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Marita Lorenz, la mujer que le parió a dos dictadores

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Saimar De Santis.- Marita Lorenz tiene tres hijos: Mark, Mónica y Andrés. Este último es hijo de Fidel Castro y Mónica es hija de Marcos Pérez Jiménez.

Lorenz es alemana de nacimiento pero vive en los Estados Unidos. Hace poco publicó un libro llamado “Yo fui la espía que amó al comandante”, sobre su relación con el líder de la revolución cubana. En éste, describe cómo se enamoró de Castro y cómo intentó asesinarlo.

“Todavía le amo, y amo el recuerdo que tengo de él. Cada día hay pequeñas cosas que me recuerdan a él”, afirma Lorenz en su modesta casa de Baltimore.

 

Lorenz tiene 75 años, pasó por un campo de concentración nazi en Alemania, fue agente de la CIA y del FBI, tuvo una hija con Pérez Jiménez, fue testigo de una presunta conspiración para derrocar a dos presidentes norteamericanos.

Pero su primer amor y el más importante fue Fidel. Lorenz afirma que se enamoró de él con diecinueve años y asegura que tuvieron un hijo al que no conoció hasta veintidós años después.

La relación desembocó en lo que ella creyó ser un aborto. Movida por el dolor, se fue a EE.UU, cuando la CIA la convenció de volver a La Habana con dos píldoras escondidas en un recipiente de crema facial, con las que debía asesinar a Castro a finales de 1960.

Pero no fue capaz de matarlo. Además, las píldoras se deshicieron en la crema, por lo que las botó en el baño. “Me había deshecho del veneno que iba a arrebatarle la vida. Estaba tan aliviada, me sentí como nueva, a punto de llorar”, dijo.

Castro sabía que ella iba a matarlo: “Nunca olvidaré ese momento, agarró su pistola, me la entregó y me dijo: ‘Aquí tienes, puedes matarme’. Le dije: ‘no quise matarte la primera vez, no quiero matarte una segunda'”.

Además del libro, también una película documental llamada Querido Fidel relata la historia de Marita, quien desilusionada por el fin de su relación con Castro tuvo un romance con el venezolano Marcos Pérez Jiménez. Lorenz señala que lo único que conectaba a esos dos hombres era “su considerable ego”.

Lorenz asegura que solo se arrepiente de una cosa: no haber “escuchado a Fidel” y haberse “quedado en Cuba” el día que frustró la misión de la CIA para matarlo: “(Si no lo hubiese conocido) habría sido una secretaria aburrida”.

Con información de EFE y El País

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