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La Lupa

¿Por qué la inercia política en la oposición?

En varios artículos para El Cooperante, escribí acerca de lo que llamo la “inercia política en la oposición". Por ésta entiendo que cada grupo opositor y la oposición en general, sigue con sus mismas estrategias a pesar de los cambios en el ambiente político. En el argot del baseball, la oposición lo que hace son “las jugadas de rutina”, y su apuesta es que el tiempo la favorecerá. Algo como “la historia la absolverá”. En esos artículos, atribuí la inercia a la pugna por el monopolio de quien representa a la oposición, y que las elites y sus acólitos en redes están bien por la dolarización. La encuesta Delphos de julio de 2021 me ofrece una visión complementaria del asunto: la inercia política también ocurre porque los apoyos para los diferentes grupos de la oposición son pequeños. No hay “incentivos” para cambiar porque los diminutos respaldos pueden perderse. Hay que cuidarlos porque es lo único que se tiene. Al final, preservar los nichos resulta en un conservatismo en la acción política

Caracas/ El día 19-7-21 escribí para el portal de la casa, El Cooperante, un artículo en el cual formulé que mientras las direcciones políticas definen qué hacer de cara a noviembre, en los estados acuerdan mecanismos para tener candidatos a las elecciones regionales y municipales.

Parte de la no definición en las direcciones políticas, lo atribuí a que la oposición construyó su propios límites con un discurso que hoy se le devuelve a las cúpulas de los partidos (el discurso de los “colaboracionistas”). El público opositor no confía en sus dirigentes. Piensa que son “infiltrados”, unos más que otros. Esta inferencia la hice a partir de los números del estudio de la firma Delphos contratado por el Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la UCAB (CEPYG). Este estudio de opinión se realizó entre el 14 de junio al 2 de julio de 2021. Se entrevistaron a 1.200 personas en sus casas, y el estudio es de alcance nacional porque se hizo en centros poblados de 1.000 o más habitantes. La precisión de sus estimaciones es ± 2 por ciento. En este artículo, vuelvo al estudio de Delphos, para explicar por qué la inercia política en la oposición desde otra arista.

Antes de leer el estudio de Delphos presentado por el CEPYG de la UCAB, pensaba –y todavía lo pienso- que la inercia política era causada por intereses de los grupos de la oposición, principalmente para definir quién la representa y que las elites y quienes las apoyan en redes sociales, no les va mal con la dolarización. Pero al estudiar los guarismos de Delphos, hay otra explicación complementaria para la inercia política. Una que podemos llamar de la “razón práctica”: hay nichos de mercados políticos que mantener. Innovar puede ponerlos en riesgos. Ningún grupo de la oposición quiere perder sus públicos. Principalmente, porque son pequeños espacios. Veamos. 

Lo primero a examinar en la encuesta es la auto identificación política. Este indicador mide cómo las personas se auto-definen en sus preferencias políticas a favor del chavismo o de la oposición, con intensidades de apoyo al liderazgo de cada grupo; o las personas no se identifican ni con el gobierno ni con la oposición, quienes son los “Ninguno”. Para el chavismo, el liderazgo representativo es el de Maduro. Es decir, chavistas que apoyan o no a Maduro. En el caso de la oposición, es más difícil identificar a cuál liderazgo se refiere el estudio porque no lo dice de manera abierta como lo hace con el ejecutivo. Infiero que es Guaidó y el G4. Entonces, el grupo que apoya al liderazgo de la oposición está formado por quienes apoyan a Guaidó y al G4, y quienes no los apoyan son los críticos a Guaidó y al G4.

De noviembre de 2019 a julio de 2021 la oposición mantiene los valores de su bloque, aunque hay una reducción no despreciable en su porcentaje. En 2019, la estructura de los grupos fue 40,2% para el bloque opositor. Pero hay cambios dentro del bloque. En 2019, quienes apoyaban al liderazgo de la oposición tenían mayor presencia que quienes no. En 2021 se equilibraron las fuerzas: 18% apoya al liderazgo y 18% no lo apoya. En 2019, los valores fueron 24% y 17% respectivamente. En sencillo, hoy hay más críticos al liderazgo de la oposición -Guaidó y el G4- dentro de los opositores que hace dos años.

Para la oposición, este es el dato más importante de todo el estudio porque muestra una opinión opositora más autónoma y también más contradictoria. Por ejemplo, la solución al conflicto político que el estudio halla para la muestra proclama ser electoral, pero todavía se espera la invasión militar externa, que respalda el 66% de la oposición que apoya al liderazgo y el 46% de la oposición que no apoya al liderazgo, aunque la primera opción para ambos grupos es un revocatorio.

Otro dato que es contradictorio pero tiene una explicación, es que casi el 30% de quienes apoyan al liderazgo opositor, quieren las regionales y que Maduro siga, frente al 19% de los opositores que critican al liderazgo. Quienes apoyan al liderazgo de la oposición igualmente son el sector que percibe que el cambio político tardará más. Casi el 60% de los que apoyan al liderazgo de la oposición expresó que el cambio político no será rápido, mientras que el 33% de este grupo opinó que sí.

Esta opinión puede ser un efecto del discurso del G4 que ahora no habla de cambio rápido sino que tomará tiempo. Su público responde a esta realidad porque también está dolarizado, y no le va mal. Es común leer en redes o en artículos de quienes apoyan a Guaidó y al G4, que las cosas hay que llevarlas sin sobresaltos, que no hay que sufrir, y no sentirse mal por disfrutar. Del “No se puede esperar” y “El tiempo se cuenta en vidas” de 2015, al “cambio en semanas” de 2019 para terminar en “las transiciones toman tiempo” de 2021.

Pienso que en esta lógica para esperar no solo influye la realidad política que Maduro no ha sido desalojado del poder desde que se intenta a partir de “La salida” en 2014, sino también el tamaño y la composición de los apoyos hacia la oposición.

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Si bien el apoyo a Guaidó y al G4 bajaron considerablemente entre 2019 y 2021, mantienen un nicho importante dentro de la oposición. La mitad del Bloque opositor “apoya al liderazgo” y ese liderazgo es el que representan Guaidó y el G4. 4 de cada 10 de este grupo espera que el cambio político lo hagan Guaidó, el G4, y la comunidad internacional. Si la Alianza Democrática llama a votar pero Guaidó y el G4 llaman a no hacerlo, el 47% iría a votar, de un 60% si llaman todos, no solo Guaidó y el G4. Si es Capriles el que llama a la abstención, iría el 50 por ciento. Entonces, es un nicho de apoyo político que Guaidó y el G4 deben cuidar. Es pequeño porque es 1 de cada 5 venezolano que se identifica con Guaidó y el G4, pero es un nicho sólido y estable en el tiempo. Probablemente por lo anterior se persiste en una estrategia que ha fracasado, pero que para el público G4 es la estrategia a seguir y es la base del apoyo para Guaidó.

La idea de los espacios de apoyo en la opinión pública para cada grupo de la oposición, recibe apoyo de otra lámina de la encuesta. A pesar que son números muy bajos, solo Maduro y Guaidó tienen 13% de confianza en la opinión pública. Los que vienen son Capriles con 6,5% Falcón con 6,2% y Machado con 6,1 por ciento. Pero los que encabezan son Maduro y Guaidó.

Desde esta perspectiva, Guaidó sale bien porque no cuenta con los recursos que tiene Maduro, pero posee el mismo nivel de confianza. Es difícil que cambie su estrategia porque el número es un premio -resalta como figura política, aunque con números bajos- pero también paraliza porque al tener un valor tan bajo, es difícil que cambie aunque quiera. Es un valor lo suficientemente bajo para que no tenga “incentivos” para modificarlo. Debe cuidar ese 13 por ciento. En otras palabras, tener iniciativa política con apenas un 13% no luce razonable en una estrategia conservadora como si se tuviera un 50% de confianza que Guaidó tuvo, pero lo perdió por tener una estrategia igualmente rígida.

También este fenómeno se observa en otros grupos de la oposición. En Delphos, Falcón y lo que representa no salen mal evaluados. No son los primeros, pero tampoco los últimos. Llama la atención porque esta figura y lo que representa son muy criticados por cierta oposición que los ubica como “colaboracionistas”. A diferencia de 2020, luce que el grupo Falcón se consolida algo más y aunque es pequeño, tiene una relativa identidad y fuerza política que lo pone en mejor posición. No tiene la fuerza del G4 y del grupo Guaidó, pero puede darle la pelea política. De 6% a 13% de confianza no es mucha la diferencia. Si frente a Maduro Guaidó sale bien, frente a Falcón no sale bien.

El grupo Falcón tampoco tendrá motivos para cambiar su estrategia. Tal vez explique su bajo perfil en la AN. A lo mejor para los públicos que apoyan a Falcón, es lo correcto. No ir con un conflicto a la AN, sino llevar la participación “tranquila”, sin brollos, dentro del parlamento.

Tampoco el grupo Machado tiene motivos para cambiar. Las declaraciones de su líder, María Corina, buscan mantener ese 6% con las “jugadas de rutina”: hablar del “conglomerado criminal”, afirmar que quienes vayan a la elección del momento buscan “cohabitar”, y que hay que sacar a Maduro. Su público aplaude, pero también está cómodo en su zona de confort a la que igualmente llama “resistencia” -claro, “sin sufrir”- junto a Machado.

II

Pero la inercia en la oposición también ocurre por factores del ambiente político. Una lámina que despertó mi atención es la que en el estudio se llamó “Actitud ante la situación del país”. En 2019, fue 29% decepcionado, 23% esperanzado, 14% molesto, 13% desilusionado, 10% triste, 5% deprimido, y 4% feliz. Las “actitudes negativas” sumaron 71% mientras que las “positivas” totalizaron 27 por ciento. En 2021 hay un cambio. Un 52% está esperanzado, un 22% está pesimista, y un 20% es indiferente.

Puede ser un mecanismo de defensa que es negar la realidad sobre la situación país –el calvario de los servicios públicos, que empeoran, por mencionar solo uno- pero también un fenómeno comentado en otros artículos para El Cooperante: la sociedad se autonomiza de la política. No espera nada de ésta, y lleva su vida. Tiene que hacerlo con “esperanza” aunque detrás haya “desesperanza” o algo como un “locus de control externo” que no se asume así, y más bien se niega. Por ejemplo, los esfuerzos de famosos e influencers que uno lee en redes sociales, quienes hacen peripecias para explicar cómo se “cohabita” sin “cohabitar”, aunque al final “cohabitan”, claro, en “resistencia”.

La “desesperanza latente” afecta tanto al gobierno como a la oposición, pero el primero tiene más estructura e ideología para manejar la desesperanza o los mecanismos de castigo para negarla, como el video de la miliciana, la que indudablemente fue obligada a dar loas a “mi teniente” porque se preocupa por su alimentación. Como sucede en los contextos autoritarios, las críticas son “problemas personales” de tipo psicológico. No es que la miliciana tenga hambre, sino que es “depresiva”. En la “clínica autoritaria” en psicología social, estudiamos los “síndromes autoritarios y totalitarios”. El video de la miliciana puede ser indicador de un “síndrome autoritario” del “sistema político a lo Maduro”, no de la señora. 

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En la “esperanza” de 2021 entra la dolarización, que hoy es un factor relevante para la estabilidad política. Para el pueblo, la dolarización “medio permite sobrevivir”. Para las élites, refuerza quedarse en su burbuja donde se puede llevar una vida exitosa que se muestra en redes –porque pueden o porque se esfuerzan, que es el nuevo discurso de “no le debo nada a nadie” que también es otro “Proxy” para negar una realidad o un pasado- y todo lo relacionado al gobierno se explica por la “extorsión” o la “coacción”, disquisición que dominó en redes sociales cuando el medallista olímpico Julio Mayora habló con Maduro y le dijo que la medalla se le dedicaba a Chávez (el día en que Mayora ganó, cayó en el mismo día en que Chávez nació, un 28 de julio).

Los esperanzados están mayormente en el Bloque chavista, pero destacó que en el grupo que apoya al liderazgo opositor dentro del Bloque no oficialista, un 51% dijo estar esperanzado. Quizás tenga confianza en que las negociaciones en México producirán la elección presidencial que se busca o espera algo que uno no sabe.

En cambio, en los críticos al liderazgo opositor, los esperanzados son el 45% Aunque no es una diferencia muy grande entre un grupo y otro, puede apoyar de manera indirecta lo comentado antes. La oposición legitimada que es mayormente la del G4, no quiere a Maduro pero puede llevar una buena vida en general. Quizás por eso la esperanza, en el sentido que el tiempo hará viable la estrategia de Guaidó. Mientras ese momento llega, “no hay que sufrir”. Ahora la esperanza se pone en México. Porque se alcanza un acuerdo o si no, los EUA “aumentarán la presión” como advirtió Juan González, con lo cual la esperanza se movería al “quiebre”, pero ahora sí se esperaría que suceda. Es cuestión de esperar porque la “historia los absolverá”.

Los que apoyan al liderazgo de la oposición son menos pesimistas que los críticos al liderazgo de la oposición, y la diferencia es importante: 7 puntos respectivamente (23% a 30%). Uno de cada 3 crítico del liderazgo opositor está pesimista por la situación del país. En los que apoyan al liderazgo opositor, es 1 de cada 5. Puede ser que la oposición crítica al liderazgo tiene menos recursos económicos que la oposición vinculada al liderazgo.

Entonces, dentro de la oposición, puede haber diferencias económicas que explican la intensidad de las opiniones. Unos están arriba, otros están abajo. Los “de abajo” son más extremos en su opinión acerca de temas políticos. Por ejemplo, lo que la movilizaría para votar en noviembre es que toda la oposición llame a votar. Pero si Guaidó y el G4 llaman a abstenerse, el 40% votará que contrasta con el 57% que sufragará en los que dicen apoyar al liderazgo. En los Ninguno, aunque todos llamen a votar, iría el 44% de 60% que en la opinión general dicen irán a votar si la oposición unida llama a hacerlo.

Hay cierta adaptación e imagen espejo entre los opositores que apoyan al liderazgo y los que lo critican: un 37% de los primeros dijo que hay que luchar y asumir riesgos, una cifra similar en los segundos, opinó que hay que luchar sin asumir muchos riesgos. En los Ninguno, 4 de cada 10 dijeron que hay que irse del país o adaptarse, contra el 23% de quienes no apoyan al liderazgo opositor y el 16% de quienes apoyan al liderazgo opositor. Los Ninguno puede ser el grupo que está alienado por la situación del país, pero es un público determinante porque 4 de cada 10 venezolano es Ninguno en la autoidentificación política.

En resumen, se está ante públicos más alejados de la política, que desconfían de los liderazgos de la oposición, y que tienden a vivir en su mundo, a encerrarse, a adaptarse a la nueva realidad política, aunque no lo reconozcan de esa forma. Posiblemente por lo anterior, en una lógica electoral, el gobierno enfatiza la promoción de un clima de “paz y tranquilidad”. En la oposición, se percibe que no puede hacer mucho y como se dijo, todo se deja en manos del tiempo y de lo que suceda dentro de la “coalición dominante”. La expectativa es que “algo” produzca un “quiebre” que abra la puerta a una transición encabezada por Guaidó. 

El ejecutivo aprovecha su momento para adelantar un clima de país en calma en donde su hegemonía no se discute y con una sociedad con desesperanza, que asume que Maduro se queda y sigue, que es otro hallazgo relevante en Delphos.

Al preguntar qué quiere que suceda en Venezuela, un 65% afirmó un revocatorio, un 55% quiere protestas para sacar a Maduro, un 45% un golpe de Estado, y un 40% la famosa intervención militar extranjera. Pero –aquí está el detalle- al preguntar no lo que quiere, sino lo que cree pasará, un 79% opinó que habrá regionales y Maduro seguirá, un 32% que habrá un revocatorio, un 25% que sucederá un golpe y una cifra similar que ocurrirá una intervención militar foránea, y un 23% que habrá protestas.

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El contraste es evidente. 7 de cada 10 quieren un revocatorio pero 8 de cada 10, creen que Maduro seguirá en el poder luego de las regionales. La gente “quiere” que Maduro se vaya, pero “cree” que va a seguir. La sociedad se “adapta” a su manera al “sistema político a lo Maduro”. Algunos “sin sufrir”, otros con “indignación”, pero igualmente lo hacen. 

Esta imposibilidad o dificultad para lograr el cambio político desde la oposición, también se observa en otra pregunta del estudio. Cuando se interrogó “¿quién tiene la capacidad para hacer el cambio?” salieron “los ciudadanos” con el 44%; luego vienen “los militares” con el 13% y de tercero, “el mismo gobierno” con 11 por ciento.

Si se suman las respuestas de la pregunta, el 23% piensa que el cambio tiene su origen en el gobierno o en las FAN. Si a lo anterior se suman “nadie puede” y “no hay que cambiar” con 5% y 3% respectivamente, se tiene que uno de cada 3 venezolanos no ve posible un cambio o éste proviene de fuentes oficiales. El cambio promovido desde la oposición si se suman todas las respuestas, totaliza el 21 por ciento: 1 de cada 5.

En el Bloque opositor, si se excluyen a los ciudadanos de la respuesta, los opositores que critican al liderazgo de la oposición tienen sus expectativas de cambio político en fuentes de la oposición (28%) y luego en fuentes del mundo oficial (23%). En la oposición que apoya al liderazgo es 41% y 17% respectivamente. En los Ninguno es 20% y 17% respectivamente.

A la luz de los guarismos de Delphos, salir de la inercia para la oposición significa innovar, arriesgar, o salirse de las “jugadas de rutina” –que no significa improvisar o “tirar paradas”- pero hacerlo sugiere que los pequeños nichos de cada grupo pueden perderse. Lo “racional” es una estrategia conservadora aunque se cubra de irreverencia para cuidar a esos públicos, que es la situación actual, pero como efecto no deseado, refuerza la inercia de la que se quiere salir ¿Quién o qué le pone la cascabel al gato?



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