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El falso dilema de negociar o no negociar

Soledad Morillo Belloso | 16 octubre, 2018

Caracas.- Nuestra vida transcurre en una constante negociación. En lo personal, lo familiar, lo profesional, lo económico, lo social, lo religioso y tanto más. Negocia uno con los padres, los maestros y profesores, los representantes de la iglesia de la que seamos afiliados, los empleadores, los amigos, los familiares y parientes, los que nos venden o compran algo, aquellos con quienes gestionamos un crédito. Negociamos mucho antes de tener uso de razón y lo haremos mientras tengamos habilidad para tomar decisiones. De hecho, negociar es un signo de libertad.

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Cuando la mesa en República Dominicana, los concurrentes tenían diferentes grados de poder y necesidad de negociación. La oposición no podía no negociar. Así, tenía que ir a aquella mesa. El gobierno podía no negociar. Y fue al proceso con la amenaza en la punta de la lengua.

A efectos de la oposición, ¿sirvió para algo? Pues sí, aunque el resultado no haya sido obtener lo que se deseaba y necesitaba. Cuando el gobierno mintió con descaro y le dio una “patada a la mesa”, se quitó la careta y quedó expuesto, no ante los ojos de los venezolanos que bien sabemos desde hace mucho tiempo qué clase de régimen subyuga al país, sino frente a la cara de una comunidad internacional (organizada institucionalmente o no) que hasta ese momento suponía que las denuncias de la oposición eran un tanto exageradas. Cuando la delegación de la oposición decidió no firmar aquel acuerdo insano, la estrategia del régimen y de Zapatero falló.

Es cierto que la oposición no supo explicarle bien al país, a los venezolanos de a pie, lo que había ocurrido. Y menos supo desarrollar los argumentos de lo que pasaría en las semanas, meses y años. Eso fue y es un problema de comunicación, de narrativa, no de estrategia política.


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