article-thumb
   

Monólogo de la Narcopanza

Omar Estacio | 8 junio, 2018

Caracas.- Yo, la “Panza”. La propia. La que soy. Con personalidad jurídica, autonomía, acta de nacimiento aparte, derecho a mayúscula en la “P”: “Érase un hombre a una nariz pegado/ Érase, de nariz, una pirámide de Egipto/ Las doce tribus de narices, era” (Francisco de Quevedo y Villegas). Yo, soy, él, como, él, yo. Igual a la anterior coplilla.

Ocurrió en mis comienzos. Muchos –servidora incluida– dudamos de mi provenir. “Todo holgazán es glotón. Ya verás. Apenas ese gandul, mate el hambre atrasada”. Sabia predicción de mi vecino Duodeno.





Y aquí me tienen: descomunal, linfática, monumental, fofa, celulítica, flatulenta, trompetera, pestilente. Ofensa andante. Bofetada reptante. Insulto rodante. ¿Cómo no serlo si vivo, atapuzada, atragantada, mientras, el 85% de venezolanos hurga comida en la basura. El gandul replica: “En mi gobierno es tanta la suprema felicidad, que bastan y sobran… las sobras”.

Testigos, las matronas de Vista Rosa, isla de Margarita, septiembre 3, 2016. Unos simples cacerolazos y, él, asustado, pataruco, hipopótamo espantado, despavorido, en estampida: “Prefiero que digan, aquí huyó un cobarde a que escriban, aquí yace un valiente”. En el video esa masa que lo precede, deforme, mantecosa, sebosa, adiposa, gelatinosa, en volandas, soy yo.

¿Gimnasios? ¡Jamás! ¿Despertarse temprano a trabajar? ¡Imposible, y si es a trabajar, “más imposible”! ¿Dieta? ¡Pantangruélica! Cada vez que se levanta de la mesa, salgo con cinco centímetros adicionales de circunferencia.


No solo de pan, vive la panza. En mi caso, aporta energía selvática: Asesinar. Secuestrar. Mentir. Prevaricar. Torturar, reprimir. La difamación la injuria y el estelionato. Saltar como un sapo con pretensiones de bailarín de salsa. Tontear. Traficar, “tra-fi-car”. Robar, o más explícito: Furor de Mesalina por todo lingote de material precioso o especie amonedada.

Cada vez que la imaginación de mi apéndice o prolongación, vuela por sus fantasías de coimas y negociados, mis paredes estomacales terminan laceradas por tsunamis de salivaciones y ácidos gástricos ¿Depravaciones versus el 6º mandamiento? Favor no insistir. Secreto profesional.

En sus reuniones o encerronas, disparo los botones de sus camisas, a bocajarro, directo, a los ojos de sus contertulios. Una forma de vengarme. Las narconalgas, mis camaradas, dentro de sus naturales limitaciones, hacen lo propio, iracundas por su paranoia de defender su retaguardia con los bolsillos traseros de sus pantalones, forrados de dinero ilícito.

!Narcopanza, cucuteña!” Lo peor de mi profesión. Los insultos callejeros. Las calumnias.

Enaltecidas a lo largo de la Historia, ha habido, panzas arzobispales, panzas cerveceras, panzas de pancraciastas de sumo japonés. La de Sancho, escudero impar, la más memorable de todas. Exijo respeto.

La Panza, interrumpió su monólogo. Se puso en marcha. Dio una buena repasada por la refrigeradora y regresó, para seguir tumbada en la cama. Y, así, narcopanza y pelele, pelele y narcopanza, terminaron la jornada, de aquel día. Echadotes. Manguareando.

Artículo originalmente publicado en El Diario de las Américas

Comentarios

comentarios