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La Lupa

Informe: ¿qué comunica la interlocución Rosales-Maduro?

Con esta segunda y última entrega analizo lo que estimo es un cambio dentro del sistema político chavista que consiste en escuchar a la sociedad. Este artículo lo examina para el mundo político. Es más complicado que la relación del gobierno con la sociedad. Por una sencilla razón: la alternancia vendrá del sector político. El chavismo no tiene pensado dejar el poder, aunque admite la oportunidad para la oposición no ahora sino más adelante, como señaló Diosdado Cabello en la rueda de prensa del PSUV del 11-9-23. Pero tener la oportunidad no es ganar. Por eso es compleja la relación que se construye entre el chavismo y la política opositora, pero se hace. Mi hipótesis es que Manuel Rosales redefine su perfil como gobernador y dirigente político. Ser uno de verdad, verdad. El gobierno ve en el gobernador del Zulia un interlocutor. No porque sea “manso” o “colaboracionista” sino porque lo toma como un político con estructura y capacidad. Será una relación pugnaz, no un “derroche de simpatías” como afirmó Rosales. También incierta: el dirigente de UNT puede “arar en el mar” o lograr una legitimidad frente al chavismo para plantear la alternancia en el poder

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El lunes pasado analicé lo que estimo es un cambio dentro del sistema político chavista: escucha a la sociedad, lo que no significa que acepte la alternancia en el poder. Examiné la decisión del TSJ del 4-8-23 que decidió una intervención de la Cruz Roja, como el primer caso de un “power sharing” entre fuerzas chavistas y no chavistas a tenor de la conformación de la junta directiva transitoria de esta ONG. En esta segunda entrega voy con el análisis de este cambio, pero hacia el mundo político, que es más complicado.

En el mundo político no es “el power sharing”, sino que la relación se construye sobre la marcha para ver si funciona. Igual será pugnaz, con avances y retrocesos. Este cambio es más espinoso porque el chavismo no tiene pensado abandonar el poder. Ahora menos, que ganó la batalla del conflicto político con la oposición y considera que puede adelantar su proyecto de país sin mayores amenazas como fue hasta 2021. El viaje de Maduro a China simboliza esta realidad del gobierno.

La última vez que voló al país de Asia fue en septiembre de 2018. Hace 5 años. En el momento en que la estrategia de “la presión y el quiebre” despuntaba. Cinco años después también en septiembre, Maduro hizo su viaje número 11 a China -el tercero como visita de Estado- pero el contexto interno y externo es diferente. En sencillo, los dos son menos hostiles al gobierno de Maduro.

Me llamó la atención un video que subió “Prensa presidencial” el 9-9-23 acerca de la visita de Maduro a Shenzhen. El guion del video lo que dice es que Maduro vio cómo una ciudad rural se convirtió en una ciudad moderna con las reformas de Deng que comenzaron en 1978. Incluso, el video habla no de expropiaciones de tierras, sino de subastas de tierras. Es decir, una puja entre la oferta y la demanda; el mercado. El alto gobierno coincide en el modelo global que quiere para Venezuela: China y Vietnam. Este país, elogiado por Cabello en su programa del 6-9-23. Con China, es la de Deng no la de Mao.

En el video comentado, el guía del museo de la ciudad que explicó el cambio en esa urbe, llevó al presidente a los lugares en donde destacó la presencia de Deng y sus reformas ¿Casualidad o así planificó el gobierno de China el viaje? Para decirle a Maduro, “camarada, no todo es una salsita, unos timbales, una rumbita, sino que la prosperidad son reformas y planes. Tenga roce con lo moderno” y, junto a la primera dama, lo embarcaron en un tren bala, para que lo viera con sus ojos y saliera de la estrechez de gestión que caracteriza a su gobierno. Una verdadera anemia gerencial. 

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El chavismo no se querrá ir ahora que clarificó su modelo. Necesita permanecer en el poder para desarrollar su “modelo chino y vietnamita con particularidades venezolanas”. Desde hace tiempo, Maduro pone la meta en 2030. Da por descontado que el chavismo seguirá en el poder hasta esa fecha.

La alternancia en el poder y su reconocimiento por parte del chavismo habrá que ganarlos en las elecciones y en la política cotidiana que la oposición haga. Todavía el sistema político chavista permite, en teoría, la alternancia. No sé si más adelante -si el chavismo sigue en el poder- se dará una reforma a la carta magna para quitar o moderar los aspectos de contrapeso al Poder Ejecutivo que tiene la constitución, para que la alternancia exista solo de nombre o sea imposible de alcanzar. Que exista nominalmente (como el revocatorio, que hoy es nominal).

Los contrapesos no funcionan, pero que la carta magna los mencione, tiene un poderoso significado que se opone al deseo de mandato indefinido que el chavismo exhibe y que se acerca a un cuarto de siglo. No es cualquier cosa.

La alternancia la puede lograr el mundo político, no el sector económico o de la sociedad civil, aunque la “teoría sobre las transiciones” que cierta oposición quiere imponer descansa en el “movimientismo” para lograr el cambio de gobierno (o “de régimen”). De aquí que el chavismo sea duro en lo político y menos duro en lo económico y lo social (“por ahora”).

Necesita construir un tejido económico y social si el baremo es China, y es lo que seguramente el presidente notó en su viaje y las autoridades chinas le explicaron, como observé en las distintas reseñas de noticias. Acerca del periplo a Asia, vendrá uno de mis artículos para El Cooperante.

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Si bien el ejecutivo establece relaciones con el mundo social y económico venezolano, la crisis y el conflicto civil venezolano también obligaron al gobierno a escuchar al mundo político no oficial. Aunque muchos no lo asuman, todavía el voto en Venezuela cuenta. Sus efectos pueden ser anulados por el Estado, pero no su manifestación, no la conciencia de los votantes. Entonces, el ejecutivo tiene que hablar con quienes ganan elecciones que no sean del PSUV o del GPP.

En una actividad que Maduro tuvo el 30 de agosto con productores agrícolas, el presidente reiteró que hay que “dejar atrás las diferencias”. Puso como ejemplo la relación que mantiene con las gobernaciones de la oposición. Afirmó que, con los gobernadores, “me entiendo en función de los grandes intereses del país”.

En esta realidad, se construye la relación con el mundo político no chavista. Así las cosas –aquí va mi hipótesis- pienso que el gobierno privilegia a Manuel Rosales como interlocutor.

Esta relación se construye en el tiempo. De una relación formal, pero sin eficacia -cuando Rosales ganó la gobernación del Zulia en noviembre de 2021- a una de intercambio simbolizada en la asistencia del gobernador del Zulia y del alcalde de Maracaibo, a la conmemoración de los 200 años de la Batalla del Lago.

Un detalle no menor es que en el orden del protocolo, el gobernador y el alcalde fueron ubicados en la posición que les correspondía. No fueron “ninguneados” detrás de alguna figura chavista. El gobierno respetó el protocolo. Lo interpreto como un reconocimiento del ejecutivo nacional a sendas figuras electas en las regionales.

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Hay un Rosales en dos planos. El Rosales gobernador y el Rosales político. En común para los dos, Rosales comunica que asumió su realidad política que es estar dentro de un sistema autoritario, pero no por eso, renuncia a moverse dentro de ese sistema para cumplir con su rol de gobernador y político.

Un Rosales que deja las “aventuras” en las que participó junto a UNT y de las que la oposición hizo sus banderas en el pasado, al tiempo que quiere mostrar que es un dirigente político que se asume como es, sin pena, y que quiere ser factor de unidad y un político de verdad, verdad, no solo zamarro, no solo “perro viejo late echao” que no es suficiente para tener éxito dentro de un sistema autoritario, si la meta es algo más que sobrevivir políticamente. Es el elemento común a los dos planos de Rosales. Un dirigente con nivel político, en sencillo. Que hace lo que un político de verdad hace: hablar, articular, hacer posible –la famosa definición de la política como el “arte de lo posible”- y ser eficaz. La metáfora de la política como timón, como dirección o guía que describe Norberto Bobbio en su clásico trabajo acerca de lo que es la política. 

El Rosales gobernador asumió que seguirá en la gobernación, no que será candidato presidencial “por consenso” -aunque el celebrado análisis “mainstream” de la oposición asegura que sí y que por eso UNT apoyó a Capriles, por lo que no se descarta esta hipótesis- y quiere ser un gobernador al detal, para pensar en proyectos importantes. Dejar una huella y una estructura, un piso para el estado Zulia. Que presente una propuesta para la ley de ZEE para el Zulia como hizo el 16-8-22, lo que comunica es pensar en términos macro. Así se ve Rosales. No el gobernador “populista” de programas sociales -que se mantienen- sino un gobernador con una visión holista y planificada del estado, para echar bases de mejoras más sostenibles en el tiempo.

Esta meta lleva a que trate con el gobierno sin ningún tipo de pena. Es una novedad en el caso de Rosales. La pena para ser criticado por reunirse con el gobierno cedió, y se dio un Rosales dispuesto y pragmático para luchar y cabildear frente al Estado los proyectos para el Zulia.

Como expresó el gobernador a propósito de la comisión presidencial para sanear el lago, “el gobierno vino con recursos, y se los quité de las manos ¿Le iba a decir que el Zulia está bravo y no quiere esos recursos?”. Añadió que “la silla de gobernador no se quedará vacía, hablaré con quien tenga que hablar”. Un Rosales decidido a ser un gobernador que deje su huella en el estado, sin importarle el “qué dirán” que es algo que paraliza a los políticos de la oposición.

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Por ejemplo, Rosales declaró que no va a convertir al Zulia “en una zona de guerra” pero sí a reclamar lo que estima el estado debe gestionar como el puente, el aeropuerto, o los peajes.

Esta declaración lo que indica es que el gobernador del Zulia da un paso más. No es “agarrar aunque sea fallo” sino ir a la ofensiva: reclamar lo que considera es el derecho del estado que gobierna, pero al hacerlo construye una relación pugnaz con el gobierno que puede traducirse en un respeto entre el chavismo y Rosales. Ya no meramente la política para ganar una elección sino para establecer una relación pugnaz con un Estado autoritario sobre la base de normas existentes pero que no se aplican. Por ejemplo, la descentralización.

El segundo plano es el político. Un Rosales que se asume como líder con nivel político. Un articulador, pero también un gran elector. Avisó que el “Zulia es decisiva para ganar las primarias”. Añadió que ha hablado con Caleca, Capriles, Delsa, y Prosperi sobre el tema de las primarias y la candidatura de la plataforma unitaria. Un Rosales que es buscado para hacer alianzas -ya hay una con Capriles- con lo que muestra su condición de “gran elector”.

Es posible que Rosales -dijo que hay 14 candidatos “¿qué voy a hacer allí?” (en una primaria)- haya concienciado que es mejor ser líder político que un candidato más de 14, sin tener la opinión pública a su favor para votar por él. Sería un dirigente más en la competencia y si pierde en las primarias, su estrella se vendría al suelo. Perdería no solo la primaria sino un estatus político de dirigente importante dentro de la oposición, quizás el único por antigüedad dentro de Venezuela, porque dirigentes de otros partidos son novatos o no tienen la antigüedad política del zuliano.

Rosales luce consciente de esto y no lo ve como una debilidad, sino como una fortaleza para ser explotada. Pudo llegar a la conclusión que gana más como dirigente de UNT que como candidato presidencial. Además, ya lo fue en 2006 y aunque ridiculizado por el gobierno y menospreciado por la oposición, ese 37% de 2006 levantó a una oposición en el suelo, que venía del desastre de 2002-2005 y coronó con la abstención para las parlamentarias de ese año. El “quiebre” de la época. Muy aplaudido, pero también fracasó. Rosales fue un revulsivo que despertó a la oposición y a partir de 2006 la suerte opositora cambió. Es un mérito que no se le reconoce, pero en derecho le corresponde.

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Aunque la opinión de redes sociales se decantó por la explicación que la alianza UNT-Capriles es para promover un “frente anti-María Corina”; algo como “la maquinaria” versus “la conciencia”, tesis que no es descartable por la foto suspicaz con la que cierra el tuit de Rosales al anunciar esta alianza. Puede ser, efectivamente, que el gobernador del Zulia apoya a Capriles para ese fin. Pero también puede ser que, con esa imagen, lo que Rosales quiere comunicar es que es un factor de unidad, uno importante. La persona que tiene la estructura para ponerla al servicio de quien gane en la primaria, y Capriles es el ejemplo, pero pudiera ser con cualquier otro candidato. Por supuesto, hay más afinidad entre Rosales y Capriles que entre el gobernador y María Corina, pero su tuit no necesariamente significa un “Tocomaco” –“todos contra María Corina”- sino afirmar la unidad, que puede ser con ella. No hay que ver una alianza como una “conspiración” o “pobrecitos, se unen porque no pueden conmigo, necesitan ayuda” (desde la soberbia política).

Que los estudios de opinión señalan que María Corina tiene la primera opción para ganar el 22-10-23, es un hecho. Que, como dice Caleca, si gana un inhabilitado hay que defender su derecho a inscribirse en el CNE, también es correcto. Si gana y se inscribe como candidata para 2024, votaré por ella. Es la decisión a respetar.

En esos asuntos no tengo problemas. Si bien la “presión y el quiebre” ha hecho de las primarias algo como “su fiesta” -de aquí su giro de la radical abstención y “la farsa electoral” al “así pongan a Diosdado en el CNE votamos”- es la ruta que privilegio mucho antes que a la “presión y el quiebre” le diera por la “voto manía”.

Pero…y aquí va el pero…el ganador debe mostrar capacidad política para conversar con los demás factores de la oposición su estrategia, una vez que haya ganado. Es aquí donde no veo capacidades a la “presión y el quiebre” ni a María Corina -perdería lo que la hace atractiva para quienes la apoyan, ese “aire de pureza”- grupo que abandonó a Guaidó y hoy la apoya.

Este sector asume las primarias como una suerte de “cheque en blanco”, de “aclamación” para repetir lo mismo que hizo con Guaidó: hay que obedecer a este grupo en todo, si chistar, de lo contrario eres un “colaboracionista” o tienes “mala intención”. Simplemente se sustituyó la plaza Brión y el “chapeo” con los EUA de la época de Guaidó, con una primaria.

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Así las cosas, la alianza Rosales-Capriles no la veo mal. No porque sea en contra de María Corina, sino porque es un contrapeso y afirmar que no todos en la oposición estamos de acuerdo con la “presión y el quiebre” que ahora toma la forma de “voy a arrasar y Lula hablará con Maduro para que me acepten en el CNE”. Este es el “nuevo mantra”. Quien plantee dudas o críticas a ese “mantra” -dependiendo de su nivel de “ser alguien”- es ignorado o destrozado por los hoy simpáticos famosos, infuencers, y brillantes nueva camada de politólogos y periodistas, de este sector de la oposición que “nunca se dobla”.

Pienso que Rosales en el pasado apoyó esa estrategia, porque creyó en ella, para aprovecharla, porque no quería problemas, por miedo a ser destrozado en redes sociales -algo en donde los de la “presión y el quiebre” sí son buenos- los motivos que sean, pero hoy no la respalda. Lo deja en claro. La última posición la escuché en una expo-inversiones realizada en Maracaibo el 14-9-23. El gobernador afirmó que “no regresaremos a la violencia y a la abstención”. Asumió su responsabilidad, “somos culpables”, terció.

Un Rosales con más contenido. En varios actos formales, he notado que Rosales lee, y no improvisa, cosa que me parece acertada. Que prepare y exprese sus ideas y con eso comunica que se toma su rol más en serio. El gobernador del Zulia quizás quiere representar a una franja de la oposición -en la que me inscribo- que no creemos en la estrategia de la “presión y el quiebre” ni en su petulancia de superioridad moral para juzgar a quienes no le rinden pleitesía como se vio en un comunicado de varios “figurones” de esos que encantan en la “Venezuela civil” -muy sabios en sus áreas y respetables, pero políticamente fracasados- quienes firmaron un texto que generó la molestia -justificada a mi modo de ver, por un mensaje tan prepotente- de José Guerra de PJ.

El grupo de la “presión y el quiebre” asume que tiene algo como una “moral licence” y hace y deshace a su gusto, y no se da o no quiere darse cuenta de sus errores. Cree que todo se resuelve con modales y “conversaciones entre adultos”. No. Demasiados fracasos tiene a cuestas que nos toca pagar a todos en la oposición, para seguir con esa superioridad ¿Qué dejó este grupo después de ser el favorito de los EUA, los “60 países”, manejar dinero y buen dinero; y llegar al 60% de popularidad? ¿Qué dejó, cuál es su balance? Que ponga los pies en la tierra. La “presión y el quiebre” es la estrategia más sobrevalorada de la oposición, y la que más fracasos tiene. Se impone como la “única” estrategia. Para sus promotores, no hay tal fracaso, sino que no se han dado las “condiciones objetivas” y están en un proceso de aprendizaje; “hay que intentarlo nuevamente”. Como resultado del reiterado desengaño, la promesa para el “quiebre” se corrió para 2024.

Por todo lo anterior, la alianza Rosales-Capriles es justificada. Es un contrapeso a un sector que cree que por “no doblarse” puede imponerse, para evitar el trabajo político de conversar con sus pares. La misma lógica de Chávez, por cierto, “quien votó por mi en 2006, votó por el socialismo”, y el comandante se creyó su mentira y la asumió como una licencia para cometer sus graves errores -con el silencio pusilánime del chavismo y del presidente Maduro incluido, quien ahora trata de recoger los vidrios rotos, un poco tarde- que los venezolanos pagamos con dolor, tristeza, y amargura.  

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Rosales se asume que habla con el gobierno y tomó la postura anti-sanciones y la ruta electoral, de manera clara, sin silencios o zigzagueos como fue durante los años del interinato. Rosales definió su nicho político y lo hizo de frente: no sanciones, elecciones, y diálogo con el chavismo, que contrasta con la posición dominante dentro del mundo opositor que es la de la “presión y el quiebre”.

Es posible que el gobernador concienció que si asume esas banderas tiene un espacio político para liderar, porque es un espacio vacío o mal liderado porque se hace con ambigüedad por temor a los de la “presión y el quiebre” que censuran y destrozan a cualquier persona que interactúe con el gobierno o no les rinda pleitesía, ahora que están simpáticos. Son expertos en despedazar personas en redes sociales. No la han hecho del todo con Rosales porque no ha entrado de frente en la primaria, pero lo hacen con Capriles.

El candidato de PJ y de UNT se dejó siquitrillar y hoy busca tener un perfil propio, en ese espacio de una política pugnaz, como hace Rosales. Este envió un mensaje claro a los de “la presión y el quiebre” (reloaded): “no vamos a acompañar aventuras”. Cuando dice que el Zulia será “decisivo” para las primarias, el mensaje es a ese grupo. En palabras de Rosales, “¿piensan que los zulianos estamos qué?”. Es decir, el mensaje es, “cuidado, aquí hay fuerza, no es que van a venir a carajearnos como hicieron en el pasado”. 

En resumen, mi hipótesis contra intuitiva es que Rosales concluyó que su mejor terreno es ser dirigente político y gobernador que ser candidato presidencial para unas elecciones inciertas en sus resultados (para la oposición). Por más incentivos que otorgue el ser candidato presidencial, ser dirigente ahora en el momento venezolano puede ser más rentable a mediano y a largo plazo para el gobernador del Zulia: seguir en el juego político. Tener “leverage” frente a María Corina Machado -si gana en la primaria- frente al gobierno, y frente a la oposición. No es lo mismo no perder ante María Corina que perder ante ella, y por una alta diferencia que es lo que prevén los estudios de opinión. Rosales se reserva para futuros momentos políticos. Es mi conjetura. 

Rosales “se metió en la candela” y asume un juego muy arriesgado porque el poder lo tiene el gobierno. Puede terminar, efectivamente, en un “lavarle la cara al régimen” a cambio de unas cuotas de poder sin eficacia y caer en la frivolidad de “soy el elegido por el régimen”, o puede ser una relación pugnaz que abra espacios de contrapeso frente al sistema autoritario. Es un juego delicado, que depende de la confianza, de la visión, y de la habilidad (de Rosales en este caso). Quizás por esto, cuando rechazó que instalaciones como el puente puedan ser usadas para fines políticos o para la violencia política, envió un mensaje al gobierno: construir confianza.

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Parte de la lógica de las expropiaciones o controles administrativos es que el chavismo -desde Chávez- vio que instalaciones o sectores podían usarse para fines insurreccionales. Como pasa con un conflicto político, la costumbre se hizo norma. Quedó la paranoia. Al ganar la gobernación del Zulia, el ejecutivo consideró que el puente, por ejemplo, podría ser empleado para una actividad insurreccional si está en manos de la oposición (en la gobernación). En lo que el gobernador del Zulia llama “luchar por lo que nos corresponde” -el puente, por ejemplo, pero también La Chinita o los peajes- se construye la confianza con el ejecutivo nacional.

Aunque seguro en el poder, el chavismo tiene su paranoia. Es lo que llama “el maleficio de la traición”, que distingue a esta corriente política. Está condicionado a que “nos van a echar una vaina” y por eso -junto a los motivos ideológicos- la necesidad de control. Es evitar ser sorprendidos. De aquí, también, la presencia de militares en la administración pública. No solo porque la institución es obediente y estructurada de manera jerárquica por lo que, en una situación de crisis, podrá responder de manera ordenada, junto a comprometer a la institución con el sistema político chavista y no se perciban como extraños a ese sistema, porque podrían conspirar.

Lo central es que los militares garantizan capacidad de respuesta para no ser sorprendidos. No será poco para el chavismo cuando Rosales solicite el puente, el aeropuerto, y los peajes. El chavismo evocará los intentos para derrocarlo por lo que no verá con agrado desprenderse de estas estructuras.

Aquí entran, por supuesto, los intereses y la inercia que produce administrar entes y estructuras, con las rentas que genera junto a sus “rent-seekers”. Quienes hoy las administran, no querrán salir de ellas. Pero lo político-ideológico es lo que define el control de las estructuras públicas. A la solicitud del Zulia, saldrá la paranoia del ejecutivo que, en manos de la oposición, el puente podrá ser cerrado para maniobras políticas, así como el aeropuerto. Es lo que el gobierno le dirá a Rosales y es la confianza mutua que ambos deben construir. De manera que no será una simple solicitud administrativa o de la descentralización, sino una solicitud con una importante arista política la que, para ser exitosa, implica construir confianza entre el gobierno y la oposición.

Esta relación se edifica. No puedo pronosticar el final. Rosales dio el paso y el gobierno también. Tal vez -como se dijo- ven en Rosales un interlocutor con estructura (un partido con votos).

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En el pasado, el chavismo negoció con factores de la oposición y de la sociedad civil, pero quizás no vio estructura y consistencia. O lo hizo por la coyuntura, los usó para sus fines, les hizo creer que serían los interlocutores, pero no fue así. El ejecutivo quiere un interlocutor político pero que tenga palabra, partido, votos, estructura, y no sea insurreccional. UNT y Rosales encajan en este perfil. El gobierno dio el paso. No es una relación de “colaboracionismo” sino una que se define en los hechos. Puede terminar en “colaboracionismo”, sí, pero hoy es una de incertidumbre.

Rosales comunica una relación institucional frente al gobierno, pero también de reclamo. Se recuerda que las competencias sobre el puente y otras estructuras estadales fueron quitadas en 2021, apenas Rosales ganó. El gobierno del Zulia las reclama en 2023. Casi dos años después. Hay un cambio entonces. Quizás construir la confianza inicial tomó 24 meses, y ahora se avanza a una relación más pugnaz. De reclamar, ahora que los interlocutores se tienen confianza. No es mucho lo que se puede analizar, más allá de decir que es una relación en incertidumbre. Puede avanzar, estancarse, o naufragar y volver a la situación previa a 2021.

Lo cierto es que las relaciones de poder en Venezuela se reconfiguran, desde lo existencial a lo agonal. Lo relevante será -como se ha escrito en los Informes- si es una reconfiguración que pueda avanzar a la alternancia en el poder o es solo para mantener una fachada. Es el riesgo, más para la oposición. Difícil que un sistema autoritario vaya a dejar el poder “porque si” ¿A cuenta de qué? Más cuando siente que gana la guerra, que su espera valió la pena, y que su estrategia comienza a tener algunos frutos que se traducen en un ambiente de estabilidad. Autoritaria, pero estabilidad al fin y al cabo y, además, que nadie cuestiona. Guste o no, el país disfruta de su paz, con apagones o sin apagones, con colas o sin colas para la gasolina, con agua o sin agua, con rumbas o sin rumbas.

Construir esta relación va a exigir mucho de Rosales. No sé si él -y las élites venezolanas en general- tiene la constancia para un reto así dentro de un sistema autoritario, que demanda tiempo. Los autoritarismos tienden a ser longevos y quienes los desafían pasajeros. Una cosa es la fama de zamarro que Rosales posee, y otra descubrirse como dirigente político en un ambiente distinto. Es un cambio más cualitativo que cuantitativo. No sé si el gobernador lo conciencia y tiene la madera. Es una travesía en el desierto.

El gobierno tiene esa disciplina. En lo que al poder se refiere, claro. La oposición no. Para Rosales, será desarrollar esa persistencia lo que supone, entre otras cosas, comunicar que tiene poder y estructura. Que tiene una base política. A esa base, habrá que sumarle ideas e integridad.

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Es todo un reto para un país cuyas élites son felices porque nada les afecta y casi todo es “montarse en la ola”, como se nota ahora con la “ola del voto, de la unidad, y del todos seremos necesarios” cuando hasta no hace mucho estaban en la “ola” de lo contrario. Son felices así. Sus vidas siguen más o menos igual con una inflación de 1% o con una de 100 por ciento. Son inelásticas. De aquí el “costo silencioso” que el país paga en su conflicto civil.

La disciplina que se requiere para confrontar un sistema autoritario no es de “olas” sino de largo plazo. No sé si Rosales tendrá esa capacidad y atributo como persona. Está a prueba como dirigente político porque debe ser eficaz en un ambiente distinto al que se formó, más centrado en la astucia, en el saber esperar, en la maniobra, pero no en la visión a largo plazo.

Queda ver cómo se da esta relación entre el gobierno y actores de diversa gama como el sector privado de la economía, algunos sectores de la sociedad civil como la Cruz Roja, y actores políticos con una vocación más allá de ganar y conservar espacios de poder, que puede ser el caso de Rosales. Como con la Cruz Roja, esta hipótesis también está a prueba. 



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