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Opinion

La solución incómoda

-FOTODELDIA- CAR010. CARACAS (VENEZUELA), 24/07/2017.- Una persona extiende una bandera venezolana ante decenas de manifestantes durante una protesta antigubernamental hoy, lunes 24 de julio de 2017, en Caracas (Venezuela). Ciudadanos venezolanos homenajearon hoy con concentraciones organizadas por la oposición en Caracas y otras ciudades del país a los muertos en las manifestaciones contra el Gobierno del presidente Nicolás Maduro que desde hace casi cuatro meses sacuden a la nación petrolera. La concentración de Caracas tenía como escenario el túnel donde murió Neomar Lander, el joven de 17 años que perdió la vida al estallarle un artefacto casero que iba a usar para atacar a las fuerzas de seguridad, según la versión que dijo en su momento el Gobierno. EFE/NATHALIE SAYAGO

Caracas/ Por: Juan José Cabrera– Cuando hablamos de transiciones, demasiadas y variadas son las reacciones que se suscitan. Despuntan, entre esas reacciones, la de aquellos sectores logreros que se frotan las manos porque conciben íntimamente que la provisionalidad que suponen las transiciones les rendirá ganancias y conquistas extraordinarias, impensables en condiciones de normalidad.

En razón de esta creencia equivocada, esos sectores ineptos para asumir representatividad alguna se sienten autorizados para hacer exigencias destempladas e imponer condiciones imposibles que solo retrasan las resoluciones y atizan reticencias –fundadas algunas veces- que dificultan lo que ya de por sí entraña muchísimas complicaciones. Las transiciones resultan extremadamente difíciles porque necesitan ser construidas para todos, y no para solo algunos.

Quien promueva un proyecto adaptado solo a conveniencias parciales condenará de muerte cualquier ensayo que intente, pues, como en la guerra, las transiciones deben emprenderse con la lógica del adversario; esto implica que ningún escenario aceptable puede conllevar más riesgos que beneficios para ningún factor, especialmente cuando se trata de la supervivencia de algunos, porque quien se estima prescindible y sin lugar en un proyecto ajeno lo adversará resueltamente.

Muchas son las cosas que se dicen sobre el futuro y pocas son las certezas que lo fundamentan. Es una verdad, hasta ahora incontrastable, que Venezuela necesita rehacerse desde sus cimientos, con el concurso de las diversas fuerzas de la sociedad –hoy mediatizadas-, para recuperar la estabilidad y el orden hasta ahora perturbados por un modelo que desmedró las instituciones para instalar un esquema idolátrico dependiente de los devaneos delirantes de un líder máximo mentalmente quebrado, y empeñado en causas más perversas que él mismo, que nos arruinó y que pulverizó las expectativas y la confianza en el futuro de la nación.

Y creo que la obra más dañosa fue la de haber arruinado parcialmente la consciencia democrática, que ha sufrido una declinación importante y en cuyo lugar se han normalizado las pretensiones hegemónicas, el desprecio por lo diferente, la conversión del adversario en enemigo, y el desapego por valor nacionales fundamentales.

Ahora bien, otra verdad incuestionable es que jamás hemos sido una sociedad monocromática y uniforme -tampoco lo seremos en el futuro- por lo que resultaría un contrasentido y una aspiración absurda que intentemos establecer una transición con estas características. Esta visión no dista mucho de los planteamientos recientes de importantes sectores de la oposición, encabezada por Juan Guaidó, e incluso del mismísimo gobierno americano que, a través de sus portavoces, ha dejado muy claro que las promesas fatales de cadalsos y juicios inquisitoriales no serán la suerte de los funcionarios del régimen que acepten hacerse un lado.

Parece una propuesta procedente cuando se revisan algunos episodios de la historia y se interpreta de ella la excesiva tolerancia con la que se comportaron al inicio los vencedores frente a los vencidos, y que favoreció tal conducta a la estabilización de un mejor estado de las cosas, ignorando la pretensión de tener una justicia a la medida de las venganzas prometidas y abandonando el deseo de fundar una democracia sobre el temor de la retaliación.

En oposición a estos planteamientos que apuntan hacia una transición incruenta y concertada, han insurgido voces majaderas que insinúan un imaginario arreglo ominoso entre Juan Guaidó y el régimen, el cual motivaría la decisión de que estos últimos no fueran barridos radicalmente de cualquier espacio en este tiempo y en cualquier otro, cuestión que no tiene asidero; y un hecho que no debe ser subestimado es que estos agoreros deliberadamente excluyen de sus señalamientos al gobierno americano, pese a ser el principal promotor de una solución arreglada que incluye remisiones, la permanencia de funcionarios claves en preeminentes puestos, la conformación de un Consejo de Gobierno amplio y la realización de elecciones libres y verificables.

Hay que ser responsables en señalar la equivocación de esos sectores que a consciencia han asumido perniciosas actitudes, en cuanto a la negación de garantías y remisiones a funcionarios del actual régimen por cuanto para ellos es únicamente admisible la revancha para purgar los pecados y las injusticias, porque terminan llevando agua al molino de factores más radicales para quienes la paz excluiría las provechosas posibilidades de medrar que les ofrece el permanente enfrentamiento, y por tal razón no reparan en el medio que les sirva para impedirla o postergarla.

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No obstante, y hay que diferenciarlas, en ese saco antes descrito no incluimos a los miles de venezolanos que se muestran genuinamente resistentes a cualquier concesión, por ser víctimas directas de sufrimientos inenarrables productos del encarcelamiento, persecución injusta, atentados alevosos, etc., perpetrados contra familiares y conocidos por el único motivo de ser opositores a un régimen atroz.

Lo que nos proponemos con estas reflexiones es que pensemos acerca de la inutilidad del castigo únicamente animado por la venganza que solo nos reconduciría al despeñadero del que precisamente luchamos por salir. Nada bueno resultará de la prolongación de una situación de inestabilidad que únicamente beneficia a quienes insisten en aferrarse agónicamente a un poder al que no tienen derecho.

Con esto que afirmo no pretendo convertir estas líneas en una declaración imploratoria de perdones incondicionales que comprendan hasta los delitos más atroces en beneficio de una solución ideal –y por ideal, irrealizable-, no; sobradas son las lecciones desprendidas de procesos de idénticas complejidades que nos han persuadido de la necesidad de aplicar oportuna y correcta justicia a fin de precaver que, a falta de reparación, las víctimas hagan el oficio de verdugos para desquitar la humillación por el agravio sufrido.

Sin embargo, frente a un adversario acorralado que lucha con la energía de la desesperación, lo más sensato sería ofrecerle una salida -ya sea en forma de garantías e inmunidades como las ofrecidas por el gobierno americano- para no conducirlo hasta su último extremo, donde se vuelve aún más peligroso. La milenaria pero vigente historiografía de la guerra desaconseja que a un ejército se le ordene batirse con otro a causa del resentimiento de su general, porque si bien este puede recobrar luego su serenidad, nada podrá revertir la realidad de los que perecieron a causa de su arrebato. Tan malo como conducir un ejército desde el resentimiento, lo es dirigir un proceso como el nuestro desde la rabia que insufla el rencor insatisfecho.

En política se aprende –a veces por las malas- que no es ningún signo de debilidad dar un paso atrás para salvaguardar la posibilidad de seguir avanzando, para dar ese paso atrás solo hace falta confianza en nuestras propias posiciones si sabemos lo que queremos lograr. Ingratas memorias nos acosan cuando recordamos lo que ocurrió hace unos pocos años atrás por estas mismas fechas, cuando la torpe decisión de unos empresarios que decidieron suplantar a los políticos malogró, en nombre de una pretendida justicia –que realmente era venganza-, una oportunidad irrepetible.

Pensemos en la Venezuela después de este estropicio, la que utilice su pasado, no como lastre sino como experiencia. Aún estamos a tiempo.





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