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La Lupa

Petro: un mes de gobierno simbólico

Aunque la convención para evaluar la gestión de un presidente son los famosos “primeros 100 días”, salgo de la tradición y hago una evaluación de los “primeros 30 días” de Gustavo Petro como presidente de Colombia. Mi conclusión es que el de Petro es un “gobierno simbólico” que no significa que no haga nada o sea solo “hablar”. Cuidado. En sus símbolos, Petro le habla a su país. Más bien, lo interpreto como una acción sagaz del presidente colombiano. Sin embargo, en el mundo de hoy, los “capitales simbólicos” se acaban rápido. Salvo que Petro tenga algo como “la magia de AMLO”, tendrá que tener el “timing” para pasar de lo simbólico a lo real. Lo veremos cuando llegue a los famosos “primeros 100 días” de gobierno o antes

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Caracas.- Los famosos “primeros 100 días” es la convención que se emplea en política para evaluar la gestión de un presidente. A lo mejor hoy son menos días, por la velocidad de las demandas del público, pero es la costumbre: poco más de tres meses.

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Normalmente mis columnas para El Cooperante son sobre temas políticos domésticos. No salgo mucho de Venezuela. La gente piensa que un politólogo debe estar pendiente de todo lo que sucede en el mundo. En mi caso no es así. Opera la famosa “racionalidad limitada” de la que habla Herbert Simón. No sigo “todo lo que pasa en el mundo” ni siquiera para tener una conversación social que no me deje mal parado como politólogo o para parecer alguien “con el que se pueden tener conversaciones inteligentes e informadas”.

Otra razón –honestamente- no quiero ser erudito. Le agarré cosa a eso. Creo es una de las consecuencias de la crisis y del conflicto venezolano en mi personalidad. Un país donde hay tantos leídos y que saben de todo, no pudimos evitar nuestro propio desastre. Ahora queremos aconsejar al mundo. Prefiero no tener “conversación social” pero sí saber cómo se cambia un bombillo o se pone una llave de arresto. Creo que así ayudo más al país que saber de todo, pero quedarme siempre en nuestras “repúblicas aéreas” y el “deber ser” de los “buenos venezolanos y venezolanas”. 

Vengo de una familia del poder político durante AD-Copei y uno aprende donde está el olfato político y cuál información es relevante, para no leer todo o estar enganchado en cuanta información salga; es decir, “dónde poner el ojo”.

Más reciente, porque en un contexto de conflicto como el venezolano, politólogos/periodistas/afines podemos ser “promotores pasivos” de las famosas matrices y “líneas”. Medios, comisarios políticos, “famosos e influencers” son los promotores activos, pero del resto se espera que repliquemos como “cientistas políticos” para no generar reactancia en el público. Está bien. Es la lucha por el poder, pero uno puede escoger ser correa de trasmisión o tener sus ideas. Lo primero es más ganancioso desde el punto de vista social -reconocimiento- que lo segundo. Asumo la pérdida y por eso cuando me dicen, “ustedes los politólogos deben estar disfrutando con todo lo que pasa”, mi respuesta es, “bueno, no tanto como disfrutar”. El homenaje que haría a la memoria de Javier Marías es no escribir artículos cultos -no es mi talento- pero sí tratar que sean sin miedo. Lejos del “qué dirán” venezolano o para mostrar “que estoy con la causa”. Entre ser dedicado y brillante, escojo lo primero.  

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Por supuesto, no estoy ajeno a lo que sucede en el planeta. Aquí las redes sociales son invalorables en el sentido que me ayudan a precisar lo realmente importante: una buena entrevista, sea impresa o en video, un tuit que me pone a pensar, otro con maneras de pensar y ver las cosas diferentes para cuestionar las mías, uno con palabras que atraen, otro que da claves de “por donde fumea la cosa” o me hacer ver procesos que intuía -el “eureka”- o recomendaciones de textos para leer. O simplemente, para mejorar o reforzar mi información general sobre temas sociales. Normalmente así analizo y pienso las cosas. En sencillo, cómo algo se traduciría a una política para Venezuela, para nuestro bienestar como país. 

Toda esta introducción para escribir que voy a hacer no “los primeros 100 días” de Petro, sino los primeros 30 días. Mi evaluación, que no se sustenta en un seguimiento profundo de su primer mes como presidente, sino en cosas que leo y en la percepción que tengo de ellas. En psicología social decimos que la primera percepción es la más honesta y dice más sobre la personalidad de alguien porque es la que se hace con el pensamiento automático. El famoso “top of mind”. Más tiempo para la percepción puede entrar en el pensamiento controlado, entonces, puede ser una percepción para la “deseabilidad social”. Es decir, para agradar. Normalmente, no somos lo que somos sino un rol.

Mi primera percepción de los primeros 30 días de Gustavo Petro en la Casa de Nariño es un gobierno simbólico. No lo digo despectivamente porque se pudiera pensar que “simbólico” es, simplemente, un Petro con un buen discurso. No. Por “simbólico” me refiero a gestos y acciones que comunican un mensaje político no necesariamente manifiesto o explícito. Mayormente, latente o implícito cuyos destinatarios son públicos que no son los tradicionales. Por eso lo simbólico. El gesto es el mensaje. Petro me luce que es bueno en eso. Luego, es buen político. Al ganar, fue simbólico con sus contenidos, pero principalmente, sus designaciones ministeriales y el orden en que las anunció. Primero el canciller: el mensaje de una Colombia confiable, para el mundo y para los colombianos.

Ya de presidente, dos gestos que me llamaron la atención y me pusieron a pensar en el simbolismo de los actos de Petro ¿A quién le hablará, más allá de lo manifiesto? Todavía no lo sé, pero lo que tengo claro es que son gestos para diferenciarse de los anteriores presidentes y llegar a nuevos públicos. Lo que me hace pensar que Petro pone mucho peso en la evaluación que de él se tendrá. En sus palabras cuando ganó, me transmitió eso. Una persona muy sensible a los que podemos llamar “el qué dirán histórico”. Sabe que lo van a medir con otra vara, más exigente y diferente de la empleada para evaluar a Duque, Santos, Uribe, Pastrana, Barco, o López Michelsen, cada uno en su tiempo. Principalmente, porque Petro es de izquierda y las exigencias serán mayores.

El primer símbolo fue con el sable de Bolívar cuando hizo su jura como presidente. En sus zapatos, no lo hubiera hecho. Me pareció -y parece- algo arrogante y Petro me comunica la arrogancia de la izquierda insurreccional, que asume que sus valores son los más justos y puros. Ese cierto aire de superioridad con la que mira y habla. Petro me transmite eso y su gestualidad refuerza esa percepción. De aquí puede venir su eventual personalismo, si lo tiene o manifestará más adelante.

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Me pareció un acto arrogante, pero con un importante simbolismo político. De alguien que sabe de política de poder. Dos al rompe: que no es Duque y que será diferente al expresidente y a los mandatarios anteriores y, dos, que sea de izquierda no significa que será débil, que es un estereotipo asociado a la izquierda, los que son “palomitas”. Por eso el anuncio en el mismo momento. Mostrar autoridad y firmeza al romper el protocolo con una decisión sobrevenida. Petro tiene su carácter, pues.

No por casualidad, son salientes las noticias de violencia política o “para meter miedo” que observo en Colombia. Por supuesto, son hechos, pero noto que con Petro se hacen, mejor dicho, los hacen salientes. Es un “playbook” que ya conocemos en Venezuela.

Con Duque, estas noticias eran menos salientes o es el “default” con los presidentes “halcones”. Es “natural” en ese grupo aplicar la violencia para “la seguridad y el orden” -si no, véase con Bukele- cosa que con un presidente de izquierda no cuadra. Al hacer saliente la violencia con Petro, el “framing” que se quiere construir es una persona “débil” -su gestualidad no es de alguien que comunique energía- o “cómplice la izquierda violenta” para el “sesgo de confirmación”: “ven, se los dije, así son los comunistas”. Y por allí comenzar a construir una de las famosas “matrices” que luego serán empujadas por “famosos e influencers” con “credibilidad”. Si este “playbook” sigue –como parece, al menos es mi percepción al ver noticias en tuiter- va a llegar un punto en que las noticias serán que antes de Petro, todo era “paz y amor” en Colombia. Algo como la idealización que en Venezuela se hace de AD-Copei por muchos que, en 1998, les dieron la espalda cuando esos partidos los necesitaron. 

Véase también el caso de Boric en Chile. Desde hace un tiempo, noto que al joven mandatario lo chotean. En parte porque es joven, sin carrera política, y porque es de izquierda. Me molesta el choteo -más visible luego de la derrota de la propuesta de constitución presentada por la convención- y no lo haría en contra de Boric u otro (sea de derecha o de centro), pero así es la política, en Chile y en Venezuela: hay que ser yunque para aguantar y martillo para golpear, aunque escojo ser yunque.

Boric me comunica que es un tipo “buena onda” aunque rígido y no muy profundo en sus entrevistas. No me parece bueno en entrevistas.

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En el acto de cambio de ministros luego del plebiscito, Boric me comunicó que le costó mucho hacer esos cambios. No es el político que sabe que la amistad y la política son cosas distintas. Que, entre las dos, se sacrifica la amistad al estar en el poder. Su gestualidad me transmitió que le costó mucho hacer esa separación y remover a sus compañeros de lucha de la universidad. En cambio, Petro no. Es un político más experto y no le tembló el pulso para firmar la extradición a los EUA del hermano de Piedad Córdoba, quien fue su aliada durante la campaña. Los “duros” y “corridos en 7 plazas” que abundan en Venezuela y en Colombia aseguraron que eso no ocurriría. Imagino que los comunicados, tuits, y profundos “hilos” que tenían preparados se les quedaron fríos. O como la fallecida reina de Inglaterra. No le tembló el pulso para despojar de los honores a su hijo señalado de ir a las fiestas de Epstein -los conocedores señalan que era su “hijo favorito”- o hacer lo mismo con su nieto “rebelde”. Eso es poder. Eso es política. Los hechos dirán si la reina actuó bien o mal, pero eso ya es ex post y escapa a este artículo.  

Noto que -de mala fe- todo el mundo aprovecha este Boric “kind” para hacer “leña del árbol caído”. No es la política que haría contra un adversario, pero es la que existe y la que gusta en redes sociales, que demanda “justicia” para la “gente buena” que allí abunda. Como los videos que suben en tuiter de un carro que aplasta a unos ladrones, y tienen como miles de “me gusta”. La “justicia de tuiter” que es modelo, por supuesto. 

El segundo símbolo fue una visita de Petro a una unidad militar y compartió el rancho con el personal militar. En EUA es común y en Venezuela lo fue en algún momento, pero en Colombia creo fue noticia. Igualmente me llamó la atención. Me comunicó un presidente cercano al personal militar, y que el tema es importante para el presidente de Colombia. Tal vez el gesto fue para mostrar que un izquierdista puede compartir el rancho con el personal militar. No está en contra de las FAN, que es la construcción que se hace desde afuera (izquierda = contra los militares, luego, son un peligro para la institución, solo los “halcones” se pueden llevar bien con los militares) e, incluso, Petro ha hecho varias propuestas sobre el tema militar. Algunas buenas, pero en otras, el simbolismo les hace daño. No las ayuda. También el mundo militar tiene su lenguaje, sea en Colombia, Francia, Venezuela, China, o los EUA. Pero escribir acerca de las propuestas militares de Petro será para otro artículo. 

Vuelvo con la pregunta ¿A quién le habla Petro con sus actos llenos de símbolos? Pensaría que al colombiano promedio, que tiene la expectativa cómo será el gobierno de un presidente de izquierda. Mejor que palabras, son símbolos. Revela la sagacidad del mandatario para conectarse con sus compatriotas y salirse de los moldes tradicionales. Pero, cuidado, con querer sustituir la realidad con símbolos o “lo cool”.

El “capital simbólico” no es ilimitado. En el mundo simbólico de hoy, es de corta duración. Petro no es un líder carismático, pero sigue esa lógica. En psicología social se debate si el carisma es el “don” como se ha visto siempre o se puede aprender a ser carismático. En cualquier caso, se mantiene lo que planteó Weber al examinar este tipo de dominación. No es renovable. El “don” se pierde si no hay realidad. Por eso los carismáticos siempre buscan afirmar su carisma en los símbolos (Chávez y su lucha contra “el imperialismo” y el famoso “huele a azufre”, por ejemplo). Pero no es suficiente. El límite del carisma es la realidad. Si no, que lo digamos los venezolanos hoy. El “huele a azufre” no dejó electricidad o una economía sana. 

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En lo real, las lunas de miel con los presidentes son fugaces. Hoy el carisma es limitado. Es más un “contrato de servicios”. De nuevo, el caso de Boric. Su popularidad se agotó más por ser un gobierno de jóvenes que hoy mandan y aprenden sobre el poder. Petro es un político con trayectoria. No sé si la popularidad le durará más o tendrá la “magia de AMLO” -Infobae reportó que, para finales de 2021, AMLO tenía una aprobación del 71%, con visiones críticas como la de Francisco Abundis, en su artículo para El País con fecha 1-9-22- porque el “capital simbólico” del mejicano le ha durado, aunque fue electo en 2018.

No recomendaría abusar del “capital simbólico” sino tener el olfato para pasar de lo simbólico a lo real. Veremos cómo lo hace Petro. Cómo hace ese cambio. A lo mejor, para los famosos “primeros 100 días” uno pueda tener un balance más completo del presidente de Colombia.



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