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La Lupa

Laboratorios ciudadanos: ¿Emergencia de una nueva institucionalidad?

Adriana Narvaez expone cómo Venezuela, como una comunidad de práctica, podría avanzar con la innovación y co-creación colectiva

Europa Press

Caracas/ Por Adriana Narvaez.- La coyuntura global que se vive a raíz de la pandemia por la COVID-19, nos ha obligado a ver el elefante blanco que no queríamos reconocer. En efecto, la institucionalidad pública, tal como está concebida, no logra dar respuesta a los grandes retos que afronta la humanidad.

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Ante ello, se ha hecho evidente la premura por pensar en alternativas para la gestión pública tradicional. Las medidas de distanciamiento social también han servido para darnos cuenta de la necesidad que tenemos los seres humanos de relacionarnos, generar espacios de encuentro y, bajo la lógica de la creatividad y la colaboración, idear soluciones que den respuesta a estas problemáticas comunes que afrontamos.

La llegada de la era digital y la inminencia del mundo post pandemia, abren las puertas a la emergencia de nuevas formas de organización social. Con el fin de explorar esas nuevas formas, surgen los llamados laboratorios ciudadanos que promueven la innovación y co-creación colectiva.

Experiencias exitosas

Los laboratorios ciudadanos no son una invención a raíz de la pandemia, tienen años realizándose en distintos lugares del mundo y podemos encontrarlos de diversos tipos: medialabs, citilabs, hacklabs, maker spaces, living labs, entre otros.

De las muchas experiencias exitosas de laboratorios ciudadanos, me gustaría resaltar tres de ellas: la primera por la ubicación geográfica y la temática, la segunda por la naturaleza de los actores que participan y la tercera por el proceso de relevo que se gesta entre quienes comparten unos mismos intereses.

Medialab CIESPAL, el primero, es un proyecto ecuatoriano que busca soluciones a los desafíos de la intercepción entre la comunicación y el internet. Para ello, reúne comunicadores, desarrolladores, investigadores, activistas y gestores de la comunicación.

CivicTech es uno de sus proyectos, con el que han convocado a jóvenes para presentar propuestas de tecnología cívica, inteligencia artificial y social, plataformas de datos abierto, software libre y mapeos colaborativos.

La segunda experiencia es Madrid Escucha, una iniciativa española que se presenta como un espacio de experimentación entre funcionarios municipales y ciudadanos.

De allí surgió el proyecto Tómate un descanso, el cual detectó la existencia de calles con gran desnivel en una zona en la cual la mayor parte de su población pertenece a la tercera edad. El proyecto buscó diseñar un prototipo de asiento o banco abatible que pudiera sujetarse a la pared, o a cualquier elemento de soporte público, para colocarlos en calles y aceras y que pudieran ser utilizados por personas mayores, mujeres embarazadas o personas con discapacidad.

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CoderDojo, por su parte, nació en Irlanda y se ha convertido en un movimiento global que hasta ahora agrupa 2.295 clubes, en los cuales niños y jóvenes aprenden a programar. Fue concebido no solo para brindar cursos, sino para crear espacios de aprendizaje colectivo donde los niños y jóvenes se encuentren y aprendan con personas que comparten intereses similares.

Funciona con el apoyo de voluntarios y mentores, algunos con habilidades técnicas que contribuyen en el proceso de aprendizaje y otros que, principalmente, guían a los participantes a descubrir como avanzar por su cuenta.

Una de las experiencias más fascinantes de este proyecto radica en el hecho de que los niños participantes crecen y se convierten en voluntarios y/o mentores del proceso de aprendizaje de otro.

Medialab Ciespal, Madrid Escucha y CoderDojo son apenas tres ejemplos de la variedad de temas, actores y lugares en los cuales se están implementando estos modelos y lo que es posible a través de ellos.

Imaginemos una plataforma en la cual cada laboratorio puede compartir sus experiencias y los prototipos surgidos de sus procesos de experimentación, todo ello como recursos abiertos. Si codificamos con machine learning, podemos crear un espacio que identifique las mejores prácticas, las combine y las ponga a la disposición del usuario que navega en el site como una oportunidad de réplica en sus comunidades.

Gestionar juntos la incertidumbre

Desde luego, todas estas experiencias se han desarrollado en ambientes cargados de complejidad, unas ciudades con índices de desarrollo y fortaleza institucional más elevada que otras. Pero todas con cuestionamientos comunes: cambios sociales, crisis políticas, desconfianza hacia la institucionalidad, viejos modelos de gobernanza y de participación social.

Todo ello son expresiones de una grave crisis que afrontamos como comunidad global; tal como afirma Daniel Innerarity, nuestra sociedad “es cada vez más consciente de su no-saber y que progresa, más que aumentando sus conocimientos, aprendiendo a gestionar el desconocimiento en sus diversas manifestaciones”.

Uno de los grandes retos que se nos presentan reside en que nunca podremos eliminar completamente la incertidumbre; si aceptamos eso, tenemos entonces la opción de transformarla en riesgos calculables y en oportunidades de aprendizaje.

En la medida que se dejan entrever elementos que tejen a la ciudadanía, la interdependencia es quizá uno de los grandes aprendizajes que nos está dejando la crisis de la Covid-19. Las personas dependemos mutuamente.

La interdependencia, sin embargo, trae consigo relaciones preocupantes: contaminación, inestabilidad, vulnerabilidad compartida, encadenamientos, viralización de amenazas; pero, por otro lado, nos aporta oportunidades para resolver problemas compartidos a partir del trabajo colaborativo entre los diferentes actores implicados, lo cual involucra no solo a los ciudadanos que hacen parte de una comunidad sino también a las instituciones públicas.

La pandemia que vivimos es quizá la mejor expresión de esta interdependencia. Todos los países del mundo, sin importar sus niveles de progreso, han sido vulnerables a un mismo virus que ha puesto en jaque incluso a los sistemas sanitarios más avanzados.

La buena noticia es que, así como compartimos la vulnerabilidad, también tenemos el potencial para ser más eficaces y eficientes tanto en la gestión de las amenazas como en la prevención y logro de objetivos comunes, si asumimos que no tenemos todo el conocimiento, que todos los actores suman en el proceso y que debemos estimular los procesos colaborativos.

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Sin embargo, la institucionalidad pública sigue anclada a formas tradicionales, en las que el Estado se asume como experto y el ciudadano como receptor pasivo de las soluciones, sin lugar para el aprendizaje, quienes conocen sus propios problemas, cuentan con limitados espacios de encuentro, colaboración, cocreación y diseño de soluciones, lo que hace que las respuestas estatales a las necesidades sean poco pertinentes.

Los ciudadanos poseen capacidades, recursos, conocimientos y habilidades que, combinadas, permiten, por un lado, elaborar ideas, experimentar y prototipar soluciones que responden a las necesidades particulares de su entorno y, por el otro, construir un “nosotros” que contribuya a generar identidad colectiva.

De esta manera, comprender, aceptar y gestionar la incertidumbre en comunidad, lejos de mostrar debilidad colectiva, representa una oportunidad para que las comunidades puedan entenderse como entes vulnerables que necesitan de la interacción recíproca con su entorno para afrontar los diversos escenarios que se le presentan.

Comunidades de práctica

En sociedades como la venezolana, donde encontramos problemas concretos de falta de confianza en las instituciones y altos niveles de polarización social -aspectos socavan el tejido social-, los laboratorios ciudadanos son una potencial oportunidad para crear comunidades de práctica, generadoras de nuevos modelos de autoorganización.

Desde asociaciones de vecinos que se unen para gestionar la seguridad de los complejos habitacionales, pasando por grupos de protección de las áreas verdes o grupos de deportistas de la comunidad que organizan torneos de fútbol y ajedrez, los ciudadanos se interrelacionan por el placer de encontrarse, para gestionar problemáticas y co-crear propuestas que les aporten beneficios.

Como señala Blanca Callén Moreu, los laboratorios ciudadanos “buscan crear comunidades de aprendizaje y de práctica donde ensayar colectivamente formas de autogestión, aprendizaje y convivencia que reviertan en la mejora de la vida en común”.

Si superar la pobreza como compromiso clave en el camino hacia la recuperación de la democracia se convierte en un objetivo compartido por los venezolanos, será fundamental que construyamos nuevamente una identidad colectiva.

Los laboratorios ciudadanos, entonces, podrían ser catalizadores para, por un lado, juntar personas distintas en un hacer común y, por el otro, experimentar nuevas formas de gobernanza que puedan renovar la débil institucionalidad pública.

Estos ambientes son idóneos para el intercambio, la generación de comunidad basada en la conexión con el entorno y el enfoque en los procesos más que en los resultados porque han sido concebidos como espacios de ganar-ganar, en los que participan de forma voluntaria personas con diversos perfiles para ensayar, observar, errar, corregir y volver a experimentar, en fin, para co-crear.

La cultura libre de estos modelos de organización promueve la interdependencia, no solo entre los miembros de una comunidad en particular, sino también entre diversas comunidades organizadas. De esta manera, las iniciativas y propuestas que surjan en un grupo pueden ser copiadas, transformadas, ejecutadas y alimentadas por otras comunidades.

Algunos modelos o prototipos desarrollados en los laboratorios locales, por ejemplo, de San Cristóbal, pueden ser tomados de experiencias co-creadas en San Fernando de Atabapo, bajo la premisa del código abierto.

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Dado que la cultura de la proximidad es medular en la concepción de los laboratorios ciudadanos, ¿qué impacto tendría, en los procesos de democratización, la multiplicación y conexión de las comunidades de practica en todo el territorio de una nación?

Prototipo de una nueva institucionalidad: Gobernanza colaborativa

Como vemos, los laboratorios ciudadanos pueden proveer espacios de producción de conocimiento social con potencial para transformar e influir en la institucionalidad pública. A partir de un ambiente colaborativo, este modelo pone sobre la mesa la democratización y la horizontalidad como una lógica en la gestión de los asuntos públicos.

Llevando el concepto de las comunidades de práctica a un entorno global, es posible plantear la experimentación como una estrategia para el diseño de reformas institucionales que puedan convertirse en políticas públicas replicables.

Desde el enfoque de que sean los propios ciudadanos quienes planteen y desarrollen propuestas de valor, las soluciones que provengan de su seno serán más atinadas y creativas para dar respuesta a sus necesidades particulares.

Generar espacios para la experimentación ciudadana puede impulsar la creatividad, estimular la capacidad de adaptación, romper con los paradigmas que limitan el progreso de las sociedades, desafiar las formas tradicionales y estáticas de generar conocimiento y recrear un ambiente de colaboración y cocreación que promueva la interdependencia entre ciudadanos, comunidades e instituciones públicas.

Los laboratorios ciudadanos representan una oportunidad de oro para desencadenar procesos democratizadores que, en sí mismos, se comportan como nuevos modos de gobernanza, más colaborativos y centrados en las personas, capaces de afrontar la complejidad de los retos locales y globales que afronta la humanidad.

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