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Lo difícil que resulta ser hija de un preso político en Venezuela, por María Paulina Camejo

El Cooperante

María Paulina Camejo. – Me voy a permitir describir lo que implicaba ser hija de un preso político, pero no el hecho de la falta de libertad y el miedo que genera no saber cuándo esta le será devuelta, no. Describiré cómo afecta la rutina y aspectos de la vida diaria.

Me he dado cuenta de que cuando se ve la situación de lejos, uno solo ve el lado trascendental, dramático si quieren: la familia de cuatro hijos con su padre preso debido a una injusticia política. Y repito, no hay nada que criticar, porque si no se ha vivido esa situación, no se sabe qué imaginar.

Pero como vi en el Imperial Museum of War en Londres, los soldados que participaron en la Primera Guerra Mundial posteriormente explicaron que, en las trincheras, la batalla era más contra el frío, el viento y el lodo que contra los alemanes. Y eso me dejó pensando, pues, aunque sí imaginaba que el ambiente de las trincheras debía ser incómodo, aburrido, insoportable, no me había detenido a pensar que ¡claro! Son seres humanos que tenían hambre, que la lluvia representaba un obstáculo tremendo y que Alemania pasaba a un segundo plano pues, al final, siempre es lo básico lo que gobierna.

Entonces, en las siguientes líneas podrán leer lo que implicaba, en mi día a día, el que mi papá estuviera preso y todo lo que era la rutina de las visitas.

Comencemos por nimiedades como que yo nunca estuve muy pendiente de mi celular, sin embargo, mientras mi papá estuvo preso, lo tenía siempre a mi lado. Incluso en el salón de clases lo tenía sobre el pupitre, con la pantalla hacia arriba, pues perderme una llamada suya era un sacrilegio. Uno se vuelve dramático y crea en su mente escenarios como el siguiente: el papá con el teléfono en la orejaesperando por que uno atienda y, al no recibir respuesta, presiona el botón rojo del celular (sí, todos tienen celular ahí adentro), al momento en que aprieta los labios con tristeza y frustración.

La gramática también cambia, ya que cuando hablas de tu papá y de sus costumbres cambias el tiempo presente por el copretérito. Por ejemplo, ya no dices cosas como “mi papá siempre hace parrillas los domingos”. Ahora dices “mi papá siempre hacía parrillas los domingos”. Y eso es más difícil de lo que se imaginan.

La visita de los domingos es de 11 de la mañana a cinco de la tarde. Llegar a las once implica salir de tu casa a las 10 y media, lo que implica comenzar a arreglarte a las nueve y media (si eres mujer. Además, te tienes que arreglar bien porque, si no, tu papá cree que estás deprimida por su culpa, o al menos así era el mío. Es por esto que, quienes me vieron en el Sebin, me vieron siempre en tacones y maquillada). Comenzar a arreglarte a las nueve y media implica que a las nueve ya estés desayunando.

Además, hay que organizar la visita, confieso que era mi mamá quien preparaba el almuerzo (almorzábamos en familia en el Sebin lo que mi mamá hubiera preparado esa mañana, que siempre estaba rico, debo decir). A lo que quiero llegar es que a las ocho de la mañana ya tienes que estar despierta y dispuesta, así que te lo piensas dos veces cuando sales el sábado en la noche. Sé de alguien que fue a visitar a su padre al Sebin un domingo tras haber asistido a una fiesta el sábado y pasó la visita entre el sofá y el baño.

A todas estas, sí, los hijos de presos salimos porque, el ser humano, no importa la situación, siempre busca la normalidad, además, los presos insisten en que uno salga y se divierta (les entra un complejo de culpa tremendo), por lo que uno llega incluso a salir casi que por obligación como diciendo “¡no te preocupes! ¡No estoy afectada para nada!”.

En el caso de mi familia, seguimos la tradición de ir a misa los domingos. No íbamos en la mañana pues ya era difícil que todos estuviéramos listos a las 10 y media, así que íbamos a misa de seis inmediatamente después de “la visita” (término que todos los familiares de presos utilizan) y, nadie sabe por qué, porque durante el transcurso de la visita uno no se levantaba de un sofá a menos que fuera a buscar algo de tomar, todo el mundo termina muy cansado, entonces ir a misa era… bueno, uno siente como si valiera el doble. A todas estas, en tu grupo de amistad, tu papá se convierte en una especie de celebridad y cualquier foto que montes con él en las redes sociales tendrá más likes que cualquiera. No digo que uno se aproveche de la situación o no, es un hecho y decidí comentarlo.

Ahora, un dato curioso es que todos los presos aprenden a tocar guitarra, los del Sebin, la DIM y Ramo Verde, es algo que sucede y ya. Pero ¿qué pasa? Todos en el Sebin se aprendieron las mismas canciones. Aquí confieso que no puedo escuchar “Me duele amarte” de Reik nunca más… la escuché todo y más de lo que debe escucharse en una vida.

Mientras mi papá estuvo preso nos mudamos a los Estados Unidos, por supuesto, el tema de su encarcelamiento fue el tema de mi ensayo de aplicación para la universidad, así como también lo fue el de mi hermana, y probablemente también será el de mi hermano. ¿De qué más vamos a hablar si te piden un “life changing event”?. Era eso o hablar de la gran discusión que tuvo lugar en mi casa, que duró un año, cuando revelé que quería estudiar Letras. Un papá preso es más interesante y hace que tu aceptación se perciba como más posible (“¿no quieren diversidad, pues? ¿Cuántos alumnos con papás presos tienen?”).

Ahora, por lo menos en Venezuela todo el mundo estaba al tanto de la situación y se puede decir que la comprendían. En los Estados Unidos era así como:

Persona no venezolana o venezolano que ya lleva varios años en el exterior: ¿Y estás aquí con tu familia?

Hijo de preso político: Sí (Respuesta afirmativa esperando por que el interlocutor quede satisfecho. Pero no).

Persona no venezolana o venezolano que ya lleva varios años en el exterior: ¿A qué se dedica tu papá aquí?

Hijo de preso político: Bueno… el sí está en Venezuela.

Persona no venezolana o venezolano que ya lleva varios años en el exterior: (Sorprendido) Pero ¿por qué? ¡Que se venga! O tiene todo su trabajo allá…

Hijo de preso político: (Se decide por saltar al vacío) Es que no puede salir del país.

Ahora la inevitable pregunta…

Persona no venezolana o venezolano que ya lleva varios años en el exterior: ¿Cómo que no puede?

Hijo de preso político: (Opta por la sinceridad plena) Es que era banquero/ policía/ bolsero y está preso.

Seguidamente, comienzan los mensajes de condolencia y apoyo, ¡que se aprecian mucho! No digo que no, para nada, pero prácticamente es uno quien acaba consolando a la otra persona con frases como “no te preocupes”, “no es tan horrible como parece”, “uno aprende a lidiar con la situación”.

Y fue así por dos años. Pero, fíjense, mi papá salió en enero del 2013, ya estamos en septiembre del 2015 y, todavía, cuando lo veo (que es únicamente cuando voy a Venezuela porque tiene prohibición de salida del país) pienso en el hecho de que ahora es libre. Es decir, han pasado dos años y ocho meses y sigue siendo “el que salió”, y quizá lo sea para siempre.

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