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La Lupa

La acción política de hoy: hacer pedagogía política

La política en el mundo parece que perdió los cabales. Hay una ansiedad general por el curso de eventos mundiales. La invasión de Rusia a Ucrania, los “populismos”, las decisiones de la Corte Suprema de los EUA, los resultados electorales en Colombia, la visita de una delegación de los EUA a Venezuela, la “amenaza progre”; hay casos para todos los gustos, análisis, y hasta para los “conspiranoicos” quienes, para todo, hallan un motivo único y simple: el “imperio” o “los cubanos” en el caso de Venezuela. Es el signo de los tiempos ¿Cómo entrarle a la política en un mundo caracterizado por las “guerras culturales” y de identidad? Hoy no se debaten las visiones sobre las cosas, sino la naturaleza misma de las cosas. Si fuera político ¿qué haría? Pedagogía política. Eso sí, no sería un “hablagolpiao” limitado a la “denuncia” o un “venezolano respetable” horrorizado por el avance de los “bárbaros”, y su única apuesta es que la “historia lo absolverá”. No quiero ser así. Me fajaría a hablar, explicar, escuchar, y a ser interpelado. No por redes sino cara a cara ¿Alguien de la vida real que se acerque a esta manera de hacer política? El que más llega es Macron. Se ve que le gusta ir al público, aunque le tiren un tomatazo. Mi “receta” son las tres P: partido, programa, y pedagogía. Así le entraría a la “loca” política de hoy

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Caracas.- Esta reflexión parte de un descontento por la manera cómo se hace la política hoy. No es restringido a Venezuela, sino en general. Los dos extremos para abordarla –aquí sí en Venezuela- no me convencen.

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Por un lado, el estilo “hablagolpiao” y de la famosa “denuncia”. Los políticos que son reporteros de la crisis. Una carrera política o un precandidato para algo se hace con unas “denuncias”. Más nada. En tuiter creen que “estar con la causa” es “denunciar”. Pero hasta allí. 

Cuando Américo Martín murió, en varias cuentas de tuiter, leí que será recordado porque “denunció sin ambages al chavismo”. Una vida tan interesante como la de Martín se aspira sea recordada solo por la denuncia. Para mi es triste. Pero esa es Venezuela. Le fascina ser así. 

Eso me puso a pensar cómo me gustaría ser recordado cuando me toque ir a Tierra Santa.

No me gustaría ser recordado por la “denuncia” o que “denunció sin ambages al chavismo”. No. La crisis ha hecho que uno se aleje de los lugares comunes de los grupos cómodos de Venezuela, pero que proclaman estar “en la resistencia” (con una buena hamburguesa, claro).

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Me gustaría que me recordaran –si me recuerdan- por algo como “tuvo el valor de expresar sus opiniones, aunque fuesen en contra de la corriente”. Como docente, no me gustaría ser recordado como “mi profesor que me habló de la libertad”. Venezuela está llena de autoritarios que hablan “bonito de la libertad”. También me parece muy cursi. Me gustaría que me recordaran –si sucede- por algo como, “nunca faltó a clases” o “fue muy profesional en su trato”. Cosas más instrumentales y menos cortesanas que encantan a la sociedad venezolana obsesionada más con el “qué dirán”, que en ser competente o útil.

En el otro extremo de los estilos políticos de Venezuela, está el de la “conversación civil”. El de las “instituciones” (dicho con pompa). La gente “respetable” que contempla espantada el avance “de los populismos” y cuya única apuesta es que la historia los absuelva porque, al final, tendrán razón. Es cuestión de esperar y, mientras, hacer las “denuncias” y llevar la mejor vida posible que se pueda en el mundo de “los bárbaros”. 

Los dos extremos me parecen fuera de la realidad del mundo de hoy, caracterizado por la volatilidad. 

Este artículo parte de esa incomodidad. La pregunta sería ¿cómo ser moderado en política sin ser un “hablagolpiao profesional” de la “denuncia” o un “sensato aburrido”?

Por moderado no entiendo lo que puede ser la definición de calle, que si personas sin posiciones, “tibias” -término que encanta a la cómoda resistencia de Venezuela- fresitas, que no tienen consistencia, que “quieren estar bien con Dios y con el diablo”, un “tirito al gobierno y otro a la revolución”, etc. Tampoco considero que moderado es sinónimo de centro. Centro es estar equidistante de dos puntos. Moderado es sentido de los límites, de las proporciones. No voy a entrar a teorizar -tampoco es mi campo- sobre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad de Weber. No son antinómicas, por cierto. Una es el acelerador, la otra es el freno, si lo veo en términos de manejo o velocidad.

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Uno de mis mejores profesores cuando estudié la carrera de estudios políticos, fue el profesor Diego B. Urbaneja. Me regaló un libro de Raymond Aron, “El amanecer de la historia universal”. De ese libro, me quedó un punto que me ha acompañado en mi vida profesional. En venezolano, evitar ser “mánager de tribuna” en asuntos políticos o, mejor dicho, del poder. En su libro, Aron hace la misma pregunta de Weber, “¿qué haría usted si estuviera en el gabinete?”. Es una “máxima” que me ayuda a evitar ser pontificador, a ponerme en los zapatos del actor político, y me da una perspectiva para solucionar, para hacer, para no quedarme en la “denuncia” y los aplausos de tuiter. Por eso en muchos de mis artículos para El Cooperante, escribo “en sus zapatos, hubiera hecho X o Y cosa” o “habría hecho X o Y cosa”. Es decir ¿qué hubiera hecho yo en la posición de tal persona o en una situación determinada, en vez de pontificar o “denunciar”? No se trata de descomponer a una sociedad como las piezas de un reloj a lo Hobbes para su Leviatán, o escribir un Príncipe como guía para gobernar en unas repúblicas italianas caóticas. Simplemente, cómo se vería un moderado en la política de hoy o, mejor dicho, qué haría.

Esta reflexión nació por las recientes decisiones de la Corte Suprema de los EUA en cuanto a portar armas en público, el aborto, y el derecho a rezar en lugares públicos por parte de funcionarios. Se agrega para esta inquietud, la invasión de Rusia a Ucrania en la que el primer país parece tomar una nueva ofensiva; y el estado de la política en general, que está en lo que en la calle llaman “los populismos”, aunque no tengo esa visión tan negativa del término. Como Cas Mudde, considero que el populismo tiene una función de voz a lo Hirschman, dentro de un sistema político. La voz de los perdedores, no la de los ganadores, aunque es la voz de los que quieren ser ganadores. Como socialdemócrata, me siento más cercano a los perdedores que a los ganadores. No tengo esa tirria al populismo, pero en la calle, el término significa políticos que manipulan emociones para llegar al poder y rompen con las instituciones, o “bárbaros” que acceden al poder político por medio de los votos de los “resentidos”.

Si el ser moderado es tener un sentido de los límites y de las proporciones ¿cómo actuar en un mundo en donde no hay límites ni proporciones en la política, y aún así, tener éxito en los temas del poder?

Reflexionaba sobre lo anterior para escribir mi futuro (este) artículo, cuando mi colega y antiguo alumno, Guillermo Tell Aveledo, me envío la referencia de un podcast del sitio británico “The Rest is Politics” (@RestIsPolitics), conducido por Alastair Campbell y Rory Stewart. El entrevistado fue el exprimer ministro de UK, Tony Blair.

Al momento de escribir este artículo –día 3-7-22- he escuchado los primeros 10 minutos de una conversación de casi 60, pero me dio un fresquito no estar tan perdido en mis reflexiones y cómo actuaría en la política de hoy. No diría que Blair es un modelo para mí, no solo por lo de Irak, sino porque tomo distancia de los socialdemócratas que tienen un estilo de vida como muy boyante, así sea por “su talento y su esfuerzo”. Nobleza obliga y si eres socialdemócrata, en un mundo caracterizado por la desigualdad, la austeridad en el estilo de vida es importante. Pero lo escucho o leo. O a sus cercanos. En mis tiempos en AD –a finales de los noventa hasta 2001- leí a Giddens y su conocido libro “La tercera vía”. Lo tengo en mi oficina, todo rayado y con notas. 

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En el podcast, Blair comentó tres cosas importantes en esos primeros 10 minutos: hay un problema en el “supply side” de la política –los políticos y los programas- la definición de lo que es el centro político que es contingente a las situaciones –no hay como “una” definición de centro político- y, finalmente, que el populismo es un mensaje de los electores que hay que escuchar, y tener menos la actitud de la “gente sensata” albacea del “mundo liberal”, horrorizada por el regreso “de los bárbaros” a través de los “populistas”.

En los zapatos de un político, lo que haría es pedagogía política. Hablar, hablar, hablar; escuchar, escuchar, escuchar; debatir, debatir, debatir, con diferentes grupos, propios y extraños. Amablemente o de manera pugnaz. El contacto directo. Sé que las redes sociales acercan con el público, pero no me limitaría a ellas. Rodolfo Hernández se dio a conocer con TikTok pero no ganó la segunda vuelta. En Venezuela, el presidente Maduro se le metió en la cabeza que los problemas de los servicios públicos se resolverán con una denuncia en TikTok, y no con inversiones y profesionales competentes. Las redes son necesarias, pero no suficientes, así como el dinero y los fondos para una campaña electoral no ganan elecciones por sí solos. El “interinato” tuvo y tiene un generoso presupuesto, pero está lejos del poder. 

Ser un comunicador pero no limitarme a los comunicados muy bien escritos pero empalagosos y poco eficaces, con un estilo de “todo está bajo control”. Hoy es un momento estelar porque la política es contacto humano, es hombre/mujer con hombre/mujer y no contra hombre/mujer (a lo mejor para el enfoque de Carl Schmitt sí). Llámalo “populismo” si quieres, pero es contacto.

¿Cuál figura política en ese estilo? Un Kennedy, un Reagan, un Betancourt –más pedagogo en lo escrito y en la disciplina de contactar, de buscar, de moverse- un Caldera, bien denso y sólidos en sus escritos; si lo vemos en la Venezuela reciente, un Chávez en esa capacidad de simbolizar problemas o temas complejos de la sociedad. Buscaría ser un entrepreneur del significado, lejos de la sensatez fastidiosa de un lenguaje que se siente tan lejano, tan abstracto, tan de “señoronas y señorones en los grandes salones” preocupados por el “pobre pueblo”, o el lenguaje de los denunciantes profesionales. Ese estilo de “llegaron los arrechos”, que ya no impresiona. 

Un estilo como el de Macron que no le da miedo ir al público, aunque le tiren un tomatazo o le digan “sus cuatro vainas”. No lo hace para que le tiren huevos; no es “masoquismo”, sino que en ese acercamiento es en donde puede producirse la interpelación al ciudadano y al político. Es de doble vía.

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En ese romper con lo esperado, con el guion –un presidente no hace eso, porque llega “la seguridad” y aleja al publico- está la influencia, está la ruptura que permite el contacto con un público que no lo espera, que no quiere creer nada, solo reforzar su mundo que recibe a través de sus redes sociales, y creer en sus particulares conspiraciones. Ese estilo de Macron de ir al público me agrada y me parece más realista para el mundo de hoy. Ganó la presidencia, en las legislativas no logró la mayoría, pero a lo mejor por eso, por ir hacia el público. Para parlamentar. Tal vez los franceses quieren un parlamento para parlamentar sobre tantos asuntos públicos.

Pero Macron me produce lo mismo que Capriles: gente que no se atreve a ser lo que puede ser, atrapados en sus complejos, miedos, y en el “qué dirán” (de las redes sociales, si aplica). Con todo, el estilo de Macron es el que escogería. Buscar a los diferentes y propios, y hablar, hablar y hablar; escuchar, escuchar, escuchar, aunque salga un tomatazo ¿Quién dijo que la política hoy sería segura? Para los riesgos, está la esperanza como la conceptualizó Santo Tomás.

Estamos en una “critical juncture” como dicen los estudiosos de los cambios globales, y el riesgo y el azar son lo único seguro ¿Por qué huirles, cuando la esencia de la actividad política es esa, como deja ver Prezerworski, cuando la define como la “administración de la incertidumbre”? No de las “certidumbres”. Tal vez así fue el mundo hasta 2008. Luego, todo se desparramó y no hay nada seguro, pero hay que dar certezas. 

Sí evitaría –aunque la evidencia en psicología social me desmentiría, pero igual lo sortearía- la construcción endo-exogrupo para referirme a grupos o personas. Es bien difícil evitarlo porque es un mecanismo de ahorro cognitivo. Es una heurística. En cristiano, evitaría el “nosotros-ellos”, en todas sus versiones: civilización versus barbarie, buenos y malos, el mundo libre versus el mal, los demócratas y los no demócratas, etc. Hacerlo nos llevaría a un punto muerto. A la portada del New Yorker. Los EUA como “casa dividida” entre los “blue and red states” que tal vez sea el futuro de ese país y el de muchos otros, incluyendo Venezuela, que en un sentido ya lo es. Mi suerte en la vida ya no será por mi “talento y esfuerzo” sino si vivo en un “estado azul o rojo”. Ese no puede ser el clivaje político del futuro o “normalizado”, como hay señales. 

No apelar al endo-exo requiere de un gran coraje moral más que físico, porque se interpretará como que “comprender es justificar” (a los “malos” en este caso). En crisis, es más fácil ajustarse a una narrativa “nosotros-ellos” para no ser penalizado por el grupo, como el caso Venezuela demuestra. Es más cómodo la “espiral del silencio”. Solo aplausos en tuiter y mostrar que “estás con la causa” para evitar el juicio de la “Brujas de Salem”, a lo que todos temen. Y más hoy. Es la guerra de trincheras.

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En la “guerra cultural” el endo-exo refuerza las posiciones y el cierre actitudinal. No le vería sentido –ni lo haría- llamar “bárbaros” o “no civilizados” a quienes apoyan la decisión de la SCOTUS sobre el aborto en los EUA, por ejemplo. Con la sentencia en las manos, iría a interpelar o a confrontar en el diálogo con los contrarios, amable o pugnaz. Eso sí lo haría. A riesgo de generar reactancia psicológica (en criollo, que me rechacen y eso endurece las posiciones del contrario; “ah, tú me quieres cambiar mis posiciones, ahora menos, nojoda”).

A lo mejor un efecto de la crisis política mundial es revalorizar a los parlamentos. Leía un titular así a propósito de las elecciones legislativas en Francia. Como no hay mayorías, el parlamento vuelve a valer como espacio para hacer política pero también para “parlar” sobre política. Las recientes decisiones de la Corte Suprema de los EUA pueden llevar a eso. Por ejemplo, en el caso del aborto, el fallo remite hacer la ley acerca de este asunto a las legislaturas de los estados. En su fallo sobre la agencia del ambiente, la EPA, “SCOTUS” remitió al congreso debatir las áreas específicas en que esta oficina puede intervenir, en una suerte de “day to day basis”. Parece que las decisiones de la corte tendrán sus réplicas en el congreso, federal o de los estados. Luego del fallo sobre la agencia ambiental EPA, Al Gore tuiteó que el congreso de los EUA debe hacer leyes sobre el tema. Así se planteó con el caso Roe v. Wade. Que sea ley en el congreso norteamericano.  

Es la “guerra por las mentes y corazones” de la Guerra Fría, pero quizás descentralizada hacia los parlamentos en el marco de una política pugnaz –porque será un hablar para disputar- pero dentro de marcos institucionales. Con la decisión de la “SCOTUS” sobre el aborto ¿en EUA harán lo mismo que en Venezuela? Comunicados, la “denuncia”, el “mi rechazo a” y “mi apoyo a” de las redes sociales, y los “notables” de la sociedad norteamericana expresan su opinión, junto a las academias ¿Pero cómo está el Partido Demócrata en las legislaturas de los 50 estados? ¿No va a hacer nada, todo se va a quedar en un tuit de AOC o un video de Biden en tuiter? Pregunto por los demócratas, porque es al partido que le corresponde dar el debate descentralizado, salvo que también como en Venezuela, se imponga la tesis de “eso es reconocer la usurpación judicial de la SCOTUS” o algo parecido.

No es un mundo Este-Oeste, sino uno íntimo, de la conciencia, de guerras por la “identity politics” que se libran incluso en cada persona que cree saber qué es ese mundo, pero no se atreve a asegurarlo. O de personas que creen que son una cosa, pero son otras…..y hacen todo lo contrario. Es una guerra descentralizada, micro, que se gana en cada byte, caracteres de una cuartilla, y en el verbo. No es el mundo de la Ilustración, sino la política hoy se parece más a las obras de Shakespeare: dominan las emociones, las más nobles o las más bajas. Cerrarse a eso en una pretendida “sensatez” no ayuda. La “sensatez” también mata por acción u omisión. Prefiero confrontar las emociones para ver si puede salir algo de Ilustración que rompa la inercia y el “juego trancado” del “nosotros-ellos”, que es muy cómodo porque las luchas existenciales son en cámara lenta y “no hacen daño”. Tal vez ni se noten, sino cuando sus efectos ya son irreversibles.  

Una suerte de pedagogía política o ¿apostolado político? es mi primera aproximación para entrarle al mundo político de hoy que parece “loco”. Tendría tres P: partido, política, y pedagogía.

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El riesgo es que se pase la vida habla y habla; escucha y escucha pero sin logros, y el pellejo se quede en el verbo sin resultados, pero ¿el riesgo no forma parte de la política? Prefiero el riesgo a hacer lo mismo para estar en una zona de confort o para que crean que “estoy con la causa”, sin poner nada en la balanza, mientras hago una “denuncia” en tuiter.



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