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Corruptópolis o Chorolandia

Caracas, 25 de mayo.- El nombre, localización y topografía, es lo de menos. Lo de más, ofrecerle a los bribones sitio donde puedan pasarlo gordo, a salvo de escuadrones de la DEA, alertas rojas de Interpol, órdenes de captura, peticiones de extradición y mayormente, de las miradas hostiles del vecindario.

Nadie en su sano juicio lo cree. Me refiero, a que los narcodesgobernantes de Venezuela, a cambio de entregar el Poder con apego a la ley y la urbanidad democrática, exijan quedarse a vivir en el país que tanto han despreciado. De poco, o nada, valdrían amnistías o indulgencias plenarias, incluidas leyes de “perdón y olvido”. Me parece verlos, pero sobre todo, oírlos: “¿Nosotros, en Caracas, Barquisimeto, Maracaibo, Margarita? ¡Qué va, oh! ¡Chusma, chusma, chusma. No queremos convivir más con semejante chusma!”.

¿Quién, con 10.000 millones en dólares, mínimo, per cápita, esquilmados con furor de Mesalina de la Tesorería Pública, demanda arraigo en la localidad que ayudó a devastar. Un país entero. No es que se produzcan apagones esporádicos, por ejemplo. La electricidad no llega sino cada dos o tres meses y cuando llega, no hay electrodoméstico que no quede convertido en chatarra, a causa de las alzas de tensión.

Todo narcodesgobernante desea jubilación anticipada, opulenta, con tranquilidad, en paz, impune –sin esto último, no tendrán paz– en localidad del Primer Mundo. Ahí comenzarán los problemas para los hipotéticos anfitriones. Supongamos a Diosdado o Diosdedos, gordiflón, epulón, flatulento, baboso, de carrillos inflados, cual monja boba, residenciado en Saint Germaín de Pré. En el respetable vecindario –respetable, hasta su llegada– comenzarán a proliferar el desvalijamiento de mansiones, el tráfico, no precisamente vehicular; el secuestro de personas, el pillaje. Si el refugiado o más bien, prófugo, es el hermano varón de la familia Rodríguez-Gómez, los “trans”, las “caminadoras” (“jineteras” las llaman en La Habana), los malvivientes del “perico” por menudeo, tomarán ¡por asalto! las calzadas de Kensington Palace Gardens. Ocurrió a raíz de las comanditas del susodicho, cuando llenó plaza como alcalde del municipio Bolivariano Libertador. Irrelevante, que los recién llegados, en lo adelante, guarden compostura. Sus ondas magnéticas, por sí solas, bastarán para detonar los peores cromosomas –usted y yo los portamos, latentes, como cualquier ser vivo– a todo parisién, por honorable y exquisito que haya sido. Un londinense, lo mismo. Dejará de ser flemático, puntual, decente. Como fulminado por un rayo, mutará, ipso facto, en el proxeneta más arrabalero.

República Bolivariana de Chorolandia o mejor, Republiqueta Forajida de Corruptópolis. He aquí, nuestro valioso aporte ¡modestia a un lado! a la ansiada transición democrática y sin más asesinatos. Enclavada en un atolón perdido en la inmensidad del océano Pacífico o en alguno de los miles de islotes despoblados del mar Egeo. El nombre, localización y topografía, es lo de menos. Lo de más, ofrecerle a los bribones sitio donde puedan pasarlo gordo, a salvo de escuadrones de la DEA, alertas rojas de Interpol, órdenes de captura, peticiones de extradición y mayormente, de las miradas hostiles del vecindario. Si los únicos aposentados en el lugar son éllos solos ¿quién va a torcerles los ojos, por ladrones, corruptos, asesinos, narcotraficantes, violadores de derechos humanos, depravados, que hayan sido y seguirán siendo, porque ese mal no tiene cura?

Chorolandia o Corruptópolis será la metrópolis que cubique, metro a metro, milímetro a milímetro, la mayor cantidad de moneda dura y metales preciosos del Mundo. El solo anuncio de su apertura provocará que las trasnacionales de la banca, del lujo, del envite, azar, del vicio y las emociones fuertes, se vuelquen en “inversiones” en la nueva Meca del crimen y el pecado. Los próceres bolivarianos, ya podrán robar tranquilos. Tranquilos, pero que nada más se roben entre ellos.

Prolepsis. Así denominaban en el ágora ateniense el recurso que en retórica se anticipa al contrargumento del adversario. Pongámonos, pues, aristotélicos. ¿Garantizarles impunidad a semejantes felones? Les respondo a los supuestos moralistas: una bagatela a cambio de liberar a un país del narcocleptoterrocomunismo internacional. Además, tal escoria, con sus lingotes, doblones, sus excesos, con sus Sodomas y sus Gomorras, harán sobrepeso sobre el islote. Socavarán sus bases, las morales en especial, hasta sumergirlo en las profundidades del cuerpo de agua que los circunda. Igual lo han intentado con mi Patria querida. Lo demás correrá por cuenta de los tiburones, voraces, atentos, alrededor del islote, seguros de lo que se avecina.

Texto originalmente publicado en el Diario de las Américas 

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