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Elecciones en Bolivia, Ecuador y Perú: ¿Tienen algo en común?

El día 11-4-21 tres países de la región celebraron elecciones: Bolivia, Ecuador, y Perú. Si bien cada nación tiene su realidad, en este artículo explico cuál es el hilo conductor que puede darle unidad a las tres elecciones. Les presento al votante de la segunda década del Siglo XXI: pragmático, sofisticado, pero hastiado de la política. Es un elector que decide en el momento. Tiendo a ser optimista en el sentido que estas elecciones confirman lo que percibo es la meta de los ciudadanos del Sur: sociedades más sólidas y modernas. Aunque cierto discurso en redes pone a Venezuela como “no comparable con nada conocido”, hay lecciones para la política de nuestro país

Composición El Cooperante

Caracas.- El día 11-4-21 hubo elecciones en tres países de la región. La segunda vuelta para elegir cuatro gobernadores en Bolivia, la segunda vuelta para elegir presidente en Ecuador, y la primera vuelta para escoger al presidente de Perú.

Al momento de consultar los resultados -el día 12-4-21 a las 9:50pm- en Bolivia el promedio de los partidos no MAS fue del 56,3% y el promedio del MAS -el partido de gobierno- fue del 43,7%. Las últimas regionales fueron en 2015. En ese entonces, el MAS obtuvo 6 de 9 gobernaciones. Hoy tiene 3 gobernaciones aunque su promedio de votos es un poco superior al de 2015. Las tres que tiene son “bastiones” del MAS desde 2010 (Cochabamba, Oruro, y Potosí).

En Ecuador, Lasso ganó con el 52,4% frente a Arauz que sacó el 47,6 por ciento. Normalmente, los promedios de encuestas antes de las elecciones pronostican bien los resultados. En el caso de Ecuador, los promedios no acertaron con Lasso. El promedio de los resultados de 12 firmas entre el 24 de febrero al 1 de abril, otorgó a Lasso el 41,3% y a Arauz el 44,5%. Con el candidato vinculado a Correa, los pronósticos se acercaron más: 45% frente al 48% que fue el resultado real. A Lasso lo subestimaron: sacó 11 puntos más que el promedio. En votos, entre la primera y segunda vuelta, Lasso subió 2.815.818 votos, y Arauz aumentó 1.191.798 sufragios. Lasso aumentó casi 2,5 veces más que Arauz. Los votos nulos pasaron de 10% a 16% respectivamente.

En Perú, los resultados favorecieron a Pedro Castillo con el 18,9%, Keiko Fujimori con el 13,32%, Hernando de Soto con el 11,77% y Rafael Aliaga con el 11,76%, los cuatro primeros de 18 candidatos. Si se compara con las elecciones peruanas de 2016, hay más candidatos en 2021 y una mayor dispersión del voto.

Por ejemplo, en 2016 Keiko sacó en la primera vuelta 39,86% y en 2021 bajó a 13,32% La dispersión del voto presidencial en Perú se observa en que si se suman los candidatos que no calificaron para ir a la segunda vuelta, en 2016 sumaron 39,08% y en 2021 67,6%. Es decir, en 2016 Keiko y PPK sumaron poco más del 60% de los votos. En 2021, Castillo y Keiko -los que van a segunda vuelta- totalizaron el 32,3% El resto se reparte en 16 candidatos.

¿Qué pasó en estos tres países, qué elementos en común pueden tener a pesar de ser elecciones diferentes?

II

Hay un factor “de expectativas y búsqueda” por parte de los votantes, y el factor “situacional”, que es la pandemia, la que catalizó esa búsqueda intuitiva que tienen los pueblos que votaron en los países de la región. Un votante pragmático pero hastiado sobre cómo se hace la política que el COVID puso de relieve al mostrar las limitaciones e indolencia de gobiernos y poner a flote la desigualdad de grupos sociales en los países, a pesar de sus buenos números macroeconómicos. El famoso “trickle down” que no llegó a todos como se observó durante las protestas de 2019 en Chile y el voto por Castillo en Perú en 2021.

El caso más complicado es Perú porque Castillo y Keiko irán a la segunda vuelta; en un país que en 2020 tuvo 4 presidentes, que su manejo de la pandemia no es el mejor, el “Vacunagate” que llevó al foso la ya escasa credibilidad de la clase política no solo por la corrupción que es un tema de alta importancia en Perú, sino por el antecedente de descrédito de toda la dirigencia por el “Lavajato”, caso que incluso llevó a que Alan García se suicidara. 

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Este ambiente de decepción general impulsó el voto por Castillo cuya imagen y simbología es contra el “establishment” que representan los demás candidatos, incluyendo a De Soto y a Keiko. No es solo el voto de los “olvidados fuera de Lima” -departamento que representa 1/3 del peso electoral; se puede perder en Lima, pero no ganar en segunda vuelta sin Lima- sino el sufragio de la decepción, del “que se vayan todos”.

El caso Perú permite presentar mi hipótesis que puede unir las tres elecciones. Es la presencia de un elector que quiere cambios, derechos de nueva generación, esquemas de democracias sólidas, pero al mismo tiempo está desencantado, no sabe en qué creer –tal vez el efecto “redes sociales” que es coadyuvar a la erosión de la credibilidad de la política porque son instantáneas, la “política en un click”- y por eso la volatilidad del voto o expresiones como el voto nulo –en Ecuador llegó al 17%, en Perú los indecisos frisaron el 25%- que las encuestas no pueden recoger y por eso yerran en sus pronósticos. No es tanto porque estén mal diseñadas o trucadas, sino porque no recogen la volatilidad de un elector que cambia su opinión política como un “commodity” en un mercado de valores.

Tal vez el ciudadano decida su voto el mismo día o cuando está frente a la tarjeta para votar. Un elector que parece un volcán de sentimientos que es captado por situaciones coyunturales y de la campaña, lo que hace que éstas y sus estrategias sean importantes para decidir una elección.

Lo anterior va con lo que pienso es un proceso no solo venezolano sino regional, la “autonomización de la sociedad”. Un elector más autónomo significa que tendrá más dudas o maneras de ver las cosas, porque su criterio no es la línea de un partido o partidos, o la historia familiar en términos de sociología política. La autonomía trae volatilidad, que las redes sociales potencian porque ellas son, también, volátiles y ofrecen la posibilidad de confeccionar su propio mundo o fuentes de información, con un flujo constante de eventos muchos de los cuales apelan a la emoción.  

Ya no son campañas totalmente lineales, sino que deben ajustarse de forma permanente durante el comienzo hasta las elecciones, incluido el mismo día de la votación porque puede haber resultados cerrados o inesperados.

Esto puede dar cuenta de la dispersión de votos en los parlamentos y la cantidad de candidatos presidenciales, 18 en Perú y 16 en Ecuador. Una especie de “doy un poquito a cada uno” para ver, mientras para el voto presidencial, me decanto por el que mejor capte en el momento lo clave para ganar que puede ser un clivaje tipo “correísmo-anti correísmo”, un clivaje de “apertura-conservatismo en el poder”, como es el caso de las elecciones para gobernadores en Bolivia, o un clivaje de “formados que no dieron la talla-desconocidos que no sabemos” como en Perú.

Los clivajes se manifestaron con más intensidad en Perú, pero también en Ecuador, con una alianza de Lasso más trabajada, pero también con una izquierda que quiere construir una alianza programática, como parece ser la intención de Parachutik e Izquierda Unida, que reduzca la dispersión del voto en el parlamento de ese país; o un voto con un sentido de ampliar el poder de las gobernaciones como es el caso de Bolivia. Un voto para desconcentrar el poder, que puede explicar la derrota del MAS en 6 gobernaciones junto, quizás, al rechazo de cierto autoritarismo y “pase de facturas” que exhibe la gestión de Arce. El gobernador electo de Chuquisaca, Damián Condari, expresó muy bien esta idea, “nuestra forma de trabajar será diferente a lo que dice Evo Morales. Ganamos para unificar campo y ciudad, no para dividir, pero el MAS quiere dividir. Esa no es la forma de gobernar”.

Queda ver si la victoria de Lasso representa un alto o contención a las victorias de la izquierda en la región porque si bien en Ecuador ganó “la derecha”, en Perú ganó en primera vuelta una persona que se proclama “de izquierda”. Si hay una tendencia firme que indique que el péndulo se mueve otra vez a la derecha, o si el voto por Lasso fue un voto “contra algo” y no “a favor de algo”. Las elecciones en Brasil y Colombia previstas para 2022 pueden ser las que resuelvan el acertijo.

Un clivaje que puede tener incidencia en el futuro es el religioso-conservador. Castillo se proclama de izquierda, pero en lo social es conservador. Aliaga y Keiko también son conservadores. Lasso, si bien empleó para la segunda vuelta un discurso con mayor habilidad política, es conservador. En Colombia, grupos religiosos buscan su propia alianza para 2022. Esto parece una tendencia firme que puede explicarse por la emergencia de iglesias con vocación de poder ante la debilidad de la Iglesia Católica que pierde adeptos, pero también una reacción a lo que se perciben son demandas “progresistas” en una región conservadora como la nuestra. Ante la invasión de la diferencia, se busca un orden conservador que restaure una estructura de relaciones sociales que hoy se cuestionan.

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El peso de lo religioso será importante. Incluso en Venezuela, sociedad que presume de su laicismo, fue viral el video de la ex Miss Universo Dayana Mendoza en un rezo evangélico. No solo fue viral por lo animado de su rezo sino -al menos en mi caso- uno asocia las Iglesias evangélicas más al mundo popular, y Mendoza no pertenece a ese mundo. Lo que quiero destacar es lo que parece será una influencia más abierta y con su propia fuerza de la religión en la política como posible tendencia regional en el futuro.

III

Para Venezuela lo ocurrido en los tres países tiene enseñanzas. Para el gobierno, una enseñanza son los cambios demográficos y generacionales. Esto explica la política del chavismo para formar cuadros de relevo, incluso promover liceístas a posiciones políticas. Busca ser inmune a estos cambios en la población que deciden elecciones como en Ecuador y Bolivia. Quizás, también por esto, quiere regular las redes sociales, por temor al “big data” en el sentido que otorgan autonomía al público o pueden crear nichos de públicos a los que el Estado no pueda llegar, y necesita un “público base” o poder alcanzar a todos, aunque el Estado se reserva su “big data” con el Sistema Patria y las “apps” oficiales. Maduro tiene conciencia de esto, porque en sus programas siempre resalta cómo ubicarlo en redes sociales. Cuando TikTok no era una moda, ya Maduro lo mencionaba.

Otra lección para el Ejecutivo es cuál es el equilibrio doctrinario para un gobierno ideologizado como el chavista, por las críticas de Yaku y Hervas al correísmo. Es probable que el chavismo lo interprete como que tiene que ser más conservador en el poder porque la apertura puede significar la derrota porque el chavismo –como pasó con Correa- puede ser acusado de enarbolar un “socialismo impostor”, crítica que ya se le hace en voz de la “disidencia del chavismo” (“Maduro traicionó los ideales de Chávez”) ¿Lo anterior pudiera estar detrás del estancamiento de la modesta apertura de Maduro y en el impulso a la propuesta comunal?

Para la oposición, el principal mensaje es que si quiere ganar debe abrirse al país. También salir de su inmovilismo, que no es un simple discurso de “amplitud” o de recorrer a las comunidades, que está bien, pero es el cómo. Al igual que Lasso, debe des rigidizarse e ir más allá de los apoyos de la “oposición dura” y de los aplausos en tuiter. Abrazar un discurso más amplio que no se vea falso o impuesto por las circunstancias, que le permita ganar en una elección (cuando sea para su gusto, si consigue las condiciones que demanda, si decide ir en las condiciones que hay, o le dicen que tiene que ir aunque no quiera).

Lo que las elecciones en estos países revelan es que es imposible o casi ganar solo con su base natural de apoyo. En una forma de gobierno autoritaria, es posible, pero hay que justificarlo mucho porque la autonomía del ciudadano trae incertidumbre y la información en un click debilita la propaganda tal como la conocemos (al modo de Lenin o Hilter). Vale para Ecuador, vale para Venezuela (la incertidumbre). Mucho más cuando el elector es autónomo y volátil. No es un elector doctrinario o lo es menos, y es más un “elector situacional”. Lo anterior explica los esfuerzos del gobierno para acercar la incertidumbre a cero. En el mundo moderno, es imposible. Un margen de incertidumbre y autonomía poseen los ciudadanos, por más sistemas de control social y político que se instrumenten sean en democracias tipo “big data” o en autoritarismos como el control en las redes sociales. La presencia de un elector sofisticado pero hastiado abre la oportunidad para lograr resultados electorales que sorprendan a todos, sean entendidos o legos en la política.



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