de pollo y aguacate y los orgánicos solo con aguacate. Y durante la década de los 50, en la dictadura de Pérez Jiménez, las inflaban con caviar. Venezuela siempre ha sido muy saudita, al menos una parte, y prefiere que sus arepas estén cargaditas.

En Colombia han sido un poco más racionales y un poco menos petroleros y las invaden con jamón o queso. Hoy, los que viven en Colombia pueden rellenar su arepa con lo que quieran mientras que los venezolanos hacen colas en los supermercados para intentar adquirir la harina precocida para cocinarlas.

Mi papá, un caraqueño de 84 años, ha pedido a sus hijos que le llevemos café y azúcar. Pero mi hermano me contó que no le habían dejado comprar un pollo, después de horas de espera en una cola bajo el sol, porque había un desfase entre los dígitos en su documentación y los que aparecían en la caja del supermercado. Es necesario estar registrado para comprar.

Me sentí mal de reconocer que mi padre octogenario tenga que pasar esas penurias en su país y que le hable desde Miami después de gastarme 100 dólares en comida orgánica para garantizarle a mi marido que tenga su batido verde matinal. “Hijo, no te sientas mal y no descuides la alimentación de tu esposo”, expresó mi padre hablando por FaceTime. “Yo estoy más preocupado por el futuro del castillo de Marivent”, me sugirió. En América gustan de llamarlos castillos.

¿Y por qué te preocupa, papá? “Hijo mío, porque lo veo como invadido de fantasmas. Los nuevos reyes apenas pasan por allí y los antiguos o van por separado o ni siquiera van. Por supuesto que tampoco entiendo que el propio rey emérito, Juan Carlos, tenga que viajar hasta Francia para poder ver ese documental sobre él, que TVE no quiere exhibir. ¡Es como cuando los españoles iban a Perpiñán a ver Enmántele!”, continúa mi padre, dándome toda una lección de humanidad fronteriza.

“Tengo pesadillas”, insiste papá. “Y en ellas, alguien me señala que todas las cosas empezaron a ir mal en el matrimonio Urdangarín-Borbón desde el momento que comenzaron a comprar en ese supermercado orgánico donde acabas de gastarte 100 dólares”, termina mi padre, en la frontera del afecto y la advertencia.

Columna publicada en El País de España

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