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La simulación como política

Enrique Ochoa Antich | 26 febrero, 2019

Caracas.- Venezuela se encuentra atrapada en las tenazas de dos lógicas ficticias, de dos grandes simulaciones, y parece precipitarse fatalmente hacia un holocausto de sangre, violencia y guerra. Los actores principales de esta malaventura, cada uno jugando a su propia fábula como si fuesen niños terribles, conjuran con liviandad demonios que una vez desatados no serán aplacados sino con muerte y devastación. Y como en toda conflagración prebélica, ya la verdad es la primera víctima.

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Para cada parte su propio relato es, el del otro no: en esta orgía de la idiotez que son las redes, para usar la dura caracterización de Umberto Eco, la veracidad de cada información viene dada por quien la promueve sin importar su evidencia: si lo dice uno de los míos es cierto, si lo dice el enemigo es embuste.

Por momentos siente uno el cansancio de la razón. Provoca ponerse al margen, ver pasar el desfile. En momentos de primitiva exaltación, la moderación democrática no paga. Al final se requiere más valentía para proponer el diálogo que para decretar su muerte.

Los malos están allá y aquí los buenos. Ante cada evento, violento o no, los polos procuran constreñir la realidad a su peculiar parecer. Cualquier duda es una traición. Si yo digo aquí que la causa última de la guerra es Maduro, que debe irse como condición de la paz, que el suyo es el peor gobierno de toda nuestra historia, sus conmilitones me acusarán de ser vasallo del imperio.


Pero si exijo negociar con él en su condición de presidente en ejercicio de la república, y me niego a una resolución violenta de la crisis nacional, entonces soy un tibio, un colaboracionista, cómplice de la dictadura, del régimen narco-terrorista y no sé cuánta cosa más.

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