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La Lupa

Creciente indiferencia hacia la democracia en Sudamérica: en Venezuela todavía quedan reservas

El 21 de julio Latinobarómetro presentó su estudio de la opinión pública en la región. No lo hacía desde 2020. La investigación se hizo en 17 países y se administraron 19.205 entrevistas. El campo fue entre el 20 de febrero al 18 de abril. El principal hallazgo es que la democracia “está en recesión”. Si bien la preferencia por un sistema autoritario está en su punto más alto desde 2004 (pasó de 24 a 35%), los indiferentes a la democracia son los que dominan las actitudes políticas ¿Es posible la democracia y la ciudadanía con personas indiferentes? La democracia existe pero perdió su sustancia, su razón de ser. Venezuela no escapó a esta tendencia. Sin embargo, en nuestro país, las reservas a favor de la democracia se mantienen. Más pequeñas, pero están. El reclamo de la opinión es por una democracia competente.

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Caracas.- Latinobarómetro publicó su estudio sobre la opinión pública de la región en temas políticos, económicos y sociales, no lo hacía desde 2020. Para Venezuela, el instrumento de medición se aplicó entre el 20 de febrero al 30 de marzo de 2023.

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El principal hallazgo es que la democracia en el Sur está en recesión, como titula Latinobarómetro su informe para este año. El apoyo a la democracia está en su valor más bajo desde 1995. Cerca de 5 de cada 10 manifestaron que la “democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno” (en 1995 fue el 58 por ciento, y los valores más altos se lograron en 1996 y 1997 con 65% respectivamente).

La insatisfacción con la democracia en su punto más elevado también desde 1995. Con respecto a 2013, pasó de 51% a 69 por ciento (aunque en 2018 la insatisfacción alcanzó el 72 por ciento). Observemos:

La satisfacción con la democracia comenzó a bajar en 2015 y la insatisfacción a subir más a partir de 2017. La satisfacción subió discretamente a partir de 2018 al pasar del 24 al 28 por ciento.

Por variables de clasificación luce que la satisfacción-insatisfacción es más pronunciada en el vector clase social. Los más boyantes tienden a estar más satisfechos con la democracia que los menos boyantes. Una relación igual se nota en el vector edad: los más adultos tienden a estar más satisfechos que los más jóvenes (los más jóvenes prefieren un sistema autoritario en un 20% frente a los más adultos que lo desean en un 13% una diferencia de 7 por ciento que no es desdeñable).

La democracia se convierte en forma sin fondo, en espacio nominal sin contenido real, en procedimientos normados pero que no se concretan, cuya evaluación puede variar en función del vector de clasificación que se analice: la edad, clase social, o la instrucción.

La democracia en nuestros países -es lo que revelan los números de Latinobarómetro- permite una vida pero sin polis, sin realización; “cada quien en lo suyo”. Posiblemente por esto la inercia y la indiferencia, que aumentaron: la democracia está pero no termina de ser o dejó de ser lo que fue o lo que pudo haber sido ¿Un “significante flotante” que hoy lo llenan nuevas figuras y movimientos políticos, dentro de la disputa por la hegemonía política en el discurso público?

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Una posible variable para explicar que la democracia esté en receso puede ser el desempeño económico. Veamos:

Hasta 2013 se observa una discreta relación entre el crecimiento del PIB y la valoración a favor de la democracia. Luego de 2013, esa moderada relación se perdió. Bajó en 2018 con lo que Latinobarómetro llama “Deterioro de China” y luego la pendiente se estabilizó. La valoración positiva de la democracia no bajó con la pandemia de 2020 sino se mantuvo estable ¿Por la respuesta de los gobiernos al virus o por el temor a perder la democracia causado por la pandemia en las visiones apocalípticas que tuvo al comienzo tipo “Contagion” o “Outbreak”?

En síntesis, el apoyo a la democracia bajó, las alternativas no democráticas subieron un poco, pero la indiferencia hacia la democracia aumentó más. Lo último es la noticia. Es decir, lo que la democracia perdió no lo ganaron las alternativas (el autoritarismo), sino la indiferencia. Las personas entran en una indiferencia, que puede ser el “cada quien en lo suyo” lo que tampoco favorece a la democracia. La región es menos apegada a la democracia, algo más apegada al autoritarismo, pero sí es muy indiferente a la democracia (da igual un sistema democrático que uno no democrático).

La indiferencia hacia la democracia se observa más en los dos extremos del vector clase social: en la baja (31%) y la alta (37%). La respuesta autoritaria tiende a ser estable en todas las clases sociales. La respuesta a favor de la democracia es llamativa. La clase alta tiene más satisfacción con la democracia pero parece tener menor valoración sobre esta forma de gobierno. Posiblemente porque es un sector que puede satisfacer sus demandas materiales y simbólicas, aunque la democracia no resuelva problemas o asuntos como sistema de gestión de la vida cotidiana.

Que satisfaga pero que no sea valorada puede abrir la puerta a los “autoritarismos eficientes” y a la construcción de los “significantes flotantes”. La democracia no sería un sistema de contrapesos para la gestión de la sociedad, sino lo que garantice “Mi derecho a ser feliz” –lo importante- aunque no sea democrático. Un autoritarismo competente también satisface y es el significado acerca de la democracia que se llena, pero sin el sistema de contrapesos.

El apoyo a un gobierno militar con su valor más alto desde 2004: de 24% a 35 por ciento. Uno de cada 3 latinoamericanos apoyaría un gobierno militar. Hace 10 años, era 1 de cada 4.

Mi análisis del trabajo de 49 páginas de Latinobarómetro apunta a que los americanos del sur valoran a la democracia como concepto, lo que significa, pero no sus resultados o lo que hace. Aprecian el deber ser pero no el ser. Es decir, la valoran en la teoría pero no en la práctica. No es un rechazo epistémico sino instrumental, que es una constante en la región en el tiempo.

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Lo nuevo -y por eso la expresión “recesión” de Latinobarómetro- es que nuestros países pudieran entrar en una etapa de “democracias autoritarias” en la que presidentes elegidos comienzan a vaciar las instituciones para gobernar “a favor del pueblo”, pero sin pesos o sistemas de garantías, pero son democracias con pasos y en las que se vota (y elige). Habría una “democracia procedimental” o cercana pero sin garantías, en las que las personas pueden llevar su vida. No son dictaduras clásicas, sino gobernantes menos democráticos que persiguen un “deliver” a la sociedad, sin atenerse a pesos y contrapesos.

Es lo que se observa como tendencia general del estudio: se quiere calidad de vida, pero hay indiferencia hacia el sistema que la pueda proveer. El motivo no parece ser de fondo, sino que la democracia no funciona como se dice debe, y aparece el desencanto y la indiferencia que llenan las alternativas autoritarias o “democráticas autoritarias”. Por supuesto, si la democracia no responde, su sustitución será firme y tendrá mayor legitimidad en el público.

Venezuela entró en esta tendencia regional. Un 60% manifestó su acuerdo con un gobierno no democrático que resuelva los problemas (el promedio en la región es 54% el valor más alto desde 2002 cuando fue 44 por ciento).

No obstante, a pesar de ser el país que en la valoración de la democracia bajó 12 puntos -el más alto en 17 países evaluados en Latinobarómetro 2023- al pasar de 69% en 2020 a 57% en 2023, Venezuela todavía mantiene una resistencia y apego a favor de la democracia. Bajó 12 puntos, cierto, pero es el cuarto país de 17 con la mejor valoración de la democracia luego de Uruguay (70%), Argentina (62%), y Chile (58%). Notemos:

Venezuela es el país que más bajó en su valoración de la democracia a pesar que mantiene reservas a favor de esta forma de gobierno (cayó 12 puntos entre 2020 y 2023).

Llama la atención que países en los que aumentó el apoyo a la democracia entre 2020 y 2023, están Argentina, Brasil, Colombia, Perú, y Ecuador, naciones unas más, otras menos, que enfrentan desafíos para sus democracias. Ecuador, con el “poder malandro” que reta a las instituciones; el caso más importante fue el asesinato del candidato Fernando Villavicencio ocurrido el 9-8-23; Colombia, con una alternancia a la izquierda; o Perú, con un cambio por la fuerza de un gobierno elegido a uno no elegido.

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La interpretación que tengo para explicar la subida entre 2020-2023 es que la opinión pública de esos países se aferra a la democracia ante la realidad que viven sus Estados. Algo como que hay temor o incertidumbre por diversas causas, “nos abrazamos a la democracia porque la apreciamos, sea porque la vemos en riesgo o porque en el pasado no la tuvimos y sabemos lo que es vivir en un modelo no democrático”. Por eso la subida del aprecio hacia la democracia en los países mencionados.

En nuestro país también hay apego a la democracia a pesar que bajó el apoyo a esta forma de gobierno entre 2020 y 2023. Para respaldar esta hipótesis, hice el siguiente cuadro con datos selectos de Latinobarómetro 2023 y 2013 para el caso venezolano.

Las respuestas de Venezuela son interesantes porque comunican que el apego a la democracia y a algunas de sus instituciones -partidos y medios, como instancias mediadoras- se mantiene a pesar de la baja entre 2020-2023.

Antes de analizar el cuadro con las cifras de 2023, veamos la comparación con el Latinobarómetro de 2013. Si el estudio de hace 10 años es la referencia para comparar, Venezuela bajó muchísimo en su apreciación hacia la democracia. En 2013, 9 de cada 10 opinaron que la democracia es la mejor forma de gobierno. En 2023, son 6 de cada 10 quienes piensan así.

En la pregunta que pese a sus fallas, la democracia posiblemente sea la mejor forma de gobierno, tuvo una aceptación de casi el 100% para 2013. En 2023, la respuesta afirmativa llegó a 56 por ciento. Los indiferentes a la democracia subieron 22 puntos en dos lustros: de 3% a 25 por ciento. En 2013 menos de 1 de cada 10 expresó ser indiferente con el sistema que gobierne a Venezuela. En 2023, es 1 de cada 4 que es indiferente si es democracia o una no democracia lo que gobierne en el país.

Hace 10 años, 1 de cada 10 estuvo de acuerdo con que la democracia puede funcionar sin partidos políticos. En 2023, aumentó a 4 de cada 10. Es decir subió de 10% a 40 por ciento. Esto explica la baja adhesión a los partidos y el aumento de los “Ninguno” en los distintos estudios de opinión.

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En la comparación con el Latinobarómetro de 2013 está lo interesante. Si la opinión pública de Venezuela se contrasta con este estudio, su apego a la democracia bajó mucho. Pero si se compara con las cifras de los 17 países medidos en 2023, nuestro país todavía tiene reservas a favor de la democracia. Frente a nosotros mismos, nos debilitamos. Frente a los países de la región, tenemos ciertas fortalezas. Bajó la apreciación de la democracia en Venezuela, pero disminuyó mucho más en la región. Es el hallazgo más interesante al contrastar con el Latinobarómetro de 2013.

Vuelvo al Latinobarómetro de 2023 acerca de nuestro país. Casi 8 de cada 10 en Venezuela rechazaron un gobierno militar cuando el promedio de la región es 4 de cada 10. Ni siquiera en la eventualidad que las “cosas se pongan difíciles” un gobierno militar tiene apoyo en Venezuela: solo el 19 por ciento lo que tampoco es desdeñable. Es uno de cada 5. El promedio de la región es 35 por ciento. Casi 4 de cada 10 frente a 2 de cada 10 en Venezuela. La democracia mantiene su apego en nuestro país. Golpeada, pero resiste. Ahí está. Tanto en forma -se reconoce la importancia de los partidos, por ejemplo- como en contenido, la libertad de expresión, para citar uno.

Puede afirmarse que, para el venezolano, democracia entre otras cosas son medios de comunicación libres y partidos políticos. Organizaciones que median y representan intereses sociales. En ambos atributos, la opinión venezolana es mejor que el promedio de la región, más proclive al control de los medios o a prescindir de los partidos ¿Cuál es el problema de Venezuela, entonces, para explicar la baja entre 2020 y 2023 en el apego a la democracia?

Mi hipótesis es la siguiente: la incompetencia de la gestión del gobierno de Maduro. Un ejecutivo demasiado incapaz. El problema con la democracia, entonces, viene con la gestión. La insatisfacción con la democracia en Venezuela es casi 9 de cada 10 cuando en la región es 7 de cada 10 personas. La satisfacción es 14 por ciento cuando en la región es el doble. En otras palabras, casi todos los venezolanos están insatisfechos con la democracia aunque la valoran. La hipótesis plantea que lo que se rechaza es una democracia que “no resuelve”, no la democracia en sí misma.

A la pregunta “aunque la democracia tenga problemas, es la mejor forma de gobierno”, la respuesta de Venezuela es 10 puntos por debajo del promedio de la región: 56 versus 66 por ciento.

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El público valora un modelo de democracia pero no se siente apegado al que vive en la realidad. Es una conciencia que la democracia ideal no será, y se buscan alternativas. Por ejemplo, a quienes les da igual la forma de gobierno, pasaron de 11% en 2020 a 25% en 2023 en Venezuela. Igual quienes prefieren un gobierno autoritario. De 7% en 2020 a 13% en 2023. Cerca de 4 de cada 10 venezolanos, son indiferentes o autoritarios.

Un 60% de los venezolanos optaría por un gobierno no democrático si resuelve los problemas. Ese porcentaje debió sumar a personas que valoran a la democracia, pero quieren respuestas a los problemas que hay en toda sociedad. Entre el valor y la eficacia la opinión optó por la segunda. Algo como “amor con hambre no dura” o la famosa frase de Caldera luego del intento de golpe de febrero de 1992, “Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia(…)”. El “diagnóstico Caldera” es lo que pasa con la democracia en Venezuela en 2023 (y en la región). Por eso su caída entre 2020 y 2023. Veamos:

Este gráfico es un “proxy” para apoyar mi hipótesis que la baja del apoyo a la democracia en Venezuela tiene que ver menos con el desapego por razones conceptuales que con motivos instrumentales, que es la pésima gestión del gobierno del presidente Maduro (y el de Chávez, solo que su gobierno tuvo mucho dinero y el país se lo vivió aunque hoy no lo quiera admitir, disfrazado en el discurso de una hipócrita “dignidad”). Esta medida que registra el gráfico (Demócrata – insatisfacción con la democracia) es algo como una medida “del deliver de la democracia”.

En el índice que construyó Latinobarómetro de demócratas que se resta a los insatisfechos con la democracia, lo encabeza Ecuador (-50%) porque la democracia enfrenta al poder de la delincuencia en donde el poder político no atina a una respuesta, que se combinó con la cuestionada gestión del COVID durante el gobierno de Lenín Moreno. Aunque muchos descubren que el Estado ecuatoriano enfrenta al poder delincuencial con la muerte de Villavicencio, su origen es anterior.

De 18 países, Venezuela ocupa el puesto 8 con un -27% es decir, son más los insatisfechos que los demócratas, por encima del promedio regional (-21%).

En cambio, están los casos positivos de Uruguay y El Salvador. En el primero, la valoración de la democracia es alta y la insatisfacción mediana. En el segundo, las dos son medianas pero la resta favorable a favor de El Salvador puede explicarse porque Bukele hace un “deliver” en materia de seguridad ciudadana que la opinión pública de El Salvador aprecia mucho.

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Para el caso venezolano, lo que el gráfico dice es que la valoración a favor de a democracia es media-alta pero la insatisfacción es muy alta (casi 9 de cada 10), y esto es porque el gobierno de Maduro no ofrece una gestión ni resultados. No es una democracia que sea competente para la calidad de vida. Sí lo es para reprimir y para el control político, pero no para ofrecer servicios públicos de calidad, por ejemplo.

Tampoco es que el público de Venezuela espera un golpe -aunque lo ven 3 de dada 10, pero el promedio en la región es 5 de cada 10 que esperan un golpe de Estado- sino que se aleja de la democracia para llevar su propia vida, dentro de un sistema que no le produce confianza. Asume que como ciudadano no tiene “salida”, tal vez algo de “voz”, y se queda adentro del sistema para seguir en su mundo particular sin esperar mucho de ese sistema: es la indiferencia.

Noto dos razones para este desapego a la democracia en Venezuela.

La primera, la gestión del gobierno del presidente Maduro, que bosquejé previamente. Si se ven los números de Latinobarómetro para 2013, el apego a la democracia prácticamente alcanzó un 90 por ciento. La satisfacción con la democracia fue del 42% (el promedio de la región fue 39%) y el gobierno contó con una aprobación del 47% (el promedio de la región fue 49%). Diez años después, las cifras bajaron y un motivo muy probable es un gobierno que no es capaz de suministrar calidad de vida. Los ciudadanos no ven el “deliver” del ejecutivo. Posiblemente paliativos tipo Clap o bonos no parecen empujar una mejor evaluación de la democracia. Se reciben, pero no es lo que se quisiera como ideal.

El segundo motivo es el conflicto civil venezolano que alejó a las personas de la política. No se produjo el desenlace buscado por la oposición con su estrategia de insurrección, pero quedaron pasivos como las sanciones las que, combinadas con la incompetencia corrupción, ideologización, y negligencia del gobierno, generan una democracia que no ofrece nada o poco a sus ciudadanos. La respuesta es la indiferencia y lo que se afirma en Venezuela que las personas “están en el día a día para sobrevivir”.

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No se puede asegurar -todavía- que el público venezolano se desenganchó de la democracia. No hay una ruptura afectiva, sino instrumental o situacional en tanto la democracia no existe porque no funciona. Lo que hay es un “dejar hacer, dejar pasar”, las personas se adaptan a la realidad, viven, y “cada quien en lo suyo”. El ideal se mantiene, pero en la realidad lo que sucede es la indiferencia y la necesidad de tener una vida. Si es en democracia, mejor. Si no, no parece ser el fin del mundo. No obrante, la separación del público hoy es instrumental pero mañana puede ser permanente. Es lo que los autoritarismos aprovechan.

La democracia no solo necesita condiciones de economía política -las tesis del desarrollo económico en boga durante los 60-80- políticas -la democracia “procedimental”, más hacia los 90- sino también psicosociales: una disposición a verse como ciudadanos, pero si la indiferencia política es la norma ¿Cómo hablar de democracia y ciudadanía? Es la interrogante que deja Latinobarómetro de 2023.



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