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“Los sacan encapuchados”: Así aterroriza el Gobierno a trabajadores de Pdvsa

Danny Leguízamo | 16 julio, 2018

Caracas.- Todos están bajo sospecha y trabajan vigilados y grabados. Funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) “entran cuando les provoca y sacan esposados o encapuchados a trabajadores acusados de cualquier cosa, en las permanentes peleas entre los grupos que ahora pujan por el control de lo que queda en la empresa”. Así describe Rafael Ramírez la situación interna en la otrora poderosa estatal petrolera en su artículo de este domingo en Aporrea.

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La nota del exhombre fuerte tiene su historia. Una historia aparentemente espontánea. Varios empleados de Pdvsa agrupados bajo la denominación “Comités Resteados con Chávez” le enviaron una carta pública a Ramírez hace una semana, en la que le solicitaban su pronto regreso al país para recuperar “el legado” de Hugo Chávez. Y luego Ramírez contestó agradeciendo el “apoyo” de estos trabajadores, reiterando los argumentos que hemos reseñado en El Cooperante en diversas notas: que la clave debe ser el alzamiento de las bases rojas en contra de un Gobierno -dice Ramírez- que destruyó la industria petrolera.

Más adelante, casi al final, revela datos sobre lo que se vive a lo interno de Pdvsa:

Hoy, ustedes están sometidos a todos los vejámenes y maltratos inimaginables por parte del madurismo. No sólo sus condiciones de vida son deplorables, como las de todo el pueblo, sino que son perseguidos, tildados de “corruptos”, de “saboteadores”. La empresa vive presa del miedo, de la incompetencia; ahora, todas las responsabilidades están en manos de militares o políticos, que no tienen noción del negocio, ni de las operaciones, ahora los privados entran y salen del salón de Junta Directiva, se ha perdido la majestad del Estado, todos mandan, “de arriba”, “de allá”, “fulano de tal”, se perdió la línea. Se restablecen los privilegios, surgen, entran, grupos y mafias de todo tipo.

Y apunta:

El Sebín y otros cuerpos de seguridad, entran cuando les provoca, y sacan esposados o encapuchados a trabajadores acusados de cualquier cosa, en las permanentes peleas entre los grupos que ahora pujan por el control de lo que queda en la empresa. Nuestros muchachos, nuestra generación de oro, los miles de ingenieros, abandonan la empresa y salen del país, decepcionados, perseguidos, asqueados. Toda su experiencia, pasión, conocimientos, estudios: perdidos.

Todos los trabajadores laboran bajo sospecha, vigilados, grabados, perseguidos por pichones de fascistas que, megáfono en mano, van por los pasillos amenazándolos, insultándolos, acosándolos, dividiéndolos. Ahora los trabajadores siempre resultan culpables de cualquier mala decisión “de arriba”. En la empresa ya nadie habla de revolución, ni de Chávez, ni de Ramírez. Cuando Maduro va a las instalaciones, sus movimientos son secretos, sin cámaras, sin que los trabajadores lo vean, tienen miedo. Los actos en La Campiña son de utilería, entran a ellos sólo los trabajadores de sus listas, son puestas en escena, sin pasión, sin compromiso. Va Maduro a La Campiña a verter su veneno, a destruir lo que queda, a seguir entregando la empresa.

 

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