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“¡Quién iba a pensar que un oso polar podría ser nuestra salvación!”

Claudio Nazoa

Caracas, 9 de febrero.- En el año 2016, publiqué en el diario El Nacional un artículo similar a este. Hoy, dadas las circunstancias de emergencia que estamos viviendo en Venezuela, insisto en el tema. Ojalá, queridos lectores, este planteamiento sea leído por la mayor cantidad de personas.

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Me he convertido en un venezolano de sexta categoría. Les contaré lo que me pasó el otro día cuando por un paquete de cuatro rollos de papel tualé, discutí acaloradamente con una señora en el mercado de San Martín: llevaba más de media hora en una larga cola. Cuando tocó mi turno, una señora se me coleó. Armé un escándalo y en ese momento me di cuenta de que este gobierno mugroso me ha convertido en un tipo chusma capaz de pelear por un rollo de papel tualé. En otras épocas, era millonario y fino, lo único que no tenía era dinero. Llegué a pelear incluso por el amor de una mujer que me montaba cachos, pero de ahí a hacerlo por un rollo de papel tualé, ¡nunca!

Otro día, en mi edificio, se fue el agua. Al igual que mis vecinos hice mi cola. Caminé hasta un chorrito que estaba a una cuadra. Cargué un balde con agua. Ya en casa, como pude, con un perolito lavé mis partes. Entonces, pensé: ¿en qué se ha convertido mi vida por culpa de este gobierno bizarro?: ¡en la de un venezolano de sexta categoría que casi no se baña!

Otro día, viajé en ferry desde Puerto La Cruz hasta Margarita. Eso enerva. Da pena. Provoca rabia la pocilga inmunda en donde los pasajeros debemos esperar el ferry. ¡Qué vergüenza! Me sentí el ser más infeliz y paupérrimo del mundo. Un sobreviviente de una guerra tercermundista. Un pobre ser abordando una patera en África. Nos han convertido en ciudadanos de sexta categoría sin derecho a nada, o sea, ¡a nada de verdad!

¿Cómo es posible que familias enteras hurguen la basura en busca de restos de comida que la mayoría de las veces ingieren allí mismo como si fueran animales hambrientos? ¿Cómo es posible que los habitantes de Venezuela, sean chavistas o no, no consigan aceite para el automóvil, cauchos o los repuestos más sencillos? ¿Cuándo las panaderías volverán a tener pan? ¡Qué vergüenza y qué dolor produce recordar los tiempos en el que los venezolanos, nos sentíamos orgullosos de nuestros panes! Qué triste ver a tanta gente haciendo colas indignas para comprar un esmirriado bollo de pan. El hambre ha acabado con la dignidad.

Allí, en las afueras de los hospitales, están los enfermos renales y trasplantados muriendo por falta de diálisis. Allí, sin posibilidad de hacerse radioterapia ni quimioterapia, están los enfermos de cáncer. Allí, sin medicamentos, están los diabéticos y los hipertensos. Allí, en el Hospital J. M. de los Ríos, nuestros niños están muriendo por contaminación, falta de medicamentos y desnutrición.

El transporte público se ha convertido en un caos. Muchas veces, la gente, como si fuera ganado, se moviliza en camiones para transportar animales.

No hay cemento, azúcar, ni aceite de comer. Por leche venden una inmundicia blanca a la que llaman bebida láctea. Y las madres, frente a las farmacias, incluso con bebés en brazos, se caen a puños para conseguir un paquete de pañales. Eso está ocurriendo en Venezuela.

Grandes tiendas, antes modelos y envidia de visitantes extranjeros, como lo fueron Epa y Makro, son ahora una exhibición vacía y patética de esqueletos de metal. Dan pena. ¿Quieren más? Pues hay más, mucho más, pero enumerarlas haría que este artículo no tenga fin. Cuando se busca libertad, todo se vale. Cuando a nuestros niños enfermos hay que darles medicamentos utilizados para los perros, tal y como ocurrió con mi hija, nada importa.

Es hora de hablar sin tapujos. No me interesan los vilipendios que pueda sufrir por mi opinión sincera en esta grave emergencia que vivimos: el próximo presidente de Venezuela debería ser Lorenzo Mendoza, un hombre fino para un pueblo fino que no aguanta una humillación más. Ojalá, y este gran hombre, acepte el sacrificio que le piden los venezolanos de todos los estratos. ¡Quién iba a pensar que un oso polar podría ser nuestra salvación!

Texto publicado originalmente en El Nacional. 

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