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El lucrativo negocio de los “charleros” en las profundidades del Metro de Caracas

Jessica Dirinot | 20 noviembre, 2019

Caracas.- “Chupetas, caramelos de menta y la hermana perdida de la Samba”, son algunos de los productos ofrecidos en el Metro de Caracas por los “charleros”, vendedores informales que transitan de punta a punta en casi todos los recorridos diarios. ¿Sus objetivos? Vender y mezclarse entre la multitud para no acabar en las manos de los “patrimoniales”, operadores del transporte subterráneo que “toman la justicia” por sus manos.

Sudados y hostigados por la cantidad de personas dentro de un mismo tren sin ventilación, los “charleros” recorren de esquina a esquina los trenes del sistema metro. Van por la “calle del medio”; algunos, piden permiso, otros, tropiezan con el resto de los usuarios con aires de grandeza, solo para ofrecer desde lo más profundo de su diafragma sus promociones en caramelos.

Adultos, jóvenes, y hasta niños de cuatro años de edad, se desplazan mañana, tarde y noche, desde Palo Verde hasta Propatria, una y otra vez, intentando vender centenares de chupetas y caramelos, además de dulces que simulan ser los “hermanos perdidos” de la Samba, galleta venezolana cubierta de chocolate.





Algunos con trayectoria de cinco años, otros principiantes, pero casi todos cumplen con el requisito mínimo: caminar por el medio del tren, desgañitándose y arrojando a la poca ventilación cuántos caramelos y chupetas pueden llevarse los usuarios por tan solo un precio solidario.

“Prefiero ganar 15 dólares diarios”

Anderson Rodríguez, tiene 18 años de edad. Dejó sus estudios hace más de cuatro años, para recurrir a los “inteligentes” consejos de sus amistades en la zona tres del barrio José Felix Ribas, quienes le propusieron el negocio de vender golosinas en el Metro de Caracas. Con aires de alivio, el joven afirmó para El Cooperante que fue “la mejor decisión que pudo haber tomado”.

Un bolso tricolor, otorgado por alguna organización del Estado, una chemise descolorida, un jeans con par de retazos, bordes deshilados y una caja de galletas “77”, era lo que acompañaba a Anderson aquel lunes por la tarde, cuando se disponía a vender las últimas unidades del día en las horas más críticas del sistema metro, cuando gobierna el irrespeto, agotamiento y amargor.





Cansado, pero satisfecho por haber recabado la cuota mínima establecida por él: 150.000 bolívares y siete dólares, Anderson recorre su última vuelta de Petare a Palo Verde. No le interesa qué tan chocante puede ser su presencia en esas horas críticas, en las que los usuarios solo desean alcanzar la última vuelta de la camionetica que los lleva a su hogar. No importa qué tan agotados y despabilados puedan estar los transeúntes, lo indispensable es vender.

Para Anderson, es mucho más importante ganar al menos 150.000 bolívares y 15 dólares diarios, que darle continuidad a sus estudios: “Ni el bachillerato, ni el parasistema, ni la universidad, me van a hacer ganar lo que gano cuando trabajo como charlero en el Metro de Caracas”. Lo que debería de significar una meta por alcanzar, se traduce en un estorbo que irrumpe con las ambiciones personales del joven.

“Hay muchos de nosotros que nos hemos dedicado a esto. Por ejemplo, ahí está ‘La Chiki’, ella comenzó cantando música llanera hace como dos años y ahorita vende chupetas y caramelos. Tiene como nueve añitos”, dijo, mientras señalaba a la pequeña que, con pantaloncillos cortos, un pequeño “crop top” y dos bolsas de “Bom-bom bum”, modelaba por el medio del tren promocionando la venta de 2×1.

A pesar de que muchas noches antes de dormir, Anderson piense en retomar sus estudios, muy dudoso, retrocede, y vuelve a recurrir a los consejos de sus amigos. Es ahí cuando se impone el conformismo, pero ¿qué hay de malo ganar dinero fácil y sin hacerle daño a nadie?, se cuestionó.

El negocio “millonario”

Ciudadanos de edades comprendidas entre los 4 y 30 años de edad, son en su mayoría, los que transitan día a día en las diferentes estaciones del Metro de Caracas. Dispuestos a enfrentarse entre ellos, buscan diariamente una alternativa para llenar sus bolsillos. Mientras, se abre paso al mercado subterráneo los billetes verdes con rostros de líderes estadounidenses. Dólares, benditos dólares.

“Caramelos y chupetas a 2 mil, solo por hoy”, es una frase que retumba en los oídos de los usuarios del metro, desde tempranas horas de la mañana, hasta finalizar el día, y como si fuese una alarma recordatoria, se mete en lo más profundo de la “psiquis” para que el ciudadano proceda a la compra: “Voy lejos, y con este calor, hará falta algo dulce”, pensó en varias oportunidades Carmen González, usuaria a diario del transporte público, de la estación Los Dos caminos a La Hoyada.

Mientras que muchos usuarios critican y señalan con el dedo de la “justicia” a los “charleros”, no logran siquiera imaginar las cualidades del negocio “millonario” que conlleva vender golosinas en el metro. Con un sueldo que aqueja a la mayoría de los venezolanos, estos vendedores son capaces de generar hasta 15 dólares diarios, con tan solo la venta de galletas importadas.

“Esto lo traen los mayoristas, ellos son los que invierten en las sambas 77, colombianas. Las vendemos a dos por 1 dólar, y la gente las compra bastante”, dijo Anderson, con una mirada que le hacía tributo a la infancia, como ver a un “niño con juguete nuevo”.

Con tan solo 18 años de edad

Anderson tiene tan solo 18 años de edad y sabe cómo desplazarse en el negocio de los “charleros”. Su destreza es ser el pionero de las ventas de la llamada Samba colombiana, además de posicionarse como una figura de respeto frente al resto de sus compañeros, quienes posiblemente le lleven un par de años de experiencia.

“Claro que siempre hay una guerra (interna) entre los charleros, pero no nos metemos con los vagabundos. En Petare es el punto de encuentro, vendemos hasta Chacao. Y de ahí hay otra red de buhoneros. No hay líderes. Pero cada quien debe respetar el turno, estación y tiempo que le toque vender”, detalló.

Cuatro años de experiencia como vendedor informal en el Metro de Caracas le sirvieron a Anderson para desplazarse como pez en el agua, y sobre todo, para escabullirse de los “patrimoniales”, operadores que, a falta de apoyo de la Policía Nacional Bolivariana, se dan los pases libres que sean necesarios para “golpear y detener” a quienes se dedican a la venta de productos dentro de las instalaciones del sistema metro.

“Los de camisa azul son quienes sacan a los vendedores y a los pedigüeños”, aseguró el jovencito, quien con aires de rebeldía afirma haberlos enfrentado a “puño limpio”.  A sus 18, sabe muy bien que en el momento en que sea detenido, “se forma la riña entre todos”.

A su corta edad, aquel joven petareño es consciente de los procedimientos legales que pudiesen arremeter contra su libertad: una reseña, tres fotos -y para finalizar- un encuentro con las autoridades al estilo Floyd Mayweather, le daría un “game over” a sus ventas, y un pase directo a los tribunales del país, pero a los 18 añitos y obteniendo ganancias “del cielo a la tierra”, piensa que lo mejor es arriesgarse.

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