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Leocenis García habla claro: “No tengo miedo ni les tengo miedo”

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Leocenis García.- Regresa el caudillo Juan Domingo Perón del exilio en 1973. Está acorralado por la muerte, los síntomas de su última etapa germinan en una salud frágil, pero no cede en su empeño, haciéndose candidato y rápidamente presidente de Argentina.

Colaboradores del gobernante cierran la banda, niegan sus dolencias y ocultan la verdad: el general va camino al sepulcro. Así, lo mantienen vivo y activo de manera virtual. En el interregno hablan y deciden por él y fingen que es Perón quien decide y hasta firma los actos de gobierno con lucidez desde su lecho de moribundo, afirmándose que está al tanto de todo, pero la verdad es que el general ha sufrido ya cinco ataques al miocardio que le dejan casi imposibilitado para gobernar.

A propósito de los arrases –no pueden llamarse de otro modo– de un corazón molido por las tiranteces de la políticas, expira Perón en pleno mandato. Releva el cargo su mujer, María Estela Martínez de Perón, Isabelita, convertida meses antes en vicepresidenta gracias a la fórmula promovida por Juan Domingo Perón.

A su lado, para asentarse luego en las irónicas páginas de la historia, López Rega, el hombre del poder detrás de Isabelita Perón y un siempre comedido – que jamás niega ser peronista y quien dice que las instituciones deben durar sin golpes de Estado– jefe del Ejército, general Videla.

Isabelita inaugura gobierno, una crisis de autoridad sigue cuando el gendarme necesario, dormita en el cementerio. Sea lo que fuere, más allá de sus distintas modalidades o particularismos y conforme a los hechos, de pronto está la causahabiente del peronismo ante una situación inmanejable para el partido gobernante. Cunde el desconcierto y el escepticismo reina a sus anchas, la ley del garrote y el manotazo se hacen catecismo.

Pone su destino Isabelita en manos de otro, López Rega, quien encarcela a contrarios, recomienda medidas duras contra la oposición, siembra odios, usa sus mazazos para provocar tempestades, aparece en la radio y la televisión como capataz de hacienda, pidiendo lealtad para la presidenta, pero con –o sin– conocimiento de causa, contribuye a su destrucción.

Huirá López Rega del Gobierno cuando todo yace consumado para ser de por vida fugitivo de los propios vientos sembrados, así penará de acoso en acoso; hasta tanto es detenido y muere en total destierro, confinado. Pero eso es, estimado lectores, harina de otro costal.

La democracia cabal, no la de utilería, está entonces en riesgo en la Argentina de Perón llegado 1974. La situación no se resuelve con elecciones –un sector pequeño la propone como salida– ante el peligro de dejarle el campo libre a la aventura del régimen militar e intereses espurios de adentro y de afuera, buscando encaramarse en el poder.

Pero no hay tiempo. Muchas cosas se han salido del carril. Se cuestiona la independencia de los poderes públicos y su sujeción a la ley, la fiscalización por los jueces de los actos gubernamentales, la incompatibilidad de la misma democracia con el ejercicio del poder a perpetuidad o con propósitos de perpetuidad, el celoso respeto a los derechos humanos y sus garantías individuales, la prohibición de las inhabilitaciones políticas y la libertad de prensa. El panorama es desalentador.

La fiduciaria del legado del general Perón ve escurrírsele entre las manos las aguas de una presidencia, que sin bien no busca sino antes bien el caudillo le endosa, ahora debe defender hasta el último aliento. Al final de la jornada sus apoyos no son importantes, reaparecen las protestas callejeras y se crea una gran aversión contra la cúpula empresarial.

Se vive una situación de extrema gravedad y degradación institucional; se ensaya, como si de conjuros santeros se tratase, diferentes medidas en el campo económico, intentando aliviar la situación, pero acaban en una auténtica catástrofe. Prorrumpen colas, saqueos, inflación y desempleo.

El resultado es ominoso. López Rueda, hombre con complejo de policía, aguijonea a la presidenta para tomar medidas ilegales en el combate de quienes protestan, deteniendo disidentes a quienes inmediatamente se les tortura e inventan delitos en juicios constituidos por el propio procedimiento en un fraude a la ley.

Así, de tanto en tanto, se consigue arribar a las primeras semanas de 1976. La guerra civil domina la escena, el gobierno de María Estela Martínez de Perón es impotente para controlarla. Ni el oficialismo quiere seguir haciéndose cargo de la situación ni la oposición quiere reemplazarla. Todos ubican las miradas en las Fuerzas Armadas para que solucionasen de oficio lo que la dirigencia política no sabe, puede ni quiere resolver.

De nada valen ya el testamento del presidente “reelecto” Juan Domingo Perón ni la claridad de las normas constitucionales que disponen lo necesario para respetar el mandato. En aviesas circunstancias y puestas en orden las justificaciones afloran los incorrectamente aclamados benefactores de la patria.

“No era una situación que nosotros pudiéramos aguantar mucho: los políticos incitaban, los empresarios también, los diarios predecían el golpe. La presidenta no estaba en condiciones de gobernar. El gobierno estaba muerto”, confesaría años más tarde ante el estrado Jorge Rafael Videla, comandante del Ejército que se convertiría en presidente de algo llamado Proceso de Reorganización Nacional.

Empieza así una férrea dictadura, se hacen con el poder los militares que el pueblo aplaude, habida cuenta que una vez Isabelita dimite no hay en el Palacio de Gobierno sino cuatro tristes señoras cuyas consignas, asfixiadas por el helicóptero en el que intenta huir la mandataria, no intimidan a nadie.

Se inaugura una era en la cual el pueblo va de golpe en golpe, la democracia se clausura y casi todos los gobiernos se suceden en la tentación de declarar el estado de sitio –medida excepcional y extrema según la Constitución– para vencer sus dificultades en vez de procurar convencer a la población, aceptar sus críticas y garantizar el reemplazo pacífico de los gobernantes.

Llegará Alfonsín, a quien Perón e Isabelita persiguieron desde el poder; visitará luego a Isabelita en España, a donde huye después de su breve presidio en búsqueda de asilo. Y a los gorilas, a los cuales se les permite arbitrar la nación, ha de temerle la democracia hasta los tiempos presentes.

El ejército al que se hace beligerante se le permiten consignas y pareceres, se le ideologiza hasta el punto de convertirse en los policías de la nación,; no es fácil luego sacarlo del espacio que creen ganado y así obran, quitan y ponen presidentes.

Solo así se comprende la histórica frase del expresidente Néstor Kirchner en noviembre de 2010, cuando en un mensaje a las Fuerzas Armadas en el Día del Ejercito dice a voz en cuello: “Quiero que quede claro, como presidente de la nación argentina no tengo miedo ni les tengo miedo. Que queremos el Ejército de San Martín, Belgrano, Mosconi y Savio. Y no de aquellos que asesinaron a sus propios hermanos, que fueron de Videla, Galtieri, Viola y Bignone”.

Antes de decir esas palabras se pone al frente del cuadro de Videla que permanece en la Comandancia del Ejército y le hace señas a un general para quitarlo. Mientras Kirchner hablaba, varios militares salían de la formación en signo de protesta, busquen el video en Youtube. Buen viernes.

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