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No es Alcatraz… mucho peor: las atrocidades de Ramo Verde, por María Paulina Camejo

El Cooperante

María Paulina Camejo.- A riesgo de sonar repetitiva, ya que la semana pasada toqué este tema, no puedo dejar de escribir sobre Leopoldo López y su situación. Antes narré el infierno que significa ser hijo de un preso político, ahora escribo desde la perspectiva del propio preso.

En un documental que vi sobre Alcatraz, y es que el tema de la cárcel permanece con uno por años, incluso después de que la libertad ha sido alcanzada; un expresidiario cuenta cómo, al ver hacia el Golden Gate Bridge y los carros pasar, se preguntaba si formaba parte del mundo real. Esto es porque, poco a poco, los presos de todo el mundo comienzan a sentir que viven en una realidad paralela y su sentido de pertenencia, con respecto al resto de la humanidad, va desapareciendo. Ahora, si son condenados, además, a un aislamiento total y prolongado, comenzarán a dudar de su humanidad.

En ese mismo documental que pasó National Geographic sobre esta cárcel, se hablaba de un cuarto de acero, sin calefacción ni electricidad y dentro del cual el preso no tiene permitido portar ningún tipo de prenda de vestir. Darwin Coon, cuenta que fue condenado a permanecer en este cuarto durante veintinueve días por portar un cuchillo dentro de la prisión.

Coon narra cómo su estrategia de supervivencia consistía en mantenerse lo más caliente posible, pues el frío era insoportable y que el gran logro de quienes son condenados a pasar largas temporadas en ese cuarto es el de no volverse locos. La estrategia de muchos: hacer mucho ejercicio.

Estemos de acuerdo en algo, el Sebin no es Alcatraz, Ramo Verde no es Alcatraz, pero el aislamiento al cual fue condenado Leopoldo es una tortura bastante comparable. No llega a estos niveles extremos, pero es casi extremo, y debemos tener presente siempre que estamos hablando de una persona inocente.

Ahora, un miedo general que asalta a aquellos privados de libertad es el del olvido por parte de los familiares y amigos. Un prisionero me comentó una vez que, con el paso de los meses y los años, el tema de las llamadas telefónicas se vuelve un estrés porque el preso siente que su llamada es un estorbo, unos minutos de aburrimiento para sus hijos, por el hecho de que no se tiene nada nuevo que contar.

Me decía “tú sientes cómo tus hijos se van pasando el teléfono, pero no existe gran interés en conversar contigo”. Es por esto que, hasta el final, me mostré interesada en todo lo que mi papá me tenía que decir. Debo acotar que este prisionero ya llevaba seis años en el Sebin, mientras que mi papá estuvo un total de dos años, aclaro esto porque no quiero que se piense mal sobre los hijos de este prisionero.

Hablando específicamente de Leopoldo López, no puedo dejar de pensar en el hecho de que tiene hijos pequeños que, más que niños que no crecerán sin un padre, son infantes que crecerán acostumbrados a desenvolverse en un mundo en el que la figura del padre está limitada a una o dos visitas semanales.

Generalmente, a los presos les está permitido recibir visitas, no solo por parte de la familia, sino también por parte de amigos. Recuerdo un prisionero del Sebin que recibía hasta siete amigos los domingos. Estos amigos llevaban refrescos (por supuesto el alcohol estaba prohibido), tostitos y demás chucherías. No estoy diciendo “qué divertido”, pero pensemos en el hecho de que a Leopoldo únicamente le está permitido recibir a su esposa, a sus hijos y a sus padres… y no siempre. Aquí se debe resaltar el hecho de que su papá no lo puede visitar pues está en el exilio, detalle que, a veces, tendemos a olvidar.

Quitando el aura de mártir que adquieren los presos políticos, totalmente merecida, ¡Leopoldo tiene que estar demasiado aburrido!. Por supuesto que quiere ver a su esposa e hijos, pero estamos hablando de un hombre joven, con sueños, con un pasado que, en general, debe haber sido bueno, condenado a la soledad, al encierro y a la tortura mental que la soledad implica.

Más que mirar mal a aquellos que dicen alegremente “buenos días” y decir que “por eso estamos como estamos”, porque la gente no está de luto y tratando a toda costa de no sonreír y viviendo su cotidianidad, debemos hacer que Leopoldo y la lucha por la libertad de los presos políticos (no olvidemos que Simonovis y Afiuni siguen presos a pesar que les fue otorgada la medida cautelar de casa por cárcel) sean parte nuestra cotidianidad. Más que extraordinario, hagámoslo algo ordinario, y solo así la lucha será constante y se mantendrá en el tiempo.

 

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