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Estamos a tiempo

Brayann Baptiste | 19 enero, 2020

En el siglo IV a.c, el filósofo Aristóteles definía al hombre como un “animal político por naturaleza”, esta frase entre otras cosas, separa al hombre de otras especies, en primer lugar porque es un ser social, es decir, no puede vivir aislado, pero además somos seres racionales, de manera que tenemos capacidad de pensar, discernir, tomar decisiones correctas y separar lo justo de lo injusto.

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La política, nos atañe a todos, puesto que su concepto proviene del término griego polis, que significa ciudad y por ende la necesaria organización humana, el hecho de vivir en sociedad implica una necesaria convivencia, comunicación, entendimiento y reglas que sirvan de patrón para regular los comportamientos o conductas sociales.
El avance de la humanidad permitió el consenso entre Estados, se establecieron constituciones que abrieron las puertas a ordenamientos jurídicos para regular la relación entre el Estado y la ciudadanía. También surgieron organismos multilaterales que rigen la relación entre Naciones, para preservar la soberanía, la paz y la convivencia.





Hoy en pleno siglo XXI, vivimos un latente retroceso de la humanidad, a pesar de los avances democráticos de muchos gobiernos en el mundo, también existen casos de gobernantes aferrados al poder, que abusan de los privilegios que de sus cargos derivan, violan sistemáticamente los Derechos Humanos y usan el gobierno para acciones corruptas. Este mal sabor o desviación de la política, nos deja un desprestigio y un profundo deterioro de la sociedad.

Hoy generalizan a la política como una acción para corruptos, a menudo se escucha la injusta frase “todos los políticos son iguales” que no es más que un distanciamiento entre el común de las personas y quiénes detentan circunstancialmente el poder. En estos tiempos están resurgiendo voces altisonantes alardeando llamados de guerras, intervenciones y luchas armadas.

Es una contradicción que a esta altura los valores de la anti política sean generalizados en la sociedad, dejando a un lado los mecanismos para resolución de conflictos y apartando a los principios de la humanidad, como lo son el don de hablar, de comunicarnos y entendernos.





Estamos a tiempo de recuperar a esa gran ciencia inexacta, dónde prevalece la justicia y el bien común.

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