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La boda clandestina de la hija de un corrupto que no tuvo final feliz

Elizabeth Fuentes | 8 abril, 2019

Caracas.- La familia del novio estaba trágica por el cambio de la iglesia a última hora: inicialmente la boda se iba a celebrar en la Iglesia de Las Salesas Reales, en Madrid, donde reposan las cenizas del abuelo Tamayo y significaba mucho para ellos ver a su nieto casarse allí. Pero no pudo ser.

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Tampoco en el Club de Tiro de Madrid, donde ya habían pagado un aproximado de 400 mil euros por la fiesta para celebrar la unión, hubo movimiento alguno esa noche: la historia de amor de Patricia Alvarado Celis y Miguel Tamayo no pudo tener el “final feliz” con el que sueñan algunas chicas porque en lugar del matrimonio a todo dar que quizás se planificó con años de antelación, la novia no pudo caminar feliz y mucho menos tranquila hacia el altar del brazo de su padre, Javier Alvarado, porque ese hombre tiene demasiado dinero mal habido y una lista de enemigos tan diversa, que el día que se celebre el aniversario de la boda de Patricia Alvarado -la joven se dedica al carísimo deporte de la equitación y compite con caballos pura sangre por toda Europa-, los recuerdos serán más bien agridulces, por decir lo menos.





Aunque sostienen las malas lenguas que la invitación que circuló por las redes era falsa. Un anzuelo caza bobos para que los miles de venezolanos exiliados en Madrid se dirigieran a la Iglesia a realizar las protestas que habían organizado contra Alvarado, mientras la verdadera boda se realizaba en otra iglesia y se festejaba en otra dirección. Fiesta donde, de buena fuente, se sabe que buena parte de la familia del novio no pensaba acudir y han optado por mantener un silencio cerrado sobre el asunto.

Otra hipótesis sostiene que la boda ha sido pospuesta porque si bien iba a realizarse tal como lo señalaba la tarjeta de invitación, los rumores sobre el escándalo que se podría armar a las puertas de la iglesia, obligaron a suspender la ceremonia.

Quizás la familia Alvarado debió repetir en esta oportunidad lo que ya hicieron en su mansión de La Lagunita de Caracas, cuando se casó otra de sus hijas y para quedar bien con Dios y con el Diablo, celebraron dos fiestas apoteósicas distintas: una para los amigos del Gobierno – entonces Tarek William Saab no lo había acusado de soborno y lavado de capitales-, y otra fiesta para el resto de los amigos, de modo que los novios pudieran celebrar su amor en paz. Aunque a esa boda no acudió ninguno de los vecinos de los Alvarado porque estaban y siguen furiosos debido a que, amparado en el poder que antes lo adulaba y protegía, Javier Alvarado se tomó para sí un área verde que estaba en la parte trasera de su mansión y, muy al estilo de chavista nuevo rico, construyó ilegalmente allí una terraza con piscina, bar y hasta discoteca. “Eso fue un rollo entre nosotros los vecinos. No solo porque es un abuso que se tomaran esa área sino la molestia que nos causaban con el ruido que hacían allí”, cuenta uno de ellos.





En cualquier caso, Javier Alvarado se quedó con las ganas de exhibir su fortuna mal habida y festejar a lo grande, como es hábito en los chavistas de cuello blanco. Y que, justicia poética mediante, la boda no vio luz.

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