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La Lupa

Las protestas en Cuba: lecciones para la oposición venezolana

Aunque cierta opinión opositora quiere imponer que lo que pasa en Venezuela no se “puede comparar” y cualquier experiencia allende la patria no tiene sentido porque aquí “lo hemos hecho todo”, las protestas que se iniciaron en Cuba el 11 de julio dejan una lección para la oposición de Venezuela. Tiene maniobra o juego político del que no gozan quienes reclaman libertad en la isla. Ojalá el mundo opositor deje el discurso de la víctima y del cómodo status quo, y valore las fortalezas y oportunidades que tiene para actuar en política

Foto: AP

Caracas/ Como siempre pasa, los pueblos sorprenden. En democracias y en autoritarismos se expresan. El turno ahora le tocó a Cuba, de donde no se esperaba, aunque también los pueblos envían señales antes de manifestarse. En la isla, vienen desde antes del movimiento San Isidro. El mítico G2 no resultó tan bueno como lo promociona cierta opinión venezolana “que tiene kilometraje”, para justificar su inercia en la política. La conciencia de los individuos que se expresa en movimientos sociales no es controlable por G2 o Stasis, aunque puede intimidarse. Una cosa es la superficie de la represión, y otra lo que, parafraseando a Mariano Picón Salas al hablar del pueblo de Venezuela, es el “enigma de los pueblos”.

No conozco sobre Cuba. A la isla la observé con distancia e indiferencia, aunque es parte de nuestros países a pesar de su gobierno dictatorial. No favorecí -ni favorezco hoy- la política de sanciones o aislamiento. No vi mal el acercamiento de CAP con el régimen de Castro pero eso cayó en la inercia, como muchas cosas en política. Me agradó la idea de incorporar a Cuba a los foros regionales para confrontarla en temas de derechos y democracia, por ejemplo, más que estigmatizarla en una suerte de “cordón sanitario” que si de cambiar la forma de gobierno autoritaria en el país de las Antillas se trata, no tuvo ni ha tenido éxito, pero justifica a “los halcones” de los EUA y ahora los de Venezuela.  

La Revolución Cubana tampoco fue una referencia política para mí, aunque fue una revolución muy felicitada en su momento, para muchos justificada porque Cuba era “el burdel de los EUA”, y Fidel elogiado no solo por intelectuales, sino por grandes capitales que veían el “mercado” en la tierra de Martí. No soy de esa generación ni de sus herederos de los 70-80’s. No me atrapó el liderazgo de Fidel o el mito del Ché. El último fue convertido en mercancía para Occidente. Pero el liderazgo de Fidel –aunque hoy se niegue en Venezuela- hipnotizó a mucha gente. Realmente impresionante la capacidad de seducción de Fidel. 

De las figuras de ese entonces, la que respeto es la de Salvador Allende. Admiro su coraje y honestidad, un rato largo por encima de los de Fidel y los del mítico Ché, si los tuvieron. Murió como hay que morir en una circunstancia como la que vivió el 11-9-73. Igualmente no me sedujo la “simbología ñángara” dentro de la socialización venezolana durante los 70-80’s -tampoco nadie se quiere acordar de eso- de “izquierdista cabeza caliente a los 20,a  respetable y educado derechista o de centro a los 50”. Si bien soy socialdemócrata, es decir, soy de izquierda, mi tradición de izquierda apunta a lo que hoy cierta oposición pomposamente llama “las instituciones”. Mi socialización política fue en lo que se llamó el “modelo democrático liberal de Rómulo Betancourt”. En otras palabras, construir un orden democrático con un partido y proyecto nacional, venezolano, “multisápido”. En mi época de las FAN, sí estudié a las fuerzas armadas de Cuba -las FAR- desde el clásico ensayo de LeoGrande (1977) acerca de las relaciones civiles-militares en la Cuba revolucionaria, hasta trabajos más recientes. 

Entonces no escribiré sobre Cuba, pero sí puedo hacer un análisis del comportamiento colectivo que se vive en las Antillas, que es un tema que domino desde el enfoque de la psicología social.

Lo primero es que las protestas son espontáneas, sin liderazgos visibles. No son parte de una “guerra multiforme” como se jacta el discurso oficial, tanto el del gobierno de Cuba como el del gobierno de Venezuela. Es un movimiento espontáneo cuya cocción fue en el tiempo, y como todo comportamiento colectivo tuvo un factor que lo catalizó. Hay que recordar que, producto del COVID y del agotado modelo socialista, el país retrocedió 11% en su PIB durante 2020, y en enero de 2021 se aplicaron medidas económicas, entre las que está un aumento de precios en productos y servicios.

Lo anterior son variables que se acumulan en el tiempo para un comportamiento colectivo, pero el cansancio no es nuevo. Mariel en 1980 -por cierto, ubicado en la Provincia de Artemisa, al oeste de la isla, uno de los lugares en donde se protesta hoy y en la que casualmente hay una Zona Económica de Desarrollo- o el Maleconazo de 1994, muestran que el descontento no es nuevo. 

¿Cómo explicar que antiguos agravios se manifiesten hoy con tanta fuerza de pueblo? Diversas variables lo explican. Todo comportamiento colectivo tiene un factor que lo cataliza como el COVID y la situación económica. Pero ambos no son exclusivos. Las protestas en nuestros países, desde Chile a Cuba, tienen esos dos ingredientes sociales. Pero en el caso de la isla hay otros más estructurales.

Por una parte, la salida de Raúl Castro. El peso simbólico que los Castro ya no estén en el poder, y un nuevo gobierno con una figura más joven pero que comunica al burócrata socialista, gris, lento, fiel al partido, cero empatía con la población, y no muy competente. De repente, los cubanos dejaron de ser gobernados por la mítica familia Castro y pasaron a serlo por una figura “de carne y hueso”, pero gris. Díaz Canel no tiene el freno simbólico de la figura de los Castro. Aunque es una persona joven, comunica alguien que no haría grandes cambios, aunque tampoco se esperaba. No sería un Gorbachov –a “curse person” para el mundo socialista aunque una celebridad para Occidente- un 1956 de Hungría o un 1968 de Checoslovaquia, pero al menos alguien más fresco en su lenguaje o intenciones aunque no las cumpliera. Pero nada de eso. La pétrea rigidez de los burócratas del PCC en guayaberas.  

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Hay otros antecedentes que tributaron para la respuesta espontánea del 11 de julio. No es sólo San Isidro como dicen los conocedores del caso cubano. Es importante, pero pienso en otro antecedente que fue el referéndum para la nueva constitución de Cuba que se hizo en febrero de 2019.

Sí los resultados se ven en valores relativos, es el resultado de cualquier país dictatorial en donde las victorias son aplastantes. En redondo, el resultado de 2019 fue 90% Sí y 10% No. Pero si se ve en valores absolutos, hubo una manifestación de descontento en quienes votaron por el No. Esta opinión sacó poco más de 700,000 votos. Si se suman con los votos blancos y votos nulos, pasan ligeramente del millón de personas, con una participación del 85% de los votantes registrados. Por supuesto, las diferencias son grandes entre el Sí y el No. Es una diferencia de casi seis millones de votos, pero que un millón de personas en una nación en la que no existe una elección directa, con todo el control político e ideológico de un autoritarismo longevo, que un millón de personas se expresen de manera abierta en contra de una reforma constitucional, fue una señal muy importante del descontento existente, que buscaba vías para expresarse. El referéndum fue una.

Pero los agravios por sí solos no bastan. Que el “pueblo esté arrecho” no cambia nada. Se puede vivir “arrecho” por mucho tiempo. Se requiere algún tipo de organización para que el descontento pueda cambiar una situación. Se requiere de política, sea de partido o sea desde la sociedad. A finales de 2020, emergió el movimiento San Isidro.

A mi modo de ver, su importancia es que representa la emergencia de una nueva generación de cubanos dentro de un país que se espera sea la nación con más adultos mayores de la región, cerca de un 25% del total de los habitantes de Cuba. Un clivaje que explica las movilizaciones en el mundo son los cambios demográficos y generacionales. Hoy una protesta en cualquier parte del mundo no puede comprenderse sin las variables demográficas y de generación.

Muchos jóvenes que siguen en la isla orientan su existencia -el tiempo moral- al arte, la escritura, la música; de ese mundo viene el famoso reggaetón “Patria o vida” que hoy es consigna de los luchadores por la libertad. Ese encuentro entre la vida gris de la cotidianidad autoritaria con el arte, canalizó la distancia entre los dos mundos y el descontento con el modelo político de Cuba. El arte protege y libera la conciencia al mismo tiempo. Es bálsamo para la libertad. Por lo que podido leer, hay una nueva camada de jóvenes escritores cubanos cuyo eje central es la reflexión, ya no sobre la revolución cubana en sí –la etapa heroica o épica de sus padres o abuelos- sino sobre la cotidianidad de la vida en Cuba, narradas en situaciones kafkianas como son en general las de los autoritarismos. Es la reflexión de esta nueva camada de jóvenes cubanos. Una reflexión cercana a la de “Tiempos de segunda mano” de la periodista y escritora bielorrusa Svetlana Alexievich –receptora del Nobel de Literatura en 2015- para cuestionar a lo que pudiera llamarse el “homus cubanus”.  

Estos dos antecedentes –el descontento y la creación intelectual- hacen que la protesta que se inició el 11 de julio tenga como dos momentos diferentes pero superpuestos. Tal vez es lo que la hace única o muy particular como protesta en la región.

El momento espontáneo se da cuando los ciudadanos catalizados por la situación económica y por el COVID, salen a las calles para demandar lo básico que antes que la libertad, es la movilidad. Sin movilidad, no hay libertad. Al menos desde las teorías psicosociales sobre las muchedumbres. Estas protestas no comienzan en la Habana sino en provincias donde posiblemente la vida es más dura porque son zonas pobres, la movilidad es más difícil, y toda muchedumbre es un problema de movilidad. Por eso las protestas tienen una primera fase, la expansiva, que es afirmar al individuo en una fuerza colectiva, existo como persona, no como rol o categoría social, y me muevo, me expando y voy contra las instituciones que se perciben opresoras, normalmente del Estado. Por eso los ataques y saqueos a las tiendas especiales en Cuba porque simbolizan la opresión de un Estado y la desigualdad en la sociedad cubana de la que hay conciencia, a pesar del relato oficial de la “igualdad socialista” y las “escenas Potemkin” del “mundo feliz” de los socialismos autoritarios.

Pero al mismo tiempo está el movimiento cultural que ya venía. San Isidro es el ejemplo. Es un movimiento intelectual, más elaborado, que es lo que le da identidad como narración a las protestas. Se superpone a la protesta popular porque como toda protesta espontánea, surge y es finita, no es eterna. La muchedumbre es como una burbuja de jabón, sube, sube, sube, y luego explota. Estallar significa que la protesta se transforma: puede volver al gris de la vida cotidiana y no pasó nada. La gente desplazó agravios como masa, pero se vuelve a la rutina de la vida individual. Simplemente se desahoga. Como la obra de teatro del escritor sueco Peter Weiss, Sade/Marat. En la conversación entre Sade y Marat el primero le dice lo que puede ser el epitafio de la Revolución cubana, “Y así vienen a la revolución/con la espera que ella les procure todo eso/un hombre nuevo, una mujer nueva, y asaltan todas las Bastillas/ahí los tienes de nuevo como antes/oliendo como antes/y todo el heroísmo/podemos colgarlo en algún sitio si es que queda un clavo”. Al final, todo igual. Volver a la situación previa. La memoria del 11 julio no se borrará, pero se impondrá el peso de la vida y “oleremos como antes”.

Otra respuesta es la organización política o social. Que de lo espontáneo surja un movimiento. Este segundo momento se superpone al primero, porque no es espontáneo. Es más elaborado y quizás es lo que hace distintivo a la protesta en Cuba de otras realidades de la región. Es un movimiento con identidad propia, nacionalista si se quiere, que reclama que los cubanos resuelvan sus problemas. A diferencia de Venezuela, no escucho hablar de imponer sanciones, de “costos de tolerancia o costos de represión”, de “quiebres”, “incentivos”, “transiciones”, o “aumentar la presión”. Solo de “libertad”, “patria o vida”, o “dictadura”. Son protestas más genuinas en el sentido que reivindican una identidad propia que le disputa al gobierno autoritario la identidad nacional. En Bielorrusia también pudiera hablarse de algo similar. No he leído que Sveta proponga una “intervención humanitaria”, la “amenaza creíble”, o “rodear a los secuestradores”, sino reclama una identidad bielorrusa para disputarle a Lukaschenko la identidad nacional. Lo primero a lo que apelan los gobiernos autoritarios es a la identidad nacional cuando emerge la protesta popular. No sé si en el pasado Walesa o la Carta 77 apelaron a las teorías sobre las transiciones, cual receta, como se hace desde Venezuela. Son documentos civiles, no proclamas a los que somos dados no solo en Venezuela sino en la región. 

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A mi modo de ver una de las cosas más importantes y más interesantes de la protesta en Cuba si la comparo con la experiencia venezolana, es la identidad nacional que afirman ante el gobierno autoritario. Pensar sobre sí mismos a partir de su propia experiencia. Tal vez el bloqueo explique esta especificidad propia de Cuba que no observo en nuestra experiencia que busca forzar manuales de política comparada sin repasar nuestra propia experiencia política o histórica.

La diferencia entre una forma de gobierno autoritaria y una democrática, porque en Chile hay represión, en Colombia igualmente hay represión con grupos de choque camuflados de civiles, es que el sistema de derechos de una democracia funciona, como instituciones y como concepto. Se apela al derecho como norma y como idea, no a una respuesta de un organismo del Estado, que de paso es automática. Apelar a una identidad nacional en una forma de gobierno autoritaria es apelar a una noción de derechos que no es visible porque las respuestas son burocráticas. Ese fue el mensaje de la Carta 77 de los luchadores de la Checoslovaquia de los 70’s. Apelar a la noción de derechos, no a “repúblicas aéreas”.

Hay una protesta en la isla, la respuesta del gobierno de Cuba es una serie de medidas económicas para bajar la presión; liberación de aranceles, ajuste de tabuladores salariales, pero no se habla de derechos o son menos visibles como instituciones con su propia vida. La respuesta política es la movilización de los grupos que apoyan al gobierno de Cuba para mostrar que la revolución sigue viva en el corazón del pueblo cubano, aunque los videos mostrados el día 17-7-21 por los medios oficiales, más bien revelaron una modesta participación. Pero asumir la protesta como derecho de todos los cubanos, sería reconocer que la revolución cubana no es hegemónica o única.

En una situación así, el gran reto frente a un autoritarismo será cómo organizarse, cómo hacer que el 11 de julio no muera y dentro de 30 años sea otro recuerdo en las protestas de 2050. No morirá en la conciencia de los cubanos, pero puede morir en términos organizacionales, en términos de un movimiento social o político.

El reto es cómo organizarse al aprovechar un mundo diferente en cuanto a que hay un clima que hay situaciones que ya no son aceptables. La misma respuesta del gobierno de Cuba sugiere que lo entiende. Tuvo que justificar decisiones. Que un autoritarismo justifique es indicador que el mundo es otro, porque los autoritarismos no justifican, actúan. Lo ideal sería que el 11 de julio se transformara de un movimiento social a un movimiento político, pero se ve difícil por la naturaleza autoritaria de la forma de gobierno en la isla ¿A cuál elección iría? Pero puede transformarse en un movimiento social. Allí se verá el juego entre lo espontáneo y entre el movimiento más intelectual que ya existe en la isla.

La lección para la oposición de Venezuela es simple: nuestro país no es Cuba. No lo digo de forma peyorativa con los habitantes de la isla. Lo digo en el sentido político. No son los mismos, a pesar del intento de cierta opinión para imponer que esto es Cuba –tesis comprada por buena parte del público opositor- pero la lección para Venezuela es que hay maniobra política que los cubanos no tienen. Hay espacios, sí, palabra que molesta. Todavía el gobierno no gana con el 90% las elecciones. Ni siquiera las primarias del PSUV movilizan a todos sus inscritos, a pesar del control del Estado que tiene el partido socialista. “No hace falta que ganen así”, dirán nuestros que “tienen kilometraje” y “saben de política” para alargar la comodidad del status quo que otorga ser “halcones”. Pero la realidad venezolana es que hay espacio para la conciencia y la acción política.

Hasta las imágenes de Cuba muestran una situación muy peliaguda en quienes protestan y en quienes reprimen. En Venezuela la hay, pero también una cierta capacidad a pesar de la crisis. Yoani Sánchez, por ejemplo, me comunica una persona que lleva una vida austera. Nuestras “Yoanis”, al contrario, exhiben su buena vida -no sé si vida buena- en la “resistencia”. Entiendo el “no hay que sufrir”, pero las estructuras de Venezuela y Cuba son diferentes aunque nuestra “resistencia” se empeñe en negarlo desde su “derecho a ser feliz” en redes. Tal vez el Sebin sea el que enseñe al G2, y no al revés. 

Venezuela tiene mayor espacio para hacer política. La sociedad venezolana tiene que aprovechar y dar su pelea en los espacios -sí, otra vez con la “curse word”, como las elecciones- que son más amplios, con más incertidumbre que una forma de gobierno autoritaria no puede controlar por más “Sebines” o “Digecines” exhiba.

Quizás la tesis de Carrera Damas tenga vigencia hoy más que nunca. Apelar al ADN democrático del pueblo venezolano, así esté en silencio o se “haya acostumbrado” como espetan nuestros exitosos de las redes sociales. Dar tu pelea, aprovechar tus espacios; salir de la comodidad del “ya lo hicimos todo”. Organizarte y luchar por una alternancia frente a un gobierno autoritario, pero que no es el gobierno de Cuba ni el de Pol Pot. Es un gobierno autoritario que tiene que lidiar con un pueblo que posee un ADN democrático.

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Es la lección que las protestas en Cuba ofrecen a los venezolanos que buscamos que el principio constitucional de la alternancia en el poder a través del voto, con un proyecto nacional, y apelando a la conciencia del pueblo, sea real en la presidencia de Venezuela.



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