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Caso Salinas: el Estado es responsable, pero las familias no pueden desentenderse

Las redes digitales se conmocionaron e indignaron por la situación de la familia Hernández Salinas en Mérida. El profesor de la ULA con un extenso currículum como académico, está hospitalizado y su esposa murió. La información inicial destacó que la pareja estaba en situación de abandono. Posteriormente, la familia emitió un comunicado en el cual señaló que no estaban en esa condición. Lo cierto es que el caso puso en la opinión la precaria situación de los universitarios, principalmente los de las universidades públicas. La crítica responsabilizó al Estado en los gobiernos de Chávez y Maduro por la penosa situación de las universidades. Estoy de acuerdo con esa crítica, pero no con la afirmación que “los hijos no están obligados con sus padres”. Más allá de lo legal, pienso que esta frase revela profundos cambios que suceden en la sociedad venezolana. Ya no nos caracteriza la “riqueza humana” de la que habló Oscar Sambrano Urdaneta

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Caracas.- La primera noticia acerca de la situación del profesor de la ULA, Pedro José Salinas, y su esposa Ysbelia Hernández, abogada y bionalista, la leí el lunes 24-1-22 luego del mediodía en el portal de la casa, El Cooperante. La señora de Salinas falleció y su esposo -hasta donde sé- todavía se encuentra hospitalizado en la ciudad de Mérida. La noticia no tuvo eco ese lunes. El martes sí.

Tuiter reaccionó con indignación porque las informaciones comunicaron que el profesor Salinas estaba deshidratado y, junto a su esposa, en situación de abandono. El caso volvió a poner en la opinión pública la complicada situación de los profesores universitarios. Pertenecen -y es duro decirlo- al grupo de los “perdedores” del ajuste económico porque no pueden dolarizar sus salarios. En el mismo grupo se hallan maestros, profesionales de la administración pública y, en general, quienes no han podido dolarizar sus ingresos que es lo que, más allá de la posición política, define a un “ganador” en los cambios estructurales que ocurren en la sociedad venezolana.

Nuestro país es un cuadro que se hace día a día, del que todavía no tenemos la pintura final. Es una Venezuela a dos velocidades o como una serie inglesa que el canal 5 transmitía en los 80´s, “los de arriba y los de abajo”. Para “los de arriba”, sean del gobierno o de la oposición, aunque no pocos se rasgan las vestiduras contra el “genocidio”, están muy bien dentro del sistema. Para “los de abajo” la realidad son múltiples trabajos para llevar una vida. El tradicional “matar tigres” pero ya es algo institucionalizado y central para vivir. Antes, el “matar tigres” era una actividad residual, para completar un ingreso. Hoy “los tigritos” son una actividad permanente e importante para la persona o grupo familiar.

Las redes se volcaron a responsabilizar al gobierno de Maduro -y al de Chávez- por la situación del profesor Salinas y su señora. No falta razón para hacerlo, pero como escribe Amos Oz en su libro “Contra el fanatismo” al reflexionar sobre el conflicto árabe israelí, no es tan sencillo como que los “buenos” están de un lado y los “malos” del otro. El famoso “lado correcto de la historia” que releva ejercer el propio criterio y facilita ser aceptado por el grupo porque evita responsabilizarse y justifica cualquier cosa. Todos queremos ser aceptados socialmente, y si hay que perder la conciencia en ese propósito, muchos dan el paso y se ponen “en el lado correcto de la historia”.

Qué duda cabe que los gobiernos de Chávez y de Maduro tienen responsabilidad en la situación de los profesores universitarios y de la comunidad universitaria en general. Con el primero, la lucha política para controlar a las universidades públicas, principalmente la UCV, llevó a definir presupuestos irreales y reconducidos año tras año, lo que empeoró la situación económica de las casas de estudio y marcó el progresivo deterioro de su estructura. Con el segundo, por su irresponsable manejo de la crisis económica que produjo una terrible hiperinflación la que, entre otras cosas, llevó a la renuncia de profesores, a que muchos se fueran de Venezuela, y los que se quedaron, ver con impotencia y angustia cómo su ingreso -como el de todos los venezolanos en ese momento- se lo comió la alocada subida de los precios.

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Que el ejecutivo de Maduro recupere la estructura de la UCV -que reconozco y valoro- es apenas una pequeña fracción de la deuda del Estado hacia la universidad. Quizás no sea la más importante porque la que cuenta es la deuda política y humana: reconocer a la universidad como lo que es, junto a la calidad de vida de sus integrantes.

La universidad no puede ser un espacio para adular al poder -como son las universidades creadas por el gobierno- o ser una escuela de cuadros del PSUV. Igualmente, que la autonomía no es para hacer lo que la universidad quiera o una licencia para entrar en la disputa por el poder político. La confianza comienza con el respeto. Los gobiernos de Chávez y Maduro no respetaron ni respeta a la universidad. No es suficiente jactarse que a la UCV le devolvieron el Jardín Botánico o que “Caldera intervino a la UCV”, cuando no se le dan los recursos para que la universidad pueda tener una vida institucional plena, disposición que fue legislada en los “Novísimos estatutos de esta universidad central” decretados por el Libertador el 24 de junio de 1827. Reivindicar a la UCV es dotarla de sus propios ingresos que fue el deseo de Bolívar. Los gobiernos de Chávez y Maduro no se diferencian de otros gobiernos -incluso los democráticos- en este tema.

El gobierno de Maduro tiene una responsabilidad importante en lo ocurrido con los esposos Salinas Hernández. La tiene en términos de políticas públicas. En lo estructural. En la economía política hacia el sector universitario (y el país). Desde esta perspectiva, la solidaridad de las personas y de la familia no resolverá el problema de pobreza y deterioro de los universitarios. Así que la crítica es válida. 

Incluso lo estructural no es solo una situación de las universidades públicas. A los días del caso Salinas Hernández -seguramente estimulado por la noticia- el día 27-1-22 en tuiter apareció el mensaje del profesor de la escuela de Comunicación Social de la UCAB -estudié y me gradué allí- Carlos De Armas. El docente escribió que está en una situación muy comprometida en términos de su calidad de vida, y agregó algo interesante (hasta ahora no ha sido desmentido): que fue obligado a jubilarse por el tema de los pasivos laborales. Solo es invitado a dar clases por horas.

No busco cuestionar a la UCAB. Pero tampoco puede haber silencio para unas cosas y para otras no. No la enjuicio porque sus autoridades también tienen que enfrentar la situación estructural de mantener una universidad en un país con una inflación que ya no es híper pero es alta y tener sus costos en dólares, como toda la actividad económica venezolana.

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Mi punto es resaltar que si en una universidad privada que tiene matrícula en dólares hay casos de profesores que viven una situación precaria, muestra que es un problema de fondo de las universidades venezolanas. Quizás en las privadas se vea menos porque en nuestra “cultura mantuana” lo público no tiene el caché de lo privado, que está sujeto al “qué dirán”. Que un docente público hable de sus calamidades se acepta más o se ve más “normal” que si lo hace un profesor del sector privado, del que no se espera que le “pasen esas cosas” o que no se digan mucho si ocurren “por el qué dirán”.

La moneda de la responsabilidad hacia la universidad tiene dos caras. Una estructural en la que el Estado interviene con sus políticas públicas. Pero la otra cara es la de la solidaridad, que es de la familia y la sociedad civil.

No pocos en tuiter desecharon la solidaridad para explicar el caso Salinas Hernández con “los hijos no están obligados a mantener a sus padres”. Esta tesis plantea que hacerlo es “algo opcional”.

La psicología social -existe una rama en la psicología social norteamericana que es mi formación, la “Psychology of Aging”, algo como la “psicología del envejecimiento”- distingue entre la soledad personal y la soledad social. Puedo tener amigos, pero sentirme solo, y no sentirme solo, aunque no tenga amigos. La última es la soledad individual y la primera es la soledad social. Para los “abuelos” cuenta la primera. Es lo que la “psicología del envejecimiento” encuentra. El sentirse acompañado de manera constante, no a ratos, o un rutinario “te quiero” que no sabe a nada, como variable para explicar el bienestar de un abuelo.

Cuando leí la noticia el lunes 24, una de mis reacciones iniciales fue preguntarme ¿dónde está la familia, vecinos, o conocidos, no hablan con sus familiares? Si bien la información posterior señaló que la familia llamó a los bomberos desde España, pero por la descripción del caso, el matrimonio estaba en “soledad social”. No juzgaré a su familia y cercanos porque las condiciones de Venezuela obligan a decisiones extremas. Quizás los hijos están en su edad productiva y se fueron porque no quieren perder esos años, y llegar a la vejez sin nada, ser un “don nadie” o “ilustres desconocidos”, sin prestigio, carrera moral, y sin dinero lo que aterra, principalmente a las personas en edad madura que conciencian que la vejez será su siguiente tránsito de vida. En psicología social lo llamamos “la crisis de los 40” -ahora es “la crisis de los 60” porque la esperanza de vida es mayor- que consistente simplemente en interpelarse ¿qué he hecho en y con mi vida? Una respuesta negativa es demoledora para la auto estima de la persona.

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Pero de allí a justificar que los “hijos no están obligados a mantener a sus padres”, es un trecho muy largo que revela un cambio en Venezuela más profundo, alejado de la “riqueza humana” de la que hablaba Oscar Sambrano Urdaneta que caracteriza al pueblo venezolano. La crisis nos ha hecho más insensibles y menos fraternos. La incapacidad política para enfrentarse al gobierno se compensa en un micro mundo en donde reina el individuo emancipado y exitoso, quien con su “talento y esfuerzo” sobrevive a la crisis y su aptitud se construye en un discurso que justifica que en la vida hay “ganadores y perdedores” y el mundo es de “quien pueda pagar”. La dolarización permite construir esta versión de “los más aptos son los que sobreviven”. Por lo tanto, son una especie de aristoi que considera que no le “debe nada a nadie” por lo que no siente que tenga alguna obligación moral con la sociedad. Ni siquiera con sus padres, ni que decir hacia hermanos, primos, abuelos, etc. Nada de la “Ley de Rogini” de la que escribió Amartya Sen como criterio para definir a quién ayudar en dificultades. No solo se sienten relevados del apoyo económico sino de dar compañía, de evitar que los abuelos se sientan socialmente solos.

No solo en la vida real la compañía a los adultos mayores es importante. En las series también es así. En uno de los capítulos de la serie que Netflix pasa, “After Life”, Tony y Lenny buscan las historias de habitantes del pueblo para publicarlas en el periódico local. Visitan a una señora viuda y que perdió a su hija. La historia de la “abuela” es que su gato le habla. La escuchan y cuando se van, Tony le dice a Lenny, “el problema de la señora es que está sola, busca llamar la atención con la historia del gato”. Lo dijo con la acidez que caracteriza a Tony, pero de repente, toma conciencia y se regresa. Le da el pésame a la señora y un abrazo. En otras palabras, Tony concienció el peso de la soledad que hizo que una señora inventara una historia que su gato le habla, solo para recibir la visita de los periodistas. La “doñita” los invitó a comer, a tomar té, etc. para evitar regresar a la dura realidad de la soledad. Esta es como un círculo porque una vez que se tiene conciencia de ella, aunque se quiera dejar, no se puede porque ya no habrá una compañía duradera. Al final, es un castigo: es preferible seguir solo a una compañía efímera. Con las invitaciones a comer de la señora a Tony y a Lenny, buscaba evitar el miedo a la soledad cuando la visita de los periodistas finalizara.

Habría que conocer la historia de la familia Salinas Hernández y la situación de los hijos y cercanos para opinar. Pero el hecho es que la noticia comunicó a una pareja abandonada. Tanto, que la nieta del matrimonio desmintió que su abuelo estuviera en una situación de abandono. Por más que uno responsabilice al Estado, al leer la noticia, es inevitable preguntarse ¿y dónde estaba y está la familia?

Todos tenemos nuestras historias con adultos mayores. Tengo las mías, y una variable clave fue estar presente en la vida de tres adultos mayores que me tocó cuidar junto a mis hermanos, para reducir su soledad (mi mamá y dos tíos). Los tres fallecieron no hace mucho. Si mueren “on your watch” -como fue en mi caso con los tres- queda la interpelación hacia uno mismo, “¿qué más pude hacer?”, “pude hacer más” o “lo pude hacer mejor”, y tantas preguntas. Esa interpelación me acompañará hasta que Dios decida que debo reunirme con “mis tres abuelos” en Tierra Santa. Vuelvo con la serie Netflix, y parafraseando a Tony, diría que los extraño. Que “prefiero las presiones y las limitaciones para mi vida derivadas de estar con ellos, que la vida con menos presiones sin estar con ellos”. 

Así como las políticas públicas son importantes para promover un ambiente económico y político para una “vida buena” y por eso responsabilizar al Estado venezolano acerca de las condiciones de los universitarios es justificado, pero que se diga que el Estado a través de los gobiernos de Chávez y Maduro son los únicos responsables de la situación de la familia Salinas Hernández, es una coartada para que la sociedad, la familia, y los cercanos no se interpelen sobre su deber moral. Qué sabroso debe ser vivir así. Tal cosa, “en lo que el chavismo nos convirtió”, un postureo con la “indignación”, y seguir la vida como si nada. Y tu responsabilidad, más allá de quejarte y de ser de la “Venezuela decente” ¿cuál es?

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La otra cara de la moneda es la solidaridad. Esta no va a resolver un problema estructural que tienen las universidades públicas y privadas. Es un hecho. Está claro. La principal responsabilidad es del Estado y también de las universidades en el sentido de ver por su personal. Es más complicado cuando se es jubilado porque el mundo de hoy es el de la libertad de los modernos, no la de los antiguos. No hay jubilaciones supervisadas o tuteladas. El jubilado tiene su autonomía, es libre en el sentido moderno, lo que haga con su vida es su decisión. Pero las universidades pudieran ir más allá de la “fe de vida” para tener contacto con sus jubilados. Tal vez una selección aleatoria de teléfonos de jubilados y se llama a X cantidad cada mes, para saber su estado. Pero estas son discusiones más operativas.

Mi punto es que no se puede dejar de lado la responsabilidad de la familia en la situación de los padres. No podrá resolver el problema estructural, pero ¿no atenderán a sus familiares hasta que el problema estructural se arregle? No es solo decir que “los padres no quieren que sus hijos los mantengan”. Por supuesto. Creo que un padre o madre no lo quiere. Pero los hijos deben estar para sus padres en caso de necesidad. No es algo “opcional”. 

La crisis de Venezuela también tiene efectos psicosociales. Para un jubilado y viejo, contemplar cómo se desvanece el salario por la híper es demoledor desde el punto de vista psicológico. De “mis tres abuelos” uno murió sin entender la hiperinflación. Me pega mucho porque, cuando lo visitaba, siempre estaba pensativo, como quien no entiende cómo si ayer pude comprar A, hoy no puedo hacerlo. Cada vez que recuerdo ese episodio de los años duros del 15 al 19 me impacta porque es una manifestación concreta de la crisis en una persona, que no fue “opcional”.

Hace un tiempo escribí para El Cooperante que al gobierno “no le perdono” -entre comillas no porque no sea importante, sino porque es una emoción que no es política, y me muevo en la política- dos cosas: la separación de la familia venezolana y permitir el deterioro del país que le hizo la vida difícil a las personas, principalmente a los abuelos. Pudo evitarlo o amortiguar las consecuencias con solo hacer caso a sus propios aliados de Unasur cuando le presentaron una agenda de reformas económicas. Pero no lo hizo por la ideología. Como decimos en psicología social, “por las ideologías se mata y se muere”. Por la ideología del gobierno, mucha gente murió o sintió que su vida era inútil. Para mi hay una responsabilidad política por lo anterior -por eso busco la alternancia en el poder- y si hay una jurídica, que sea la CPI u otras instancias que lo determinen, internas o externas. En mi caso, la responsabilidad política es la principal. Los activistas por los DD.HH lucharán por la “justicia transicional”, yo peleo por la alternancia en el poder. Igualmente hay acciones que “no le perdono” a la oposición, pero este artículo no es para hablar de ellas.

Es verse como una persona inútil, no solo por las limitaciones físicas, sino porque a lo mejor ya no puede comprar la canilla que antes compraba. Es percibirse como limitado y, lo peor, como una carga para sí mismo y para la familia ¿Qué hace uno cuando tiene adultos mayores bajo su responsabilidad, entonces? Decirles algo como, “bueno, los padres y familiares no pueden vivir de sus hijos, así que me limitaré a lo mínimo, resuelve, y vamos a esperar que se den las condiciones para que el Estado no te abandone, porque mi ayuda es opcional” ¿Es lógico y humano? Puede sonar muy “sensato” como tantas locuras suenan así en Venezuela, pero no es ético. Una madre que no hace todo para salvar a su hijo en necesidad ¿tiene ética? La vía inversa también opera: no es ético decirle a un padre en necesidad que “mi ayuda es opcional”. Cada quien responderá con base en su propia situación, pero no hay que desentenderse del ese deber.

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Mis hermanos y yo estuvimos con nuestros abuelos hasta el final. Limitaba mucho, sí, más si trabajas y tienes otras obligaciones ¿Se podía “tercerizar”? Claro, pero eso no sustituye la cercanía familiar. En la época dura de la escasez no fueron pocas las veces que peleé cuando llegaba la “paleta” con arroz, pasta, o harina, para que a ellos no les faltara nada. Nunca me planteé si era “opcional” pelear con otros por dos paquetes de harina. No me importó el qué dirán hipócrita de Venezuela. Hasta pasó por mi mente agarrarle el pollo a alguien que dejaba el carrito del mercado para ir a buscar otra cosa en los anaqueles. No llegué al extremo de Antonio Ricci en la famosa película “Ladrón de bicicletas” de De Sica (1948), pero lo pensé.

La responsabilidad familiar es importante. No solo dar dinero -que es muy relevante- sino también estar cerca, pendiente. No sé en el caso de la familia Salinas Hernández. La impresión que me causó el comunicado firmado por la nieta es descargarse de la responsabilidad familiar por sus abuelos.

Este clima que “ayudar a los padres es opcional” me recuerda un artículo de Branco Milanovic que leí hace años. El tema del texto es la preocupación de nosotros los socialdemócratas sobre la vigencia de nuestra doctrina. En criollo ¿tendremos vida en el mundo de hoy ante el dominio de lo que Milanovic llamó el liberalismo de mercado y los cambios en el mundo que hacen difícil el regreso de la socialdemocracia como sistema donde no solo los “ganadores” tienen derechos?

La tesis de Milanovic es que la lógica del liberalismo de mercado plantea que todos somos agentes libres y vamos al mercado con nuestros “activos” de capital y trabajo. Cuando tengo algún problema, uso mi capital que viene de “mi talento y mi esfuerzo”. No hay, entonces, una red social de protección o para sentirse seguro ante los ciclos de la vida, sino agentes que obtienen lo que ponen en el mercado –“el retorno va en función de lo que puedas pagar”- por lo que no hay problemas de redistribución sino un “mundo justo”: cada quien obtiene lo que puso en el mercado. No hay problemas de desigualdad sino todo es “mi talento y mi esfuerzo”. Si no escalo, es un problema mío -no me “reinventé”, por ejemplo- y si reclamo “eres un resentido” o “un envidioso”. Se construye un orden social y político de los “exitosos” que todos quieren emular. Quien no puede, bueno, que ocupe su lugar en la escalera social. Es “la ley de la vida”: unos triunfan, otros no.

De forma sibilina, percibo que este discurso permea en la sociedad venezolana. Principalmente en sus élites las que, como describe Milanovic para cualquier élite del mundo, pueden darse el lujo del discurso de “mi talento y mi esfuerzo” porque ya tiene su dotación de activos -por ejemplo, la “acumulación originaria del capital” que permitieron los gobiernos de AD-Copei pero, principalmente, permitió el gobierno de Chávez aunque no parezca- por lo que puede llevar las altas y bajas de la vida. Observo que esta manera de ver al mundo tiene apoyo en parte de la opinión pública.

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Puede ser porque se crea en esa idea -que es legítima y válida- pero mi análisis apunta a que es una manera de compensar el deterioro del país. Como es culpa de la “izquierda” -sí, de una autoritaria- entonces me muevo al otro extremo del continuo: soy Thatcher o los conductistas de los años 20 o 30. No existe la sociedad ni el grupo, solo individuos aislados que “con su talento y esfuerzo” construyen su destino, pero aislados, con interacciones entre individuos, no con grupos o una sociedad en el sentido real del término.

No entro a juzgarla si es “mejor o peor”. No me identifico con esa visión. Como socialdemócrata, creo que los ciclos de la vida deben tener colchón social uno de los cuales es la jubilación, para no quedar como individuos abandonados y desprotegidos.

Lo anterior es estructural. Un sistema de pensiones no es un problema para una familia. Sus consecuencias sí. No es suficiente dar bonos o “combos CLAP” en una situación de crisis. Cuestiono que se pretenda sustituir un marco de vida -una economía estable, por ejemplo- por políticas públicas que no dan esa estabilidad. Lo correcto es ofrecer un marco de vida completo. Es la obligación del Estado. 

Pero ese marco de vida también es tarea de una comunidad y ella debe decidir cómo ve a los ciudadanos: como agentes libres y “que cada quien resuelva su problema” o como parte de una sociedad, en la que hay responsabilidades entre sus integrantes.

Me parece bien que se critique al Estado por las calamitosas pensiones que ofrece, aunque reconozco que los gobiernos de Chávez y Maduro aumentaron la base de los pensionados, pero ¿qué sentido tuvo hacerlo si las pensiones no permiten llevar una vida buena? No es solo decir que hay millones de pensionados sino la productividad de la jubilación.

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Pero no olvidemos la responsabilidad de la familia frente a sus abuelos, más en un país que vive una crisis que erosiona cualquier salud mental y produce la sensación de ser un fantoche moral al ver que la vida no tiene sentido.  

¡Qué viva el individuo solitario, quien con su “talento y esfuerzo” es exitoso y feliz! Pero que también ¡viva la sociedad, el sentido del deber, y la fraternidad! El mundo no es solo para los exitosos o para quien pueda pagar. Que los hijos no olviden el “Canto a los hijos” de Andrés Eloy Blanco.



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