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“El país pierde su talento”: Artistas venezolanos también huyen ante persecución y crisis

El Cooperante | 6 marzo, 2018

Caracas, 6 de marzo.- Varios actores venezolanos de la serie El comandante, que hoy viven en Bogotá, temen volver a su país por la persecución que podrían tener por parte del gobierno de Nicolás Maduro. Interpretar la historia de Hugo Chávez les costó la incertidumbre.

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No hay una medida oficial que vete su entrada, pero el segundo del chavismo, Diosdado Cabello, a finales de 2016, aseguró en televisión que los involucrados en la serie –escrita, entre otros, por el intelectual Moisés Naím– deberían enfrentar un juicio por traición a la patria si regresan al país, publicó Semana. 





Transmitir El comandante pasó a ser ilegal en Venezuela. El gobierno tumbó la señal de RCN y TNT, que la emitían. Maduro aseguró que “atentaba contra el legado de Chávez”. El escritor Ibsen Martínez ahora espera envejecer en Bogotá. Cuenta que a mediados de 2014 publicó una columna satírica en el diario Tal Cual, sobre un alto cargo militar. La consecuencia fue una denuncia penal por difamación que le exigía a la Fiscalía congelar sus cuentas. “No hay exilio, sino exiliados. No he sido perseguido sistemáticamente, pero sí he tenido mis batallas contra el chavismo”.

No todos salen por persecución. Leo Campos, escritor y periodista, se marchó cansado de la crisis. Temía verse encerrado en un país donde las aerolíneas han reducido o suspendido sus vuelos (Avianca, Aeroméxico y Lufthansa, entre otras, ya no operan en el aeropuerto internacional Simón Bolívar de Maiquetía) y los costos de los pasajes se han vuelto imposibles: por un trayecto Caracas-Bogotá se han registrado tarifas de hasta 17 millones de pesos.


Según Frank Baiz, guionista y exdirector de Investigación de la Cinemateca de Venezuela, quienes no comparten la ideología del gobierno todavía pueden expresarse, no hay una política que pueda calificarse de “acoso intelectual”, pero sí un problema más básico: la supervivencia.

“Es muy difícil crear en condiciones tan adversas. La crisis es más humana que sociocultural”, asegura. El país pierde su talento y los que se quedan apenas sobreviven: resulta difícil gastar lo que vale comer en una entrada de cine o teatro. Aun así, “la avidez por la actividad intelectual es inextinguible, y eso ha dotado a la producción artística de una gravedad y un sentido trágico que no tenía”, asegura Martínez.

Pero las cifras de la crisis cultural hablan por sí solas: en 2017, nueve grupos se retiraron del Festival de Teatro de Caracas como protesta por la represión y la escasez. Los productores de cine no pueden recuperar en taquilla los cerca de 650.000 millones de bolívares que cuesta hacer una película. Los espacios culturales se politizan –como la Cinemateca Nacional, que ahora se limita a la propaganda política–. Se han reducido las importaciones de libros. El oficialismo capturó la televisión.

El teatro restringe su actividad nocturna por la inseguridad mientras intenta adaptarse a horarios diurnos y migrar a espacios más seguros. Los periódicos se cierran no solo por censura, sino por falta de papel –en 2008, Venezuela pagaba a Estados Unidos 65 millones de dólares por importaciones de papel, y en 2017, apenas 4 millones, según cifras del gobierno norteamericano–.

El apoyo estatal a la cultura y la ciencia disminuye, lo que supone el desamparo de museos, festivales, bibliotecas. Y el premio Rómulo Gallegos, que obtuvieron en su día Vargas Llosa o García Márquez, ya no entrega al ganador los 100 mil dólares que lo acompañaban. La esperanza se disipa para los que se quedan, dice Baiz, y los que emigran viven el nuevo comienzo con incertidumbre. Un despojo, como en el cuento de Cortázar: “Una suerte de ‘Casa tomada’ donde sientes que hay unos espíritus que te quitaron todo y ahora estás en otro lugar”.

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