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La Lupa

Informe: ¿Qué pasaría si Maduro es reelecto presidente?

Con este artículo comienzo los escenarios si gana o pierde el gobierno o la oposición. Es decir, el famoso “día después”. No se centra en que la oposición y el gobierno deben conversar para un mínimo de gobernanza pase lo que pase. Es un oxímoron. Que el conflicto existencial parezca uno agonal. Parezca, no que sea. Es imposible hoy. Estos escenarios asumen un ganador o un perdedor. El de este lunes, es el escenario si el ejecutivo gana. Si Maduro es reelegido ¿Cómo puede ser la cosa? No muy distinto al presente. Luego de la euforia inicial por el “gran diálogo nacional”, el gobierno regresará a su inercia. Seguirá el sopor autoritario. Tres razones para esto: el gobierno sentirá que su estilo de gestión fue validado en votos, el “Maduro way of life”, y la naturaleza autoritaria y patrimonial del sistema político chavista. El letargo de gestión seguirá mientras que el chavismo se prepara para 2030, su gran meta

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Caracas / Foto: Semana.- Como escribí en mi columna para El Cooperante publicada el lunes 10 de junio -hace una semana- de esa fecha hasta el 28 de julio y después, los artículos abordarán el tema electoral, pero no desde la perspectiva de quién ganará o perderá.

Lea también: INM: Venezolanos lideran la ola de migrantes irregulares que pasan por México en 2024

Si hay alguna encuesta o información relevante que me permita hacer un pronóstico -al nuevamente advertir que no soy bueno para las predicciones electorales- lo escribiré. Por lo pronto, la famosa “carrera de caballos” no será objeto de mi análisis. La dejo a los ovacionados en tuiter análisis “objetivos e imparciales” que aciertan mucho, como se ve. Me concentraré en los escenarios para luego del 28 de julio, con una evaluación de las campañas previa a la fecha de las elecciones.

En este artículo examino el escenario si Maduro es reelegido. La semana que viene exploro el escenario si la oposición gana el 28 de julio.

Que el escenario de Maduro reelegido sea primero, no significa que vaya a ser un hecho. Como he señalado en varios artículos, mi primera opción es la victoria de Edmundo González Urrutia (EGU), pero no descarto la reelección del actual presidente.

Fuera de las variables propias de una campaña -el candidato, el programa, la comunicación y la “maquinaria”- pienso que pesará en el elector la estabilidad que hay en Venezuela. Lo que llamo la “paz autoritaria”.

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No es del todo descabellado porque, en sus contenidos recientes, el ejecutivo presenta como su oferta central la paz y la estabilidad. Lo que no sé es qué tanto pesará en los electores, pero tendrá una influencia. No sé si para ganar o para perder. Es lo que no tengo claro. La estabilidad es una variable latente, que no es manifiesta a primera vista. Se sabrá su influencia si Maduro obtiene la reelección el 28 de julio.

En una extraña nota de prensa que salió en varios portales y comentó un estudio de Datanálisis -que no sé si sea real, por lo raro de la nota- aunque invirtió los números -es una de las cosas extrañas de la nota de prensa- un 40% expresó que su situación personal es buena hoy día. No quiere decir que se traslade a votos a favor del gobierno, sino que la estabilidad tiene su peso.

Sin embargo, pienso que el votante optará por el cambio. Ahora sí. Tal vez antes no lo hizo porque esperaba que el ejecutivo cambiara. No sucedió.

El mejor momento para el chavismo fue luego de la elección de la ANC de 2017. El chavismo esperaba por un cambio de 180 grados. El gobierno inició un ajuste económico en 2018 pero no es suficiente. Corrigió variables, ciertamente importantes, como la inflación y el tipo de cambio, pero para vivir la cotidianidad. Para más nada.

Hoy estimo que el elector está en algo como salir de los “valores materialistas” para aspirar a los “valores postmaterialistas” en la expresión de Ronald Inglehart. De modo más sencillo, con la famosa “pirámide de Maslow”, la sociedad o buena parte de ella, quiere avanzar de las “necesidades básicas” a las “más elevadas”.

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El gobierno de Maduro ofrece las primeras y se puede disputar el cómo -lo básico, como dejó ver un reportaje de Crónica Uno del 13 de junio, en la que bachilleres de La Guaira hablan de sus expectativas universitarias, “Somos muchos los que deseamos ir a una universidad reconocida y no a una del gobierno, porque nos merecemos un futuro mejor”- pero no ofrece las segundas. Su mundo es lo básico (“las del gobierno, no las reconocidas”). Esta hipótesis se someterá a prueba el día de las elecciones.

Entonces, que comience con el escenario de la reelección del presidente Maduro no implica la primera opción. Además, es un escenario más sencillo que el escenario si gana la oposición, que lo veo más complejo. Es el “challenger” que le ganó al “incumbent”.

Hoy la opinión pública está en la euforia por la campaña, pero hay que hablar del famoso “día después”. El pronóstico es complicado. El conflicto venezolano es uno que se hace sobre la marcha. No está sujeto a recetas de política comparada las que, por cierto, han fracasado. No quiere decir que la ciencia política no tenga algo que aportar, sino que los cientistas políticos deben afinar los paradigmas para su objeto de estudio –la política en Venezuela- y sus instrumentos para el análisis. Esto es lo que yerra.

Haré un ejercicio exploratorio, abierto, inicial, de lo que puede suceder en Venezuela luego de las presidenciales de julio.

Como todo escenario, hay que partir de un punto. Algo como el centro de gravedad. Para este escenario, el punto de partida es la diferencia del ganador sobre el no ganador. Como regla general, mayores diferencias, darán al ganador motivos para imponer su programa o visión, sin reparar en los costos políticos. En criollo, se sentirá “guapo y apoyao” para imponer su agenda.

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Por “mayores diferencias” asumo una distancia mayor a los 10 puntos. Tomemos en cuenta, por ejemplo, que el mejor resultado para la oposición fue en 2015. Fue 56% a 44% en redondo. Es decir, 12 puntos. Por supuesto, fue una elección parlamentaria y la de 2024 es una presidencial. Es una sola circunscripción y un solo cargo que elegir. Lo que quiero decir es que no espero una gran diferencia, si bien no descarto escenarios “avalancha” a favor de EGU.

Por “menos diferencias” entiendo resultados que van de 10 a menos puntos entre el primero y el segundo.

En esta situación, pienso que el ganador, aunque no quiera, estará limitado para hacer lo que le plazca o imponer su punto de vista.

Aunque mi pronóstico electoral hoy se basa en el estudio de la firma Consultores 21 que se analizó en el artículo publicado el 13 de mayo y que, proyectado, ofrece una ventaja de 8 puntos a favor de EGU -al evaluar cómo se distribuyen los Ns/Nr a partir de su comportamiento real en la encuesta- al quedar 54% EGU y 46 por ciento para Maduro.

Mi escenario base parte que la diferencia entre el ganador y el no ganador tenderá más hacia las “menores diferencias” que hacia las “mayores diferencias”. A partir de aquí construyo los escenarios tanto para el gobierno, como para la oposición, y para el contexto político en general.

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El escenario para el gobierno, de ganar, es más sencillo. Simplemente porque ya está en el ejercicio del poder. Tampoco revela una gran voluntad para cambiar, para impresionar en cuanto a la gestión o iniciativas se refiere. Repite lo de siempre, “cambiar lo que haya que cambiar”. Ya no es creíble o menos. Para recuperarla, no hay que hablar del cambio hay que hacerlo.

Los escenarios para el gobierno no abordan que la oposición declare que hubo un fraude o un no reconocimiento si no gana, que es lo más probable que pase. Lo que falta despejar es cómo será esa declaración. Si un fraude a lo 2018 -otra vez buscar el famoso “quiebre de la coalición dominante”- o un no reconocimiento como hizo AMLO cuando perdió las presidenciales en dos ocasiones (2006 y 2012). O como hizo la candidata Gálvez de la alianza opositora en 2024: dirigirse al INE para impugnar los resultados. En México no hay llamados “a la calle” como pasó en Venezuela en 2013 y 2018. No entro en ese análisis.

Lo primero que hará el ejecutivo -ya Maduro lo anunció- será convocar a un “diálogo nacional jamás visto”. Esto no es mayor noticia. Es una información calichosa. Lo que preveo es que se dirá lo mismo. Fases que si “ahora viene lo mejor”, “los 800 mil diálogos”, etc que no son nuevas.

Básicamente lo que preveo es “más de lo mismo”. No pienso que en el diálogo surgirá algún compromiso novedoso sea en lo político o en lo económico. La razón es que si Maduro es reelegido, el gobierno lo interpretará como un crédito por parte del elector por lo que no verá motivos para cambiar sino, más bien, para seguir con la inercia en la que está muy bien (cierta oposición también, aunque lo niega).

El gobierno no comunica que esté ganado para pensarse a sí mismo. En el programa del lunes 10 de junio, la periodista Madelein García le preguntó al presidente qué cambiaría, qué rectificaría, qué haría en un nuevo gobierno. La respuesta de Maduro fue floja. Comenzó con lo del “poder popular”. La oferta es hacer 4 consultas al año para definir proyectos. Nada que impresione. Luego, habló sobre el ajuste económico el que, para el ejecutivo, se mide en dinero producido.

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En una reunión del consejo de economía productiva del 12-6-24 Maduro avisó que el Seniat ha recaudado en lo que va de año cerca de 5.000 millones de dólares. Informó que la producción petrolera se acerca al millón de barriles diarios. Es decir, recursos que son la urgencia del ejecutivo. Eso sí, que no sean de “la maquinita para imprimir dinero”. El presidente “en su etapa ortodoxa”. Terminó la respuesta a Madelein con lo que le encanta. Ya no habla de “los apellidos” sino de “los patarucos”. Aquí se extendió y habló con los afiches de candidatos como Ecarri, Brito, Martínez, Ceballos.

En la respuesta de Maduro ninguna autocrítica, ninguna observación, ningún reconocimiento a los errores de su gobierno, ninguna oferta innovadora. Nada. Solo el “poder popular” y los “patarucos”. Es evidente que el ejecutivo, de ganar, no ofrecerá ninguna innovación de peso. Seguirá el sopor autoritario. Veamos tres casos del presente que vaticinan la continuidad en el letargo en la gestión en el futuro.

En el primero, hubo protestas de presos las que, curiosamente fueron pacíficas y no han tenido eco en el mundo opositor el que reclama protestas. Hubo una y pacífica en 51 penales y de familiares de los reos.

Las protestas son, entre otros motivos, por el “retardo procesal”. En teoría, se debió superar con la comisión de justicia y las iniciativas que esta instancia tomó desde la AN en 2021. Estas iniciativas fueron analizadas en ese entonces para El Cooperante y algunas de ellas las valoré de manera positiva, con un reconocimiento tanto al ejecutivo como al parlamento.

Sin embargo, a la luz de las protestas, los resultados de estas modificaciones no son buenos o no son duraderos. El problema aparece nuevamente. Es decir, la burocracia penal no se corrigió.

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Esto revela las limitaciones del gobierno, salvo que la gestión de la anterior ministra haya sido tan mala, que la lentitud judicial apareció otra vez. La ministra saliente, por cierto, no duró ni dos años en el cargo (fue designada en febrero de 2023). Otra vez se repite el discurso de “acabar con las corruptelas en las cárceles. No puede ser que al detenido se le cobre por trasladarlo hasta el baño” como afirmó el presidente en un programa de radio del 11-6-24 expresión similar que dijo en 2021. Es lo mismo. La política venezolana vive del drama de quienes realmente la sufren.

Sin embargo, con el tema de las cárceles hay que matizar. Hay protestas, sí, pero quienes lo hacen reconocen al Estado. Las manifestantes gritaron “queremos al ministro” quien estuvo de visita en las prisiones. Otra manifestante mencionó a Maduro. Incluso, hablaron en el lenguaje del ejecutivo, “plan cayapa” o “mesas técnicas”.

No hablaron de la AN, de la fiscalía, de la oposición. Solo piden al ejecutivo. Puede ser la realidad que es el gobierno el que puede solucionar. Lo que llama la atención es el reconocimiento al Estado de manera exclusiva. Así como personas se abrazan a María Corina, personas reconocen al Estado. Es el pueblo en estado de necesidad que reconoce o busca a quien cree puede solventar sus problemas, sea el presidente o Machado (todavía estamos en una etapa positivista en la que nuestras felices y exitosas élites ven al pueblo como sujeto de necesidades, el “pobrecito” y viven de eso). No parece haber una reacción en contra o anti, sino buscar al Estado. Se reconoce su legitimidad. 

El otro caso es en el ministerio de las comunas. Es el segundo ministro en menos de 4 meses. El anterior fue designado en febrero de 2024, y muy elogiado por Maduro porque venía de la secretaría del Consejo Federal de Gobierno (CFG). Tengo una hipótesis para explicar este cambio en particular.

No es solo por las elecciones -agilizar la aprobación de proyectos- sino que Maduro ve en lo comunal un eje de su gestión y uno central si es reelegido. Nombró como ministro a una persona que viene de una comuna muy elogiada por el chavismo llamada El Maizal ubicada en el estado Lara.

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Posiblemente el anterior ministro no tuvo la agilidad para aprobar los proyectos -quizás fue una persona de método, al venir de una instancia técnica como la secretaría del CFG- ya en un puesto político como ministro.

Mi hipótesis es que Maduro quiere no técnicos sino políticos con capacidad de ejecución que es congruente con su personalidad. Maduro comunica no tener mucha simpatía hacia los técnicos. Lo más cercana a lo que puede ser un técnico en el gobierno es la VP Delcy, pero no es técnica-técnica. Es una política con una orientación técnica, aunque bastante ideológica. No es una Claudia Shienbaum, más técnica que política quien, de acuerdo a un perfil que leí en El País, la mexicana como científica, decide “basada en la evidencia”, atributo que encanta en cierta opinión opositora “objetiva e imparcial”.

En beneficio del presidente, Maduro no es muy distinto al político promedio venezolano y quizás del mundo. Entre un competente crítico y un incompetente leal, el político selecciona al segundo. Es “una ley del poder”. Los “flatterers” se cotizan alto y suben más rápido al poder. 

Finalmente, en dos hechos de las últimas visitas a estados realizadas por el presidente. Concretamente a Mérida. Propuso la energía solar para producir electricidad. Salvo los medios oficiales, esta idea no generó reacción. Pienso que las personas la tomaron como “más de lo mismo”. Una promesa que no se concretará. Para que el gobierno sea creíble, no es una promesa, sino el inicio de los trabajos o, mejor, su finalización. No decirlo, mostrarlo, “obras son amores”.

En otra actividad, el presidente, para mostrar que “obedece al pueblo”, “carajea” a sus ministros. Fue noticia el “quítate de aquí” al de comunicaciones durante un templete, y en Mérida, le dijo al ministro de transporte para acomodar una vía. Este habló de 30 días, pero Maduro le ripostó y le dijo te “doy 20 días y si te tienes que mudar, lo haces”, para mostrar que es “arrecho” que es algo que encanta a las figuras de poder venezolanas y a sus públicos en redes sociales -también en la oposición- para compensar su incompetencia y el exceso de jalabolas con los que carga encima.

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En los ejemplos está el problema del gobierno: no se puede tener una gestión así con promesas que vienen una y otra vez o “carajeando” a ministros ¿Dónde está el plan vial para Venezuela? ¿Dónde está el plan para la energía solar? Son 25 años con todo el poder: gobernadores, alcaldes, “padrinos y protectores”.

El gobierno de Maduro no los tiene o si los posee, “son un secreto muy bien guardado”. No se puede tener una “gestión por aclamación” en función de los sitios que se visitan, para que la gente aplauda. Es mediocre y una falta de consideración para los ciudadanos y los ministros. Pero el presidente cree en eso, que una gestión es mostrar que “es arrecho” para los aplausos de un público que no ve que sus demandas sean atendidas.

Los tres casos tienden a respaldar la hipótesis que, de ganar Maduro, su gestión no tendrá mayores cambios. Serán personas con un perfil similar, la novedad relativa es que se busca sean exitosas en sus áreas, pero el problema es que una cosa -en este caso para el ministerio de las comunas- es ser comunero y otra ser ministro. Hay un “Principio de Peter” en los funcionarios chavistas cuando los pasan de una instancia a un ministerio. Se burocratizan y se ajustan a las mieles del poder.

Es la entropía del poder chavista que es cómodo porque no tiene ningún tipo de supervisión como se observó en el caso de la corrupción en PDVSA o los constantes cambios de ministros.

Las autoridades actuaron después del robo, no antes. El Aissami engañó a todos o todos quisieron ser engañados. En los dos casos, es porque los pesos y contrapesos no existen. Maduro puede darse el lujo de experimentar y cambiar ministros a los meses de designarlos. Es difícil una gestión si los cambios de ministros son cada pocos meses o años. Pero el gobierno no se siente obligado a evaluar su eficiencia. El costo lo paga la sociedad, que aguanta.

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¿La AN debatirá el tema de las cárceles cuando el nuevo ministro viene del parlamento y de esa comisión? En enero de 2024 el entonces diputado García Zerpa anunció que “54 mil privados de libertad fueron excarcelados de diferentes centros penitenciarios del país en dos años y medio”, de acuerdo a la información publicada por 2001 ¿Qué pasó, entonces, por qué las protestas de presos si se liberaron tal cantidad de detenidos, que es inmensa?

La inercia del gobierno ya tiene vida propia. La dejó ver una entrevista que no tiene que ver con el tema. La hecha por Celina Cárquez al rector Juan Carlos Delpino y publicada por el portal Efecto Cocuyo el 11-6-24. No voy a hablar sobre lo electoral en la entrevista. En sus palabras -no sé si con esa conciencia- Delpino dejó ver la inercia del gobierno que ya tiene vida propia y es difícil que cambie. Veamos.

Quizás el rector se hace eco de lo que pasa en Venezuela y que es el problema de fondo para el gobierno. Las instituciones de la carta magna no funcionan. El ejecutivo quiere una de fachadas pero que no funcionan como establecen sus propias normas. Una pomposidad tipo “saludo a los rectores” en los actos oficiales, pero al mismo tiempo, “carajea” a los rectores para que no se expresen. Eso sucede en otros poderes. Se recuerda el regaño de Jorge Rodríguez al diputado Bruno Gallo por la opinión de éste cuando falleció el presidente de Irán, en la sesión de la AN del 21 de mayo. Es decir, el lugar para “parlar” no es para hablar. Las instituciones no funcionan ni siquiera en su vida interna. Es una situación que no se resiste.

De la entrevista a Delpino, lo más relevante para el análisis -junto a lo de “tenemos un censor en la secretaría”- es cuando señaló que, El país necesita que se sepa qué opinan cada uno de los rectores. Amoroso cree que el ente comicial es como la Contraloría donde él decidía todo. En el Poder Electoral no se respetan ya ni las formas. Sin embargo, para todo me entiendo con el vicepresidente, Carlos Quintero, a quien sí le preocupa el tema de la institucionalidad a pesar de su posición política, y tampoco está cómodo con la situación. Todo lo resuelvo con él. Quintero viene de la escuela de Tibisay Lucena, en la cual, pese a la tendencia política, se respetaba el proceso técnico e institucional y uno podía participar e incidir. Debemos restablecer el proceso de sesiones en el organismo y que se imponga el debate de las decisiones que se toman como Poder Electoral” (subrayados míos).

En esta cita está la nuez del mensaje de Delpino, especialmente lo último, “Debemos restablecer el proceso de sesiones en el organismo y que se imponga el debate de las decisiones que se toman como Poder Electoral”.

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Lo anterior es el gran problema del ejecutivo en general. Es que ni siquiera la “institucionalidad autoritaria” funciona en su propia lógica. Con Chávez ya eran instituciones autoritarias pero que funcionaban con cierta lógica y procedimientos que hoy, con Maduro, desaparecieron y lo que se busca es como en la AN, una suerte de relación “mando-carajeo-obediencia”. Es lo que Delpino critica.

Por supuesto, el rector se adelanta al día y la noche del 28 de julio y hace pública sus críticas para ver si disuade esta relación de “mando-carajeo-obediencia”.

Este es el escenario global si Maduro es reelegido: cambios de ministros, diálogos, pero al final se impondrá la inercia. Todo seguirá igual.

Pero el escenario general tiene algunas aristas que hay que examinar.

No veo que vaya a buscar un diálogo con la plataforma unitaria. Tampoco irá en contra de ella ni siquiera en contra de María Corina. Los primeros momentos del gobierno reelegido serán de tranquilidad.

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Sí preveo que el gobierno va a focalizar en grupos específicos para captarlos o ponerlos bajo su discurso. El último grupo fue el de los adultos mayores, con el anuncio de un ministerio para este sector. Esta representación de grupos desde el gobierno se mantendrá.

El Maduro reelegido será, en las primeras de cambio, un presidente que buscará cooptar a grupos sociales para ponerlos bajo control o en la zona de influencia del chavismo.

Sí es probable que, si la elección no es conflictiva, mejoren las relaciones con los EUA y países que hoy tienen reservas hacia Maduro. Las van a mantener, solo que van a relacionarse con menos distancia con el gobierno.

Hay dos variantes en el escenario importantes. 

El primero, es la reacción del pueblo si Maduro gana. Es decir, la sociedad puede asumir que, si Maduro gana, ahora hay que hablar de los problemas del país porque serán 6 años más. El aguantar ya no cabe porque será un ejecutivo hasta enero de 2031. Con las diferencias del caso, algo como le pasó a CAP luego de ganar en 1988, aunque sin el 27 de febrero. Luego de la victoria, los problemas acumulados durante años salieron. Algo puede pasar ahora ¿Las protestas por el tema de las cárceles y por el “retardo judicial” serán un antecedente de lo que veremos si el gobierno gana en cuanto a protestas se refiere?

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Lo que quiero decir es que a pesar que el gobierno buscará cooptar a grupos específicos con políticas sociales particulares, la sociedad puede razonar algo como, “bueno, Maduro se queda, aguanté para ver si había un cambio, no lo hubo, ahora hablo de los problemas acumulados que tengo, que gobiernen, no voy a esperar a 2030”, y comienzan a brotar los agravios sociales acumulados. El público le dirá al gobierno, ahora con más firmeza, gobierne, tenga una gestión porque se quedará hasta enero de 2031.

Lo segundo que observo es que se perfila una suerte de “corriente renovadora” que encabeza el hijo de Maduro, Nicolás Maduro Guerra. Este se construye como un “conocedor del modelo chino” y entró a la UCV para estudiar un doctorado en ciencias políticas. Es decir, una persona moderna, de avanzada, que no se ajusta al estereotipo de chavista.

Lo que parece configurarse es algo como que “los viejos” tipo Maduro y Cabello, son la “generación para la estabilidad” y para las condiciones para una mejora en la economía nacional. Una vez que ésta se asiente, entran los “jóvenes” como Maduro Guerra que son los que parecen creer o promover el “modelo chino” o el “modelo vietnamita”.

Maduro Guerra, por ejemplo, afirmó que hay cambiar leyes en Venezuela para ajustarla a un modelo de crecimiento económico. La hija de Cabello, Daniela, preside una instancia que se llama “Marca país” que es un espacio para promover las oportunidades de Venezuela.

Entonces en el chavismo se configura una nueva generación “capitalista-patrimonial” o “modernizadora-hegemonizadora” junto a otra nueva generación, pero más política en el sentido de las consignas y los valores tradicionales, tipo los dirigentes de la OBE o personas como las Garvet, más de decir consignas y ñangarosos.

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Los hijos de los jefes son menos consignas y más con una formación y discurso menos ideológico. Seguramente de aquí vendrán los reemplazos para el chavismo. Las elecciones parlamentarias y regionales de 2025 pueden ser el primer ejercicio para promover a los cuadros chavistas de relevo, sean gerenciales o de consignas.

Al recapitular ¿Qué significa la eventual reelección de Maduro? Honestamente, no creo será mayor cosa. Seguirá la inercia. Por tres razones.

La primera, si gana, el gobierno sentirá que su estilo de gestión fue premiado, reconocido ¿para qué innovar o cambiar si como es fue votado para seguir 6 años más? “Dejen quieto al que está quieto” o “no jurunguen lo que funciona”, será la lógica que vencerá.

La segunda, es la visión de Maduro. El “Maduro way of life”. La visión del presidente es una vida feliz y básica. No es una visión que comunique proyectos en grande -aunque hay excepciones como los trabajos que adelanta el Ministerio de Aguas en El Encantado en Miranda y en La Goajira en Zulia, pero son excepciones- sino cosas pequeñas como el 1 x 10 “del buen gobierno” o las “Bricomiles”, de las que el mandatario se siente muy orgulloso. Fuera del discurso de lo pequeño para llevar una vida, no hay más nada. Su visión es “Dios proveerá” ¿Para qué hacerlo diferente, entonces, si siempre El Señor proveerá? (no lo escribo a chanza, mi mamá fue ferviente creyente en esa expresión; decía en los tiempos complejos, “Dios proveerá”).

Finalmente, la naturaleza autoritaria del sistema político chavista. Autoritaria porque no hay pesos ni contrapesos independientes. Empero, Maduro sigue una tendencia mundial de gobiernos autoritarios porque las sociedades están desesperadas por el orden. El de Maduro no es uno competente, pero sí es uno donde hay una estabilidad.

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El gobierno no cambiará su gestión, no será más competente, seguirá la “paz autoritaria”, las elites en sus grandes vidas -la que incluye la de la oposición que “no se dobla”, que seguirá en la comodidad de la denuncia desde tuiter- el pueblo en su tranquilidad y ganarse la vida; Venezuela rumbo a la gran fecha para el chavismo: 2030, el bicentenario de la muerte de El Libertador.

El escenario de la inercia no es el que me gustaría en caso que Maduro gane, pero no veo otro. La burocratización del gobierno es inmensa. Cómodos en sus grandes vidas. Es lo que hace de Venezuela un país, en general, conservador e inercial. Es que es sabroso mandar, sea en el gobierno, o en la oposición. Se puede vivir de eso, tranquilamente. Se le pueden sacar rentas a los problemas de la sociedad sin ningún tipo de disonancia, reparo moral, o conflictos de intereses. Es sabrosa la división entre la “Venezuela de las elites” y la “Venezuela de los empleados”.

Aquí no veo el “best system approach” para emplear la expresión de Nohlen. La que pudiera aproximarse al caso venezolano es la “democracia consonciativa” de Arend Lijhart con base en la carta magna de 1999, pero ni eso. Venezuela es una sociedad tremendamente dividida en sus elites. Hay mucha sed de venganza que se oculta en la “justicia y la reparación”.

Entonces, no tengo idea sobre cómo el país vivirá una inercia de un gobierno que sentirá que no debe cambiar en lo esencial. No sé si la sociedad aguantará o no 6 años de un letargo en su vida. Tampoco veo las negociaciones gobierno-oposición para ciertas reglas o acuerdos para que Venezuela sea algo viable. De hecho, las declaraciones del rector Delpino rompen esa posibilidad porque lo que existía, al menos hasta su entrevista, era una suerte de acuerdo informal para manejar las diferencias dentro del directorio del CNE.

No cargo contra el rector Delpino porque expresó que el directorio no se reúne. Eso carga contra el presidente del CNE. Lo que quiero decir no es “buscar un culpable” sino que si había un canal de comunicación dentro del directorio del CNE, a lo mejor ya no existe. El ejemplo del CNE se puede generalizar. Esa gobernanza no parece posible. Queda el desierto de la inercia.

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El lunes próximo me meto “más hondo” con el escenario si la oposición gana. Es un escenario más complicado por la cantidad de variables que intervienen, pero trataré de hacer el intento.






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