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¿Le compraría un auto usado a Isaías Rodríguez?

Elizabeth Fuentes | 22 mayo, 2019

Caracas.- Vaya uno a saber cuánto tiempo le tomó escribir semejante carta de ¿renuncia? al ahora exembajador Isaías Rodríguez. En un tono más que lastimoso y salpicado de esa escarcha que lanzan los niños sobre sus empalagosas cartas del Día de la Madre, la despedida de Rodríguez busca que lo imaginen pasando penurias por allá en Roma -como cualquier venezolano exilado, por cierto-, sobreviviendo miserable y supuestamente a costa de la venta de las joyas del ex esposo de la esposa, porque el bloqueo norteamericano le ha impedido seguir cobrando quince y último, fecha cuando los poetas bajan de la luna a la tierra, según reza el viejo chiste.

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También trata el exfiscal de enternecer a Maduro contándole que está vendiendo el auto que se compró “al llegar a la Embajada y, como usted sabe, no tengo cuenta bancaria, porque los gringos me sancionaron y la banca italiana me echó de su lonja…”, toda una desgracia para alguien tan acostumbrado al dolce far niente dentro de aquella hermosa casa en la Via Nicolo Tartaglia que alberga a la Embajada de Venezuela en Roma.

Convertido de golpe en cualquier otro venezolano víctima del chavismo, otro más que no logra llenar la nevera completa y tiene que resolverse a punta de vender lo que sea – en su caso collares, autos y relojes-, en su intrincado homenaje a sí mismo, Rodríguez asegura que “Debo reconocer que nací para martillo…” y “no he aprendido a regatear…” , lo que resulta aún más grave para su presunta frágil economía, ya que el gramo de oro en Roma se cotiza a 37 euros y lo máximo que puede conseguir vendiendo un Rolex – el favorito de los chavistas neo ricos- sería 2000 euros, cifra que le alcanzará en Roma para sobrevivir uno o dos meses más, considerando que los Rodríguez no pagan vivienda, ni luz ni agua, porque de eso nos encargamos nosotros.

Creí entender también que el vendedor de auto y joyas se compara con Cristo, con San Pablo, con el Rey Arturo y hace gala de su cultura mencionando a uno de los personajes más facilito de Tolstoi, intentando que Nicolás Maduro se achicopale dentro de su chaqueta XXXL – que Rodríguez dice las guardará entre pelotas de naftalina-, y le busque un mejor destino, preferiblemente bien pagado y donde el imperialismo le permita vivir su abuelazgo en paz y con una cuenta bancaria que le quite el stress, el insomnio y las dolencias musculares.

Me voy pelado, como el ala de un murciélago” repite como despedida. Pero en su delirio sobre el Monte Sacro no se percató de que su carta necesita subtítulos para alguien como Maduro, a quien ya le habrán pasado un resumen de lo escrito con seis palabras simples: “También renunció el embajador en Italia porque está pelando”.

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