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La Lupa

Nayib Bukele es un tirano versión “2.0” de Daniel Ortega

Mobutu Sese Seko, el indigno dictador de Zaire terminó sus días bajo el ala de la medieval y cuestionada monarquía marroquí. No es descabellado que Bukele, después de haber amasado tanto poder, termine protegido bajo el manto de Ortega en Nicaragua, pues se parecen más de lo que muchos pueden pensar

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Caracas/Foto: AP. Hace algunos años, cuando Nayib Bukele ganó la elección presidencial por primera vez, un grupo de analistas profirió una advertencia que generó todo tipo de reacciones. Señalaron que el peculiar mandatario salvadoreño se convertía en una versión “2.0” de Daniel Ortega. Pareciera que la profecía se ha cumplido y que el país centroamericano ha entrado en la vía de una dictadura atroz en la que un hombre, cual emperador, regirá los destinos de la nación, amasando un inusitado poder en torno a él y matizando su proceder en una hábil estrategia comunicacional y en la imagen de un eficiente gerente que con su actuación pareciera acallar las alarmantes denuncias de violaciones a los derechos humanos. 

Escribir sobre Bukele es un riesgo para cualquier analista, más si osa criticarlo. Si no se queda sometido a la soberbia del líder que no escatima en menospreciar y descalificar en ruedas de prensa y alocuciones, se está a merced de un aparato comunicacional en el que las cuentas –muchas de ellas bots- en redes sociales están listas para fustigar a quienes hablan del mandatario salvadoreño, trasladando al debate expresiones comunes y vacías como que quien lo critica está financiado por las bandas criminales, es comunista o milita en un “partido del pasado”. Sin embargo, no señalar la actitud de Bukele es incurrir en una ligereza que puede resultar funesta para la región y la interpretación política.

 Algunos de los defensores del reelecto presidente de El Salvador resaltan su carisma y poder comunicativo. Hablan de haber convertido, gracias a la lucha contra la inseguridad y las bandas hamponiles, a su país en una referencia positiva a la que van deportistas, gente del espectáculo e incluso en el que se hacen concursos de belleza. Recientemente el Inter Miami viajó al país centroamericano para participar en un juego. El encuentro inició con retraso por la visita que Bukele hizo al equipo estadounidense, aprovechando incluso de fotografiarse con los integrantes de la divisa. 

El uso del deporte como estrategia de propaganda política no es novedoso, recurriendo los autócratas al empleo de las distintas disciplinas para generar visiones favorables. Por ejemplo, Mobutu Sese Seko, el tirano que mancilló la dignidad de su país, quiso hacer del entonces Zaire una referencia deportiva, aprovechando de sacar réditos del título en la Copa Africana y de la clasificación al Mundial de fútbol de Alemania en 1974. Tal era el afán del dictador por transmitir la imagen de que en su país no acontecía nada, que se organizó una histórica pelea de boxeo entre George Foreman y Muhammad Ali. 

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Para Mobutu no todo fue deporte, por lo que bajo el auspicio del promotor pugilístico Don King –y como preámbulo al combate entre Foreman y Ali- llevó a cabo un concierto unas semanas antes en el que la Fania All- Stars le puso música latina al corazón africano. Aún se habla de lo que fue capaz de organizarse en la era del tirano de Zaire, tal vez olvidando que detrás de las bambalinas se escondía la atrocidad de un régimen corrupto, cruel y perverso.

Aunque aún es pronto para decirlo, mirar a Bukele que con su actitud sobrada saluda reinas de belleza, estrecha la mano de Lionel Messi o ve como Karol G visita su país, hace recordar al dictador africano que al igual que el líder centroamericano se ufanaba de poner en la palestra a su país a través de monumentales actividades, tratando con esa muestra de fingido rostro afable de silenciar las denuncias de organismos de derechos humanos.

Aunque al momento de escribir este artículo no se tiene certeza del porcentaje de votos alcanzado por Bukele, se sabe que triunfó. Él mismo lo señaló a través de las redes sociales, sin importar que no hubiese todavía anuncio oficial por parte de los entes competentes. Viendo su lógica, es cierto que no tenía razón de esperar. A fin de cuentas, él es el dueño absoluto de su país y así como hizo campaña sembrando miedo y sin medirse, el manejo de las cifras termina resultando en esa realidad un aspecto meramente accesorio. El desparpajo de salir a dar los números hacía recordar a Laureano Vallenilla Planchart cuando “vaticinaba” –en medio de la más grotesca manipulación- los votos que arrojaría cada opción en el inconstitucional plebiscito de Venezuela en 1957. 

 Cuando se analiza con calma puede llegarse a la trágica conclusión de que Bukele no dista en nada de los tiranos bananeros que pululan en el mundo. En esencia es igual a tétricos personajes como Teodoro Obiang de Guinea Ecuatorial o Abdelfatah al-Sisi de Egipto, con la diferencia de que estos dictadores no sacan su celular en medio de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas para tomar una foto o no se colocan la gorra hacia atrás. Pero son idénticos los tres en su proceder.

Sobre la actitud de la comunidad internacional, cada vez más se nota que se descubre la naturaleza de Bukele, asemejándolo con el primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed Ali, quien luego de deslumbrar al mundo por su supuesto empuje para la paz y ser aplaudido por ganar el Premio Nobel de la paz por sus acercamientos hacia Eritrea, se quitó la careta, mostrando el rostro del personalismo, el abuso y la arbitrariedad. 

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Los partidos que se opusieron a Bukele son también culpables de la debacle. A su falta de visión y de renovación, se agrega que no fueron lo suficientemente capaces de cautivar y enamorar. A Bukele –que incluso dice hablar con Dios y recibir sus instrucciones- solo debe enfrentársele con unidad. El líder está dispuesto a todo para concretar su perpetuidad, destituyendo en cuanto pudo, a través de sus diputados, a los magistrados de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia para colocar personeros cercanos a su proyecto, quienes interpretaron que el presidente podía optar a la reelección bajo ciertos parámetros. Además, desde la Asamblea Legislativa aplicó una reingeniería parlamentaria que lo blinda de manera absoluta. También cambió al fiscal, pasando a controlar plenamente todo.

La vorágine de tener todo el control y de contar con los poderes a su disposición -y según las cifras preliminares prácticamente todos los escaños- le traerá ruido y puede hacer que empiece a pavimentar el camino que más temprano que tarde lo deje de lado en la política y en la historia.

Mobutu Sese Seko, el indigno dictador de Zaire terminó sus días bajo el ala de la medieval y cuestionada monarquía marroquí. No es descabellado que Bukele, después de haber amasado tanto poder, termine protegido bajo el manto de Ortega en Nicaragua, pues se parecen más de lo que muchos pueden pensar.



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