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La Lupa

Salir de la inercia política

En la política venezolana la inercia -un clima que comunica que no hay futuro, sino un pesado presente- se ha hecho estructural. El gobierno como la oposición se adaptan a este ambiente. El primero puede vivir con la inercia, pero el segundo languidece con ella. Lo preocupante es que parece será un estado permanente. Que sea así, trae sus problemas. Para el gobierno, no será suficiente dominar un país con una estructura pequeña. Para la oposición, el reto es romper con la inercia política

Caracas.- La Asamblea Nacional está próxima a cumplir sus 100 días de instalada. Voté el 6 de diciembre. Mi lógica política para sufragar no se dio. Estaba consciente que el Gran Polo Patriótico (GPP) obtendría una holgada mayoría y que la abstención sería muy alta, pero que las fuerzas no gobierno que llegarían a ese parlamento, tendrían una postura diferenciadora como estrategia para mantener una señal de oposición, una “cabeza de playa” o espacio político para hablar.

La abstención produce un vacío, como se observa ahora. Nada distinto a la abstención en las parlamentarias de 2005. El problema de la abstención es que no produce política. Es su ausencia. La rueda de prensa de Guaidó del día 9-4-21 pasó inadvertida. Pocos la notaron y comentaron. Los que hacemos análisis político, tal vez fuimos más generosos al notarla. Y fue una comparecencia a los medios de más de una hora. Ese es el vacío.

Entre no votar y luchar por un pequeño espacio que pueda generar política, opto por lo último. No se trata del reconocimiento internacional que para muchos es lo central porque significa la “presión”. Posiblemente desde afuera se ve así. Desde el conductismo político todo se resume entre reforzar y la aversión. Desde adentro, no se ve así. El reconocimiento internacional o no se percibe como una situación política que no avanza, que se estabiliza sin solución, los famosos “protracted social conflicts”. Un punto muerto que sirve para declaraciones diplomáticas, de preocupaciones por “los desplazados” o “en un país donde el salario mínimo es…”, pero cuya utilidad política en el terreno es cuestionable.

Tal vez funcionen para que nuestros “Kissinger tropicales” se deleiten y hagan gala de sus enfoques en redes sociales y recibir generoso comentarios, pero no para el accionar en el terreno, que es lo relevante porque es lo que puede romper la situación de inercia. Actuar, hacer algo, promover un nuevo encuadre político, nuevos discursos, contenidos, una visión, un futuro, una manera distinta para ver al país, o un futuro que te da fuerzas para llevar un pesado presente. Para eso, se requieren los tan criticados “espacios”. Las ausencias no hacen política.

Mi artículo no será un balance de la AN en sus 100 días. En general, no estoy satisfecho. No porque sea “ilegítima, la usurpación”, y toda esa retórica para aplausos en tuiter. No lo estoy porque se mantiene la inercia política. En mis escenarios, daba más posibilidad a una situación no de salir de la inercia que ya es estructural porque grupos políticos se benefician de ella, pero sí de una política más disputada dentro del parlamento, justamente por el “parlare”, que pudiera dar referencias, que pudiera mantener alguna señal de oposición, para evitar lo que observo hoy: un clima pesado, inerte, de postración, de derrota en el mundo opositor, con pequeños momentos de ánimo.  

Detrás de este clima existe una situación que es recurrente en la política venezolana: la inercia. Por ésta entiendo un clima caracterizado por la ausencia de alguna acción política relevante o alguna señal que comunique aires de cambio, de refrescamiento político en ideas, o que se va a otro juego político. La inercia es un clima gris, el día a día que se lleva y se vive, pero sin ningún desenlace. Es un bucle, de un eterno comenzar y recomenzar sin poder producir algo nuevo. Es como vivir del día a día, es como la economía sin el excedente. Si para célebre politólogo Adam Przeworski la democracia supone algo como “la administración de la incertidumbre” -no hay ganadores ex ante, conocidos, sí tal vez probables- la inercia política es el hastío, es la ausencia de incertidumbre. Ese bucle que ni siquiera es capaz de generar un horizonte de incertidumbre.

El gobierno lleva su día a día. La oposición transita su día a día. El país trajina con su día a día en un tiempo que se hace eterno, más en cuarentena. Es una situación recurrente en la política venezolana que algunas veces es alterada por un hecho que puede ser sobrevenido o puede ser promovido por actores políticos para buscar una definición o desenlace político. Por ejemplo, el anuncio de Delcy del día 10-4-21 acerca del pago a Covax. En la oposición, buscar movilizar a la sociedad con el “Vacunas para todos” (ahora, “Urge un plan de vacunación”). Me disculpan si los ejemplos caen en la “teoría de la equiparación”, pero son iniciativas que buscan salir de la inercia.

Pienso que la inercia no era la idea que tenía el gobierno con la Asamblea Nacional. No sería un espacio para un “parlamentarismo democrático” pero tampoco un espacio para la inercia. Hay que recordar cómo fue la campaña del lado del gobierno. Planteó como objetivo hacer de la AN el “epicentro de la política nacional”, y como instancia de cierto control del ejecutivo con la tesis de las interpelaciones. Un espacio de relativo debate y de cierto ejercicio de control frente a un gobierno sin pesos ni contrapesos.

No se cumplió no porque la AN no sea reconocida por países importantes o por la abstención. Se recuerda que el parlamento de 2005 tuvo una dinámica pugnaz. Se trae a la memoria las imágenes de Cilia Flores cortando el audio a una belicosa Pastora Medina.

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Ocurre por la propia naturaleza autoritaria del gobierno que impide salir de la dinámica de mando y control. Aquí cabe el planteamiento que hacen algunos que esa inercia es intencional por parte del gobierno. Es la manera que tiene para asegurar el poder. Gobernar un país liliputiense, con una economía con un PIB de 40.000 millones de dólares anuales, una sociedad relativamente simple con un sistema político no muy complejo porque no hay incertidumbre (sabemos, por ejemplo, que el TSJ decidirá a favor del ejecutivo en la mayoría si no en todos los casos).

La mayoría de la opinión opositora concuerda con esta explicación. Yo no. Gobernar un país simple es atractivo, pero la simpleza no va con el mundo de hoy como se ve con la situación del COVID, no solo en Venezuela sino en el mundo. Por ejemplo, la selección vía Carné de la Patria de los “adultos mayores” para vacunar, no aborda la complejidad que supone un plan para vacunar que alcance a toda esa población y al universo venezolano, aparte que es un mecanismo que excluye porque hay “adultos mayores” que no están inscritos en ese sistema por muchas razones. Una relevante es que el gobierno ha hecho del Sistema Patria un atributo que identifica al chavismo, no un sistema que identifique a toda la población. Esa vacunación llegará a los seleccionados, pero no a todos. Que alcance a todos, requiere una aproximación más compleja.

El sistema político venezolano requiere una mayor complejidad, pero se complica porque la naturaleza autoritaria del gobierno siempre pondrá techo a un juego más autónomo por temor a alterar equilibrios políticos necesarios para el orden pero que son disfuncionales -como es el caso en Apure donde el ejecutivo, por ejemplo, rompió una situación de status quo en ese estado para ir hacia un nuevo escenario que desconocemos, pero más complejo, no pudo preservar lo simple- pero la necesidad de homeostasis dentro del sistema autoritario impide una complejidad luego de unos límites; dolariza pero no dolariza. Un paso adelante, dos atrás. Un delicado equilibrio entre la homeostasis y la entropía. Algo como la “regla termodinámica de los nuevos autoritarismos”: tanta entropía derivada de la complejidad de los sistemas como sea posible, tanta homeostasis como sea necesaria para la estabilidad política de los sistemas.

Entonces, las interpelaciones que Maduro ofreció durante la campaña para las parlamentarias como una vía para la “auto crítica”, terminaron siendo exposiciones de los ministros sin mayor debate, salvo alguna pregunta de algún diputado opositor.

La inercia política incluso tiene la capacidad para tragarse lo disonante. Por ejemplo, las preguntas de los diputados de oposición sobre el tema de la libertad expresión durante la interpelación al ministro de Comunicaciones, Freddy Ñáñez, terminaron en investigaciones a las cableras, obligadas a bajar sus tarifas. A uno como usuario le agrada porque cada mes subían montos importantes en “soberanos” ¿pero era lo correcto, es sostenible, ya el país no transitó por esa vía de controles de tarifas? ¿no es humillar a una empresa obligarla a bajar sus tarifas? De la libertad de expresión al ajuste de precios. La inercia tiene esa magia: traga lo crítico y lo convierte en su contrario. No sé si las interpelaciones continuaron. Si prosiguieron, no son tema de la opinión pública. La inercia se tragó su propia inercia.

Pero la inercia también está en la oposición. Tanto la que está en la AN como en la oposición G4.

La primera no es capaz de plantear temas diferenciadores frente a los asuntos que define el gobierno y la bancada del GPP. Ni siquiera es capaz de hablar por sí misma. Cada vez que escucho hablar de la oposición en la AN, es alguien del mundo oficial; “ahora tenemos una oposición democrática”, se jactan, pero ese mensaje no viene de esa oposición democrática. La semana pasada, veía el programa “La voz de Chávez” que transmite el canal 8 y moderado por un hermano del expresidente, Adán Chávez Frías. El tema fue el Esequibo. Me interesó para profundizar en la posición del gobierno. El invitado fue Herman Escarrá. En una parte de la entrevista, el abogado habla de “ahora tenemos una oposición democrática”…pero lo dice Escarrá, no alguno de los diputados de la oposición en el parlamento. No se diferencian ni siquiera en la referencia que de ellos hace el gobierno. Este es quien los construye y designa. Ni siquiera tiene “soberanía simbólica”.

Con “diferenciarme del gobierno” no me refiero a una postura insurreccional -es lo que me aleja de la oposición dominante, desde 2013, sea en su versión “dura” o la “de centro”- sino a una que te diferencie en posturas en un largo camino de sacrificios porque es actuar en un contexto autoritario, con sus reglas, pero abrir un espacio al menos con un discurso o contenidos que ofrezcan una referencia de un futuro posible, diferente al modelo autoritario en el gobierno. Simplemente, expresar tu visión, llevarla en propuesta de leyes o iniciativas parlamentarias, y comunicarla al país.

Igual sucede con la oposición G4. Cuando estudié la maestría en psicología, área social, en el tema de los grupos, hice un trabajo acerca de La Causa R -en ese entonces, en boga como movimiento político- dentro del enfoque inglés de la teoría de los grupos (la categorización social). Como toda investigación cualitativa, supuso lecturas, entrevistas, y trabajo en el campo. Fui a Bolívar, su bastión del momento con los famosos “Matanceros”. Entrevisté a diversos dirigentes. Uno de ellos fue Bernardo Alvarez Herrera, quien había sido mi profesor de pre grado en la UCV, por cierto, en las “transiciones”, principalmente las del Cono Sur. Hablando con el profesor Alvarez acerca de Alfredo Maneiro, me comentó una frase del fundador de La Causa R que no olvido, “entre el poder y la política, se escoge la política”.

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La oposición Guaidó escogió el poder de un “gobierno interino” en el papel, y no la política, que es lo que trata de hacer hoy. No un “presidente interino” sino un líder político nacional. Esa escogencia se tradujo en una estrategia global cuya manifestación es haber abandonado todo. Se nota mucho más ahora porque el coronavirus es saliente. Hace saliente la poca actividad del país, los vacíos del gobierno, y hace más visible el silencio opositor que comienza a ser disputado con la narrativa “de la guerra”.

Aunque la guerra es la continuación de la política por otros medios en la famosa expresión de Clausewitz y, al revés, la política es la continuación de la guerra por otros medios en la visión marxista como la analizó el profesor Aníbal Romero en uno de sus textos, buena parte del discurso opositor ahora es el “genocidio” (“ruidoso” o “silencioso”), la “guerra”, el “ejército de ocupación”. También algunos políticos hablan con ese lenguaje que evidencia ese gran vacío y postración política, porque asumen es “lo que la gente quiere oír”. No solo en Venezuela. Dilma dijo que Bolsonaro comete un “genocidio” por su manejo del COVID. Casualmente, Guaidó habló de un “genocidio silencioso” de Maduro por lo mismo, en su rueda de prensa del día 9-4-21. En común, Brasil y Venezuela tienen gobiernos sin contrapesos, con oposiciones sin política, a la que solo les queda arañar a esos gobiernos ahora con el lenguaje del “genocidio”. Este lenguaje es la prueba de la debilidad política de la oposición en Venezuela y en Brasil.

La languidez que observo en el mundo opositor venezolano fue muy bien graficada en una caricatura del portal El Pitazo del 5-4-21, que me movió mucho. No sólo por la realidad del COVID y nuestro rezago frente a otras sociedades, aunque nuestros números no tienen las magnitudes de otros países. La caricatura dibujó una lápida que tiene el nombre de Venezuela y unas flores tienen forma de la corona del Coronavirus. Interpreté el dibujo no solo por el virus, sino como una imagen política que expresa la postración del mundo opositor. La muerte metafórica de una parte de la sociedad venezolana, que se asume “muerta en vida”.

Me llamó la atención que figuras políticas le hicieron RT no sé si por tener esa percepción o porque también se sienten consumidos. Digo “me llamó la atención”, porque la derrota es para nosotros los legos, pero un dirigente “dirige”. Aunque, claro, en virtud de la cercanía de las redes sociales, los políticos tienen que mostrar que “son humanos” y bueno, lloran y se equivocan para mostrar que sí, efectivamente son “humanos” ante el reconocimiento del exigente público digital. Pero soy de la era analógica en ese tema, “uno puja, pero no llora”. 

La inercia es problema para el gobierno, pero más para la oposición. El primero, puede vivir con ella. El segundo, languidece con ella. El gran problema es cómo la oposición crea política que no es hablar de negociaciones, de organización de la sociedad, de “genocidio silencioso”, sino hablar para romper la desesperanza, el desánimo; saber comunicar que la alternancia es una travesía en el desierto que se gana día a día, dentro del contexto autoritario. Ese es el reto más exigente.

A veces tengo la impresión que la sociedad opositora está en una posición de derrota con su discurso depresógeno. Un “estilo Pocaterra”, pero sin “construir el mejor camino hacia el porvenir, mediante una memoria histórica que genere una conciencia histórica”, como escribió Osorio Amoretti para referirse al famoso libro del escritor fallecido en 1955, “Memorias de un venezolano de la decadencia”.

Discurso depresivo que parece será permanente en el tiempo, y que en las élites tiene a “sus ganadores”, pero en ese pueblo corriendo para entrar al tren en la estación “Don Simón Rodríguez” en Charallave por el que todo el mundo en redes sociales se “rasgó las vestiduras” porque “vive del día a día”, tiene a “sus perdedores” dentro de este status quo perverso llamado Venezuela.



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