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Opinion

El 23 de enero y la épica civil

A propósito de la conmemoración de los 62 años del 23 de enero de 1958, cuya ocurrencia sigue siendo concebida como el albor de la democracia, caben algunas reflexiones, no sobre las circunstancias que enmarcaron aquél hecho, ya profusamente narradas y estrujadas por la historiografía nacional, sino sobre el poder aleccionador que debería seguir ejerciendo. Primero, es importante enfatizar que la naturaleza de la historia, sobre todo la tan accidentada nuestra, permite que cada suceso sea interpretado con interesado matiz, a fin de que quien escribe ofrezca a sus lectores una glosa muy propia de él, con el marcado influjo de su ideología y de su forma de enjuiciar las etapas de nuestro desarrollo, sin embargo, esa libertad del escritor -que nadie puede negarle a la hora de formar sus propios juicios- no puede incapacitarle de reconocer el exceso cuando antepone su propia opinión a la verdad irrefutable del hecho cumplido.

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El 23 de enero ha resultado, a la luz de ciertos análisis fragmentarios, una gran contradicción, porque se ha querido establecer una indisoluble vinculación entre el cuartelazo y el nacimiento de la democracia, y aquí señalo un error capital. Creo que esta conclusión es una derivación ineludible del atavismo que aún pervive como pesadilla, alentando a algunos inadvertidos para que sigan dando pábulo a una épica militar que solo ha lesionado gravemente el espíritu de una nación como la nuestra. Del impulso pleitista e irreflexivo de militares pretorianos hemos dependido demasiado como para seguir bajo la influencia de una retórica inflamada que los exalta. Sometidos a las fragilidades de estos hombres de cualidades primitivas, incapacitados para gobernar por los condicionantes de su precaria formación profesional, nuestras ganancias han sido magras, y las pérdidas definitivas y costosas. La ambición y las ansias continuistas de una tropa habituada a ejercer un mando sin controversias casi dan al traste con la hora que la historia reservó para los civiles, y que estos lograron consolidar a pulso con la mayoría del pueblo que exigía un régimen de libertades públicas.

 

El golpe del 23 de enero de 1958, que tuvo como preludio el frustrado alzamiento del 1 de enero, correspondía a un proyecto militar continuista; según el reputado historiador Germán Carrera Damas, no se tiene noticia de que en ninguna fase de la conspiración estuviesen involucrados civiles o de que la acción estuviese acompañada por la promesa de restaurar el poder civil interrumpido en noviembre de 1948, incluso, un hecho que convierte la duda en certeza, es que la junta que se instaló era predominantemente militar, y eso estímulo razonadas inquietudes en los civiles que, inspirados por los valores enraizados durante el período 1945-1948, presionaron por la inclusión de componentes civiles a la junta, y lograron que los militares reformularan la composición e invirtieran la correlación de fuerza. Por efecto del reclamo generalizado de una sociedad deseosa de libertad, quizás persuadida por la idea de que el más débil de los gobiernos legales era más estable que un gobierno de hecho, los sublevados fueron obligados a aceptar una junta con determinante presencia civil, que guió al país a la realización de elecciones transparentes con garantías de competencia en igualdad de condiciones, bajo la fórmula del sufragio universal, directo y secreto.

 

La conversión de un golpe militar continuista en oportunidad propicia para estabilizar la democracia fue dirigida por la sensatez y el sentido de responsabilidad histórica madurado durante los diez años de dictadura oprobiosa, reforzadas estas por un clima de auspiciante unidad. Todo este marco de elocuentes características raigales de aquel suceso induce a formar la idea de que la verdadera gesta que determina la significación histórica del 23 de enero es la unidad civil a toda prueba que precedió a esa madrugada, y trascendió para abroquelar el futuro democrático frente a la amenaza activa del militarismo continuista.

 

Y es en esa interpretación que otorga la preeminencia merecida a la épica civil de ese momento, la que entraña la clave que pueda servir para dilucidar las oportunidades de nuestro tiempo. Y si bien la ambición inmoderada de los cuarteles ha socavado los fundamentos de la República, no puede la insensatez de los civiles, motivada por la torpe y corta visión del miope, colaborar en la liquidación de un proyecto que nos pertenece. No es momento del insincero entusiasmo, o de la calculada impostura. Es momento de la unidad civil apremiante, que se construye con base en la confianza mutua de capacidades. Es momento de la solidaridad militante y de la lealtad sin dobleces. Es el momento de entender que por sobre lo meramente contingente, que por encima del presente y de sus tentaciones acechantes, existe un compromiso con la historia que nos demanda claridad de pensamiento y honestidad en la acción. Venezuela deberá reconciliarse con ella misma para no ensanchar heridas aún sangrantes y enrumbarse hacia el futuro. Y también la dirigencia hoy tiene el trascendente deber de reencontrarse con ella misma, de apañar las discordias, de reconocerse en medio de las diferencias y de remontarse por encima de rivalidades y antipatías cicateras para consolidar la democracia venidera sobre la imperiosa concordia política, en la que ya no quepan los odios cainitas, para hacerla duradera.

 

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Invoquemos juntos el Espíritu del 23 de Enero, el que formaron los civiles con la grandeza correspondiente a la hora crucial de la patria.





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