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Opinion

Hombres fuertes, fuertes tragedias

Quienes han optado por rendirle culto a sus líderes, para luego sacralizarlos, han debido pagar un altísimo precio: su viabilidad como nación. Esa exaltación desmedida de los hombres los hace vulnerables de sus propios orgullos, delirios y estridencias. A mayor énfasis en la personalidad del líder, menor influencia tendrán las instituciones

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Caracas/Por Juan José Cabrera-. Venezuela ha tenido una peligrosa relación de afinidad con las liderazgos que han basado su autoridad únicamente en el poder personal de un hombre, cuya predominancia ha conducido al desconocimiento total de las instituciones y las leyes. Siempre hemos sido público cautivo de vengadores y hombres fuertes. Y aunque no estamos condenados a vivir sometidos por un caudillo, tampoco somos inmunes a los encantos de esa fortaleza que proyectan. Al contrario, cada cierto tiempo nos dejamos seducir por uno. Y ha aparecido en nuestra historia una inclinación casi fatal hacia los liderazgos personalistas, comprobada por la evolución accidentada que con periodicidad nos ponía bajo el mando de algún jefe con estas características, tal como lo fueron Monagas, Guzmán Blanco, Gómez, Pérez Jiménez, Hugo Chávez, entre otros.

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Esta misma historia ha creado un imaginario nocivo, arrastrado desde nuestra Guerra de Independencia, que pretende explicar este fenómeno implantando la convicción de que solo bajo al amparo de un caudillo se ha podido gobernar a Venezuela. Y es una afirmación comprensible si nos ubicamos en el contexto correspondiente, porque en aquella Venezuela atribulada por las guerras intestinas y la anarquía, el prestigio y la autoridad personal de los caudillos era el unico poder real que moderaba los impulsos de una sociedad desordenada, y la influencia de la ley no pasaba de ser un simple postulado teórico o una aspiración irrealizable.  Es decir, ese caudillismo como fenómeno nacional es producto de la desarticulación de la sociedad; efecto de un grave quebranto institucional. Por lo que el desafío siempre ha sido el establecimiento de instituciones orgánicas que regulen los desequilibrios de un ecosistema fértil para el surgimiento de estas relaciones de subordinación acrítica que fomentan este tipo de liderazgos, porque el origen de esa interacción recurrente entre el caudillo y una clientela que le es fiel es la ausencia de una autoridad legal o institucionalizada y la falta de confianza en la eficacia de las reglas conocidas.

Es comprobable, y en eso hay que hacer énfasis en nuestro estudio y en la promoción de sus bondades, que la mejor época de este país fue aquella en la que se desafió la tradición unipersonal del poder, en el que se concebía un mando no sujeto a controversias, para sustituirla por un modelo cuya característica esencial fuera precisamente el ejercicio de esas controversias y la revalorización del diálogo y la deliberación como factor de bienestar social y estabilidad política, limitados por un marco institucional que protegía valores centrales como el pluralismo y la libertad. 

Sobre este punto, quizás polémico por su significado, pero indudablemente cierto si se revisan nuestros antecedentes históricos, es necesario hablar con franqueza porque tenemos que aprovechar el contenido pedagógico de ese shock que genera nuestra vieja y larga tradición de caudillos militares y hombres fuertes, que mantiene inusitada vigencia visto los recientes sucesos. Por eso es necesario que sociedades como las nuestras capaciten a los líderes en formación para que les recuerden a los pueblos y gobiernos, que los principios elementales del liderazgo democrático están por encima de ese culto al poder que promueve el personalismo que tanto daño nos ha hecho, y cuyos costos aún estamos padeciendo.

Quienes han optado por rendirle culto a sus líderes, para luego sacralizarlos, han debido pagar un altísimo precio: su viabilidad como nación. Esa exaltación desmedida de los hombres los hace vulnerables de sus propios orgullos, delirios y estridencias. A mayor énfasis en la personalidad del líder, menor influencia tendrán las instituciones. Y esa inconveniencia desemboca en un hecho extremadamente delicado: la reducción de todas las normas y las forma de relación pública a los dictámenes de un solo hombre. Ninguna sociedad que funcione se reduce a una sola fuente -en este caso, la voluntad imperiosa de un “líder”-, básicamente porque cualquier proyecto que se base en la simplificación de la diversidad y la complejidad humana se condena a sí mismo y condena a quienes lo sufren. Cuanto se hubiese ahorrado la humanidad si el histrionismo de Hitler no hubiese seducido a una sociedad ávida de retaliación.

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¿Por qué es pertinente citar estas reflexiones? Porque sólo la memoria con base en la historia conjurará la tentación patológica, transmitida como baldón entre generaciones, que nos inclina hacia la exaltación de personalidades y patrones destructivos. Y en este momento, a puertas de una contienda electoral definitoria, identificar y recordar lo que no necesitamos aclarará mucho el pensamiento de los venezolanos. La mitología política venezolana ha creado la falsa conciencia que asocia el autoritarismo con perfección, y esta ha sido la falacia más costosa en términos institucionales y hasta humanos.

Las cualidades del liderazgo adecuado para el país en estas circunstancias estará sujeto a las consideraciones muy subjetivas de la diversidad de electores, pero tenemos que hacer un esfuerzo pedagógico para que en esas consideraciones no se desestime la pertinencia de conceptos tradicionales en las sociedades civilizadas y que colidan de forma definitiva con el patrón autoritario que queremos proscribir: honestidad administrativa; compromiso con la pluralidad política; respeto por instituciones y derechos; observancia de los procedimientos democráticos en el ejercicio del poder; y la comprensión de la necesidad política de constituir una amplia y funcional unidad. Estos conceptos serán el ordenamiento que deberán determinar la conducta de nuestros dirigentes, y su debida correspondencia revelarán las intenciones de quienes se comprometen con la restauración de la democracia o, en el caso de quienes se deslinden actuando de forma personalista y arbitraria, con la perpetuación de esquemas atávicos y perniciosos. 

La imagen de la democracia en la que creemos empezará a promoverse desde el perfil de quienes aspiren dirigirla. No podemos pensar en una democracia fortalecida si vemos liderazgos decadentes que se parecen a los vicios pasados y actuales. Quien practica y tolere la corrupción se parece a lo que debe dejar de ser. Quien irrespete los compromisos surgidos del debate consensuado se parece a lo que debe dejar de ser. Quien actúe unilateralmente a expensas de los intereses y de la conveniencia de una causa nacional se parece a los que debe dejar de ser. Quien privilegie su propia personalidad por encima de instituciones y de mecanismos como el acuerdo y el diálogo, se parece a lo que debe dejar de ser.  

En fin, quien se parezca a lo que se quiere dejar atrás, no debe tener espacio entre las preferencias de la gente ni entre las opciones para dirigir la refundación de la democracia. Y la mirada vigilante de la sociedad, complementada con una memoria sólida de lo que no ha funcionado, servirá para que no volvamos a repetir la misma tragedia por nuestra propia decisión. 



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