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La Lupa

Protestas por el instructivo Onapre: ¿nuestro Kronstadt o es "nuestra naturaleza"?

Si me preguntan un análisis en tres palabras sobre Venezuela, sería “está a prueba”. Todo o casi todo parece no tanto reinventarse sino emerger con nuevas formas, porque vivimos experiencias similares en el pasado, solo que están olvidadas. Una de esas “pruebas” es cómo el Estado y la sociedad gestionan el conflicto social. Si hay reglas para abordarlo que no impliquen el empleo de la agresión. En un pasado reciente, el conflicto se tramitaba con la sordera, promesas, manipulación, o la represión desde el Estado. Desde la sociedad, no pocas veces con el sueño foquista de “la chispa que encienda la pradera” para derrocar a un gobierno: “Nuestra naturaleza”. En el clima de estabilidad política que hoy hay en Venezuela, las legítimas protestas por el instructivo de la Onapre son una prueba para ver si el Estado y los trabajadores pueden resolver el contencioso sin apelar a la represión o a la marcha “que prenda el peo”. Hasta ahora, aunque no parezca, la pugnacidad ha evitado estos dos extremos ¿Será posible un acuerdo? o el Estado y la sociedad fracasarán en regular su conflicto, para volver a nuestra tradición de represión y buscar la insurrección, mientras las elites que quieren guerra, “bien, gracias"

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Caracas. Cuando se escribe mucho y seguido –en mi caso, dos artículos a la semana normalmente extensos- se corre el riesgo de repetirse. Espero que el lector lo tome no como descuido o comodidad, sino como interés por un tema. Cuando digo “repetirse” me refiero a que en otros artículos he escrito “hay un tema al que le hago seguimiento”. Ahora diría que no es uno, sino varios temas “a los que hago seguimiento”.

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Uno de ellos son los cambios que hay en Venezuela. En su estructura social, principalmente. No es fácil seguirlos porque no todos –los más importantes, por eso son en la estructura- se ven. No hay como una estructura que sea visible al ojo. Sí observamos sus manifestaciones y, a partir de las mismas, hacemos inferencias para construir hipótesis sobre cómo es la “nueva Venezuela” que emerge, “sin prisa pero sin pausa”.

En Globovisión, leí una nota sobre la participación de uno de los representantes de Datanálisis –en el pasado muy elogiada, hoy muy criticada junto a sus dos directivos más visibles- en el programa Primera Página de Globovisión del día 26-7-21.

José A. Gil Yépez afirmó que el 11% de la población venezolana tiene “ingresos bastante atractivos”. Es decir, si lo vemos para comparar, es 1 de cada 10 venezolanos o 10 de cada 100 nacionales. Agregó algo que respalda mi propia observación cotidiana, que es cualitativa y no cuantitativa: un 40% de la población tiene ingresos modestos, pero puede llevar una vida. Equivale a 4 de cada 10 venezolanos o a 40 de cada 100 conciudadanos. Este 40% -como el 11%- tiene su base en la dolarización que hay en Venezuela. Gracias a eso pueden llevar una existencia con menos dificultades, no sin dificultades.

Mi observación cualitativa apunta a lo anterior: buena parte de la población puede llevar una vida, aunque no tener un excedente para crecer. Esta realidad genera lo que llamo las “luchas redistributivas”. Para El Cooperante escribí sobre este tema a propósito de una protesta de trabajadores de Farmatodo, en un artículo titulado “Paro en Farmatodo: luchas redistributivas para vivir y no sobrevivir”, publicado en el portal el día 27-4-22.

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De abril a agosto las “luchas redistributivas” son mayores y entraron en la agenda de la información de los medios del Estado. Por ejemplo, he notado que en el canal 8 se habla de este asunto. Por supuesto, en el lenguaje del mundo oficial, pero lo aborda.

En el programa mañanero de VTV “Al Aire”, el tópico de los trabajadores y sus demandas se ha tratado en varios programas, en voz de trabajadores, gremialistas del sector empresarial, y parlamentarios. Todos cercanos al mundo oficial, pero comentan sobre el tema. En el programa del día 19-7-22, una invitada fue la diputada del GPP -bloque oficialista- Luz Coromoto Chacón. La parlamentaria informó que tanto empresas públicas como privadas incumplen contrataciones colectivas. La comisión de la AN en la que ella participa - La Subcomisión de Trabajadores y Trabajadoras de la Asamblea Nacional- recibió a 20 representantes de trabajadores de empresas privadas, públicas, y organismos del Estado que incumplen sus contratos laborales. Es una cifra importante que revela que el asunto laboral está en la agenda del gobierno. En el programa del día 4-8-22 me llamó la atención que los dos entrevistados –del mundo sindical oficial- sin nombrarlo, cuestionaron el instructivo Onapre o a esta oficina. 

Igualmente, Ultimas Noticias habla de este tópico. Me despertó la atención una nota firmada por Eligio Rojas y publicada el día 25-7-22 con un titular muy llamativo, si es de Ultimas Noticias –un medio cercano al mundo oficial, el cual leo- “TSJ debatirá si confirma o anula tabla de la Onapre que fija sueldos”.

Puede ser para “calmar el ánimo” al hacer creer que el TSJ hará valer los derechos de los trabajadores –incluso cercanos al chavismo- que el Estado incumple, porque quienes protestan por este instructivo han llevado bien su protesta, al mantenerla como una protesta de verdad y evitar coquetear con el foquismo que encanta en la cultura ñángara venezolana y a las elites que hoy están cómodas en tuiter a la espera que “se encienda la pradera”.

Quienes protestan son consistentes y focalizados en dos objetivos: derogar el instructivo Onapre y el pago completo de las vacaciones. Esto es una fortaleza difícil de manejar para el gobierno, porque no es una protesta insurreccional sino reivindicativa. El diputado Jesús Farías lo planteó bien desde la perspectiva del gobierno: “ninguna oficina técnica puede definir el salario de los venezolanos”. Es un asunto político, entonces. De poder entre un Estado que hace un ajuste ortodoxo y una sociedad que reclama sus derechos, acordados con ese Estado, que hoy no cumple.

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Desde mi análisis, esa percepción de injusticia, real, vivida y sentida, catalizó las protestas que tienen semanas, y poco a poco ganan tracción en la sociedad. Por ejemplo, el bono por uniformes que pasó de 200$ a 35 dólares. O la conciencia de haberlo entregado todo en los años duros de la escasez y del conflicto político, para recibir hoy migajas presupuestarias que contrastan con la opulencia del ejecutivo. Aquí entra lo macroeconómico y lo fiscal. Pero esto no lo abordaré en este artículo porque será demasiado largo. Seguramente lo haré para la semana que viene, en uno en donde examinaré las reacciones que el ajuste ortodoxo que el gobierno adelanta, produce dentro del chavismo.

A lo mejor el ejecutivo sobreestimó su fuerza y subestimó la percepción –y vivencia- de injusticia de los trabajadores. Sabrá mucho de política, tendrá “nervios de acero” y un “presidente obrero”, pero no es infalible, como lo experimentamos los venezolanos por causa de sus terribles errores, corrupción, ideologización, adulación, e incompetencia. 

Lo que comenzó hace semanas con pequeñas protestas hoy tiene más arrastre en los trabajadores. Incluso, tiene eco en los trabajadores que militan en el chavismo. Me comunica un trabajo muy paciente de sus organizadores. Son las señales que pueden indicar que en Venezuela hay un “normalización” o “regularización del conflicto” –términos que molesta a muchos, aunque cómo disfrutan y aprovechan ese ambiente para llevar sus exitosas y cómodas vidas- no porque las cosas estén bien o no haya conflictos, sino porque sus disputas o contenciosos se tramitan dentro de unas reglas del juego, todavía desiguales (a favor del Estado). Los trabajadores han llevado su movilización “pulseaita” y el gobierno la ha respetado hasta los momentos, sin darle “el palo a la lámpara” de la represión. El cómo termine este conflicto particular es lo que “está a prueba” en Venezuela. Si podemos innovar en 100 años, por lo menos, para tratar los reclamos sociales. 

El caso de la protesta por el instructivo Onapre revela un cambio interesante. No es nuevo, pero por eso no deja de ser atrayente. Descubre que el país está en otra dinámica política y social: hoy las movilizaciones laborales son mayores. En una nota de nuestro portal, El Cooperante, publicada el día 26-7-22, dio cuenta sobre este cambio. La nota comentó el informe sobre las protestas en Venezuela que periódicamente publica el Observatorio Venezolano de la Conflictividad Social (OVCS).

Para el primer semestre del año 2022, el 42% de las protestas (1.642 de un total de 3.892) fueron por derechos laborales. Las movilizaciones cambian de servicios públicos a laborales. La de los servicios públicos todavía son importantes. Son las segundas en relevancia con 874 protestas durante el primer semestre de 2022 y representan el 22,4% del total. Pero hay un cambio: las protestas laborales casi doblan a las protestas por fallas en los servicios públicos. En junio, estas totalizaron 99 y las laborales 289 protestas. Casi tres veces más protestas por lo laboral que por los servicios públicos. Por cada protesta por fallas en los servicios públicos, hay 3 por derechos laborales.

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En un pasado no muy lejano, se protestó más por los servicios públicos. Tal vez estos mejoraron o empeoraron -en mi vivencia, empeoraron más, pero ahora el Estado cobra en dólares por servicios que no presta o presta mal- pero primero es el ingreso y las condiciones de trabajo. A lo mejor puedo vivir sin que el agua llegue todos los días, pero no con un salario estancado que no permite realizarme como persona o con la percepción que el Estado me robó mi trabajo a pesar que le genero plusvalor, y me las jugué como profesor o maestro para dar clases durante los años duros de la escasez, la inflación, y la violencia política. Eso es imperdonable.

Un efecto de este cambio en la morfología de la protesta puede estar en la opinión del público hacia las mismas. En la actividad “Prospectivas para el segundo semestre de 2022” que realizó el Centro de Estudios Políticos y de Gobierno (CEPYG) de la UCAB el día 20-7-22, la firma Delphos presentó un estudio de opinión. Me centro en los números sobre las protestas que salieron en las informaciones acerca de esta actividad del CEPYG que publicó la UCAB. Es decir, son datos públicos.

Un cambio es en el ánimo para protestar. Ahora está a la baja, lo que parece contrastar con lo hallado por el OVCS. Pero quizás no, como argumentaré más adelante.

El estudio de Delphos tuvo un campo entre el 11-6 al 28-6-22, con 1.200 entrevistas a nivel nacional.

Delphos preguntó dos situaciones para protestar: contra el gobierno y por fallas en los servicios públicos. Veamos los resultados para el bloque opositor que es cerca de 4 de cada 10 venezolanos, según la encuestadora.

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En la disposición para salir a protestar contra el gobierno, el opositor que apoya al liderazgo de la oposición –la firma no especificó cuál o qué significa eso, pero debe ser al interinato/G4/plataforma unitaria- tuvo una disposición en julio de 2021 del 66% y el que no apoya al liderazgo de la oposición, una disposición del 56 por ciento. Un año después los números son 47% y 34% respectivamente. Es decir, una caída de 19% y 22% respectivamente entre julio de 2021 y julio de 2022 en el público de la oposición.

En salir a protestar por fallas en los servicios públicos para los mismos dos grupos de la oposición, en julio de 2021 73% y 69% respectivamente y un año después 62% y 49% respectivamente. Una baja de 11% y 20% respectivamente entre las dos fechas.

En otras palabras, el opositor que apoya al liderazgo está más dispuesto a protestar que el que no apoya al liderazgo. Pero está más dispuesto a movilizarse para protestar por las fallas en los servicios públicos, aunque los dos grupos protestarían más por los servicios que en contra del gobierno de Maduro.

Para toda la población venezolana, en julio de 2021 un 41% expresó disposición para salir a protestar contra el gobierno, pero en julio de 2022 bajó a 24 por ciento. Protestar por fallas en los servicios públicos fue 55% y 45% respectivamente. Es decir, un descenso de 17% y 10% respectivamente. Al igual que en la oposición, el país prefiere protestar por las fallas en los servicios públicos que hacerlo en contra del gobierno. Hace un año, 4 de cada 10 estaban dispuestos. Hoy, es 1 de cada 4.

Lo que estos números sugieren es que la disposición a protestar en general y en la oposición, bajó de manera sensible en un año. Las respuestas de las personas para explicarlo es el miedo. Un 52% expuso este motivo (“miedo/riesgos”). Pero un 36% afirmó otras razones: no vale la pena + no es necesario + no gustan + no está de acuerdo. Es decir, 5 de cada 10 no protestan por miedo, pero cerca de 4 de cada 10 no lo hacen porque la protesta no los motiva o no le ven sentido.

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El miedo es mayoría, pero hay otros motivos para no salir a protestar. Una hipótesis es que la gente está mejor y vive su realidad, su vida. Tal vez considere que la lucha puede ser por otras vías dentro del sistema o, simplemente, ya no le interesa. Esto último puede ser el caso de una desesperanza aprendida.

El tiempo dirá si esta baja en el ánimo para la protesta es una disposición coyuntural –es un momento de reflujo, pero las protestas se activarán como ahora pasa en países que venían de una tranquilidad- o estructural en el sentido que las protestas también se reconfiguran como todo en el país y buscan su buena forma.

Quizás por esto las protestas que hoy se hacen tienen otro tono: son reivindicativas, no insurreccionales. Pesa el miedo, sí, pero ahora los perdedores del “ajuste a lo Maduro” son más focalizados. La marcha del día 4-8-22 hasta el ministerio de Educación no fue una multitudinaria, pero fue muy nutrida. Posiblemente hoy pesa más lo cualitativo que lo cuantitativo, aunque la marcha no solo fue en Caracas sino en estados del país. Protestan menos, pero los que se manifiestan lo hacen con mayor identidad y foco. Son un grupo muy definido –trabajadores de la educación- pero, al igual que la marcha LGBT del 3-7-22, construyeron su categorización social catalizados por el instructivo Onapre y el pago fraccionado de las vacaciones. Puede ser la novedad de la protesta social en los tiempos de hoy: más pequeña, pero con identidad social. No son de todo el mundo, sino de grupos que en común se perciben excluidos, sea por el Estado –trabajadores de la educación, que es el grupo en el instructivo Onapre- o por la sociedad, como se sienten los grupos LGBT. En principio, son movilizaciones con temas sociales muy sentidos que les pueden dar legitimidad en la población y autoridad frente a los partidos y a las “manos peludas” que las querrán infiltrar, vengan del gobierno o de la oposición. Que Wills Rangel, Orlando Pérez, y Jesús Farías -vinculados al mundo chavista- hayan cuestionado a la Onapre sin nombrarla, es porque saben o intuyen la identidad de la protesta laboral. A lo mejor sus propias bases les reclaman, aunque sean chavistas.

El ajuste económico trajo a sus ganadores, y no todos son chavistas. Entonces el país se rearticula en sectores que llevan sus vidas sin mayores complicaciones, tal vez sin nada que los una -¿el 40% de lo encontrado por Datanálisis, el que tiene ingresos modestos pero puede llevar una vida?- mientras los ganadores llevan una buena vida -el 11% hallado por Datanálisis con “muy buenos ingresos”- y quizás los perdedores son los que protestan por el instructivo Onapre, pero ya no son movilizaciones globales. Son grupos muy particulares. Esto que puede parecer una debilidad, puede ser una fortaleza. Permite la construir una identidad social más definida y que la protesta no tome otros cauces o se salga de sus objetivos, por lo que sus posibilidades de ser eficaz son mayores. 

Volvemos a la protesta por los derechos laborales, pero con otros contornos. Dos muy importantes, a mi modo de ver. El primero, son movilizaciones de públicos muy específicos, que tienen una identidad endogrupo construida al calor de la situación que es la percepción de una pérdida real en derechos ganados y reconocidos por el Estado. El segundo, son protestas que, hasta ahora, se llevan por los canales de la pugnacidad política, sin violencia en general (salvo la del Estado, al detener injustamente a dirigentes de los trabajadores que deben estar libres, para ejercer su derecho a protestar).

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Aquí entramos a lo político. Protestas que sean “la chispa que encienda la pradera” –como le gustaría a cierta oposición, desde la comodidad de tuiter, para ver si la “historia lo absuelve” del fracaso de su estrategia de la “presión y el quiebre” que busca desde 2013- o protestas para que grupos que no se reconocen –el Estado y la sociedad- se reconozcan, administren los conflictos en condiciones de igualdad, y los resuelvan o reconozcan la pugnacidad, que será el primer paso para resolver. Mi posición es en la segunda ruta, no en la primera.

Para el gobierno, lo anterior supone bajar del pedestal de su hegemonía y aceptar a la sociedad en condiciones de igualdad. No como instrumento o receptora de políticas del Estado. Es decir, no hay hegemonía sino reglas para el conflicto. Un juego suma variable. Para la oposición, bajar del pedestal de la víctima, y que por eso es moralmente superior al resto. Como no hay “bondad” en el gobierno, tampoco tiene sentido verlo en igualdad. Solo es la rendición y capitulación. Mientras eso llega, a vivir muy bien “mi derecho a ser feliz”.

Este asunto con la Onapre puede ser un caso en donde la sociedad y el Estado procuren su conflicto sin llegar a la agresión o a la violencia. Sino que la presión de la sociedad por reclamar sus derechos y la meta del Estado de mantener un ajuste ortodoxo, lleve a las partes a negociar y a encontrar una solución que rompa con el molde tradicional, al menos en épocas recientes: el gobierno impone una solución populista, esperar que la protesta se agote como sucedió con la de enfermeras en 2019 -también comenzó muy bien, pero se diluyó- o la reprime, o quienes protestan ceden a la presión de grupos políticos que buscan que la protesta deje de ser por derechos y sea una insurreccional “porque con votos no salen”, para producir el tan esperado por los de siempre, “quiebre de la coalición dominante” y la esplendorosa “transición” que prometen, con ellos al frente del volante político. 

¿Esta protesta por el instructivo Onapre será el Kronstadt para el Estado y la sociedad? Si la protesta por el instructivo Onapre logra salirse de la tradición en Venezuela –represión e insurrección- será un paso muy importante para encauzar los conflictos manifiestos y latentes que tiene la sociedad venezolana.



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