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El "crimen perfecto" de todos los socialismos

Una docuserie de Netflix que busca develar quién asesinó al empresario Detlev Rohwedder, destinado a unificar económicamente a las dos Alemanias a raíz de la Caida del Muro de Berlín, permite descubrir la ruina y el atraso que dejó el comunismo en esa parte del país donde, por supuesto, no faltó la represión y el abuso desmedido de los aparatos del Estado. Todo un espejo en estos días

Caracas.- Por asuntos del azar, ese extraordinario aliado, las protestas en Cuba coinciden con la reciente oferta de Netflix: una producción altamente recomendable en estos días (y años)  que  deberían ver obligatoriamente los chicos del gobierno y del PSUV, a ver si amplían su ignorancia mayúscula en  cualquier asunto que los mueva algunos centímetros más allá de los oxidados límites de sus creencias.

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 Hablo de "Detlev Rohwedder, el crimen perfecto", que cuenta el asesinato de un  exitoso gerente alemán designado nada menos que para dirigir la titánica tarea de privatizar las empresas de la Alemania Oriental luego del furor de la caída del Muro de Berlín,  cuando se buscaba la  reunificación de las dos Alemanias para luego reconstruir  la destruida  economía que había dejado el comunismo a su paso, como suele suceder. Había que  transformar la economía socialista en capitalista luego de 40 años de vicios, corruptelas y  fracasos, casi nada. Y para semejante trabajo se  buscaron a Detlev Rohwedder, uno de los empresarios más importantes de la otra Alemania.

Pero es a partir de esta historia sobre su asesinato que asistimos asombrados al absoluto desastre que había dejado el socialismo en esa parte de Alemania: trece mil fábricas casi en ruinas, en su mayoría improductivas,  cuatro millones de empleados que conformaban una burocracia gigante,  más  una  deuda externa multimillonaria, señales todas de  que tarde o temprano ese lado comunista de  Alemania  iría a colapsar. Y para añadir la guinda a semejante torta,  tenían a la Stasi, el aparato represivo que se dedicó a controlar la vida privada de los ciudadanos, a apresar y asesinar a los supuestos enemigos del socialismo dejando tras de si 70.000 personas asesinadas y otras 250.000 que pasaron por las cárceles. El posterior  descubrimiento de sus archivos  develó que hasta fabricaron su propio  catálogo de guerra psicológica según el cual "a los enemigos se les tenía que dañar la reputación de forma sistemática, mediante rumores falsos, pero creíbles, no refutables"... Y como ocurre ahora en Cuba, por mencionar un país, el medio español  XLSemanal reveló que "los recluidos no sabían ni siquiera donde estaban, pasaban meses sin que siquiera fueran acusados formalmente y a algunos se les separaba herméticamente del mundo exterior".

En diciembre de 1989, el cuartel general de la Stasi  fue saqueado por una multitud enardecida  poco después de que  sus funcionarios -más de 91 mil oficiales y otros 179 mil "patriotas cooperantes"- intentaron en vano destruir millares de documentos que evidenciaban sus abusos,  antes de huir como ratas. Aunque muchos de ellos se dedicaron luego al crimen organizado, entre ellos algunos  sospechosos de haber asesinado a Detlev Rohwedder sin dejar el más mínimo rastro de ese " Crimen Perfecto", como  tituló Netflix la docuserie  dirigida por Jan Peter.

Y si bien el trabajo documental es impecable, nos queda un sabor amargo al vernos retratado de alguna manera en aquella Alemania gris y arruinada luego de 40 años de dictadura y represión. Y resulta difícil no  imaginar cómo se documentará a Venezuela luego de nuestra tragedia presente, con  Sidor en ruinas, Pdvsa y las empresas básicas destruidas, vueltas chatarra. Las zonas turísticas devaluadas, la minería instalada en el Orinoco y Canaima mientras  El Helicoide quedará  como símbolo de lo que nunca más se debería repetir.

El último líder de la Alemania Oriental, Egon Krenz, fue llevado a la cárcel por asesinato y fraude, liberado luego a mitad de su condena. Su más reciente aparición pública en Berlín fue para la BBC, a cuyos corresponsales sirvió como una suerte de guía turista hacia su propio pasado: "¡Esta avenida solía llamarse Stalinallee!", les decía.  "La renombraron después de la muerte de Stalin".

"Y allí estaba la Plaza Lenin. Había una gran estatua de Lenin. Pero la derribaron", como si eso fuese lo único rescatable que les pudo decir.





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