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“Jamás pensé en ser un refugiado”: El drama de los venezolanos que cruzan la frontera hacia Colombia

El Cooperante | 12 febrero, 2018

Caracas, 12 de febrero.– Contrario a lo que se puede pensar, el paso fronterizo entre el estado Táchira y Colombia es silencioso. Lo que sí se oye son las ruedas de las maletas sobre el cemento del puente Simón Bolívar. Algunos cruzan para adquirir alimentos y medicinas en Cúcuta y otros se van de Venezuela para siempre.

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Un reportaje del diario español ABC detalla que quienes emigran, son fácilmente identificables: van cargados, el pasaporte en la boca y en la mano libre, la Tarjeta de Movilidad Fronteriza (TMF). Todos miran hacia delante tratando de adivinar qué les depara el camino.





El paso fronterizo es lento por el volumen de gente, pero no es complicado. Las autoridades colombianas también guardan silencio, atentas a captar a quienes entran a Colombia con productos prohibidos. Carlos Luna, director de la Cámara de Comercio de Cúcuta, calcula que habrá en Colombia unos tres millones de venezolanos.

Recientes informes oficiales hablan de 37.000 venezolanos que cruzan la frontera cada día para conseguir comida, medicinas o un trabajillo informal para reunir algo de dinero y regresar. De esos, unos 2.000 se quedan en el país. En Cúcuta están entre 15 y 18 días para reunir el dinero del pasaje a otro destino, aunque muchos prefieren ahorrárselo y cruzar a pie el páramo de Berlín (a 3.200 metros sobre el nivel del mar para ir a Bucaramanga. Es la nueva gesta bolivariana.


Del lado colombiano, se comercia con casi todo, hasta con cabello humano. Las melenas de pelo sano, sin teñir y largos son oro para los fabricantes de extensiones. Pagan hasta 40 euros por un buen mechón. Otros prefieren ir hasta el local de compraventa de joyas a ver qué logran.

Los que se quedan en Cúcuta aprenden rápidamente el coste de la vida. Si van de paso, hay albergues para 48 horas, con cama limpia, baño y comida, como el Centro Transitorio que administra la Cruz Roja. Pero otros quedan atrapados en la ciudad: 1.000 pesos por una ducha, otros 10.000 por noche en habitación compartida con tres personas más. Por eso se instalan en plazas y parques, generando rechazo y sensación de inseguridad.

El padre José David Caña conoce bien las necesidades de los que llegan a Cúcuta. Hace un año, abrió el albergue Divina Providencia, famoso por dar desayuno y almuerzo a los venezolanos. El día en que sirvió 3.000 raciones en una sola jornada entendió que la crisis en la frontera estaba desbordada y tomó la decisión de poner orden en la casa. Hoy atiende prioritariamente a mil personas, entre niños, mujeres embarazadas y ancianos.

Danny Márquez un venezolano que recibió ayuda de la iglesia comenta: “Los venezolanos no estamos acostumbrados a emigrar, queremos a nuestro país. ¡Pero mírenme aquí! Jamás pensé en ser un refugiado”.

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