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Crónica triste del regreso a un país que ya no es tan mío

Elizabeth Fuentes | 5 junio, 2019

Caracas.- Es sábado y no hay alma en la peluquería. “¿Qué le parece?”, me dice el dueño como saludo, “Un sábado y esto vacío… nunca había visto algo así”. Todas las peluqueras están sentadas, aburridas y preocupadas por no hacer nada y ganar menos, mientras una termina sintiéndose medio culpable de poder pagar la sorprendente factura que explica la ausencia de la gran mayoría de sus clientes asiduas, las de toda la vida.

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Esta visita es una versión reducida del recibimiento en Maiquetía. Allí tampoco hay un alma. Cuatro aviones en la pista y ninguna cola en la aduana. Los trabajadores hablan por celular, caminan entre los pasillos, textean por el teléfono y solo algunos se dedican a recibir el pasaporte de los pocos que llegamos.

Tampoco hay un alma en la autopista, ni en los automercados. Ni bachaqueros afuera ni clientes adentro. Con los anaqueles finalmente llenos -hay leche, harina PAN, aceite, hasta peras y manzanas-, los poquísimos clientes se dedican minuciosamente a descubrir el precio de cada cosa en los aparaticos que leen el código de barra. El ruido que emiten es incesante, fastidioso, el preámbulo necesario para lanzar una mentada de madre ante cada cifra y devolver el paquete a la estantería.

Uno se aleja dos meses y Caracas sigue en su metamorfosis interminable, siempre hacia peor. Lo único que no ha cambiado es la gente miserable que jurunga las bolsas de basura en busca de cualquier cosa que le parezca comida. Allí están, puntuales frente al edificio, con un morral viejo y sucio en la espalda como símbolo de su optimismo. La escena destroza el alma, siempre. No hay manera de acostumbrarse a semejante paisaje: gente joven en su mayoría, uno o dos ancianos, abriendo cada bolsa negra con cuidado, con aquella decencia, como para no molestar a los vecinos o porque quizás ese gesto les permita seguir recibiendo una que otra ración de sobras en mejor estado.

Se me ocurre hablar con toda la urbanización para comprar algún tipo de bolsa que diferencia los restos de comida de la basura porquería, una idea horrorosa para “ayudar” a los hambrientos, una manera de expiar el pecado de tener comida a diario en la mesa. Pero dejo el asunto hasta ahí porque cada bolsa de basura normal, me dice la gente del condominio, cuesta una fortuna y la mensualidad se ha vuelto impagable desde que el ocioso de Maduro inventó la inamovilidad laboral y el aumento compulsivo del salario mínimo, genialidad que ha puesto a nuestra conserje a ganar una cifra que casi nadie puede pagarle (medio edificio está en mora), y desde entonces la señora se ha dedicado a hacer el mínimo esfuerzo, comportarse tan grosera como pueda y disfrutar su dolce far niente dentro de una vivienda -con luz, agua e internet incluido- por la que no paga un céntimo. El socialismo puro en la puerta de la casa.

Ahora trato de comer menos para dejar más sobras. Las recojo ordenadamente -el arroz por aquí, un trocito de pasticho por allá, los pellejos de carne en una bolsita aparte-, y los coloco en una bolsa pequeña que dejo al lado de la enorme de basura negra, un modo de aliviar esa culpa que no me debería pertenecer. Y hasta me alegro cuando veo desde mi balcón que un joven mendigo, con su perro callejero al lado, se percata de la bolsa “especial” y lo primero que hace después de abrir el tesoro, es sentarse a darle la carne al animal. Casi lloro, otra vez.

Mi alegría grotesca huye rápido y entonces arranco con las mil maldiciones que se merecen los desgraciados que han vuelto picadillo al país, esos desalmados que han destrozado la vida de tanta gente y siguen tan campantes dentro de su bunker de armas y dólares.

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